El amor que nunca olvidó
Un encuentro en la infancia bastó para que Elara Bauman se convirtiera en el recuerdo que Alessandro Vescari jamás pudo abandonar, año tras año la observo de lejos.
Pero años después, el destino vuelve a ponerla en su camino. Él es un hombre poderoso, acostumbrado a conseguir todo lo que desea; ella, una joven independiente que no está dispuesta a dejarse dominar por nadie.
Alessandro está decidido a conquistarla, pero detrás de su mirada intensa y su necesidad de tenerla cerca se esconde un pasado que nunca logró superar. Elara desafiará sus límites, pondrá a prueba su paciencia y despertará sentimientos que él creía imposibles de controlar.
Entre secretos, tensión, celos y una atracción difícil de ignorar, ambos descubrirán que reencontrarse no significa tener una segunda oportunidad garantizada.
Él llevaba años esperándola. Ella jamás imaginó ser el centro de su mundo. Pero ¿podrá el hombre que siempre quiso tenerlo todo aprender a amar sin poseer, y la mujer que teme perder su libertad atreverse a entregarle el corazón.
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12 meses
Elara llevaba toda la mañana intentando concentrarse en sus estudios, pero el correo que había recibido la noche anterior seguía abierto en su computadora. La posibilidad de estudiar un año en el extranjero había dejado de ser un sueño lejano para convertirse en una oportunidad real, y cuanto más leía las condiciones del programa, más convencida estaba de que necesitaba aceptarla.
No se lo había contado a nadie.
Ni siquiera a sus padres.
Todavía quería estar segura de que aquella decisión nacía de sus propios deseos y no únicamente del miedo que Alessandro comenzaba a provocarle. Porque, a pesar de todo lo ocurrido, había algo en él que seguía despertando su curiosidad. El problema era que ya no sabía distinguir entre el interés que sentía por aquel hombre y la inquietud que le producía descubrir hasta dónde había llegado su fijación con ella.
Su teléfono vibró sobre el escritorio.
Era Alessandro.
Había tres mensajes sin responder.
Elara suspiró antes de leer el último.
Necesito verte. Dime cuándo podemos hablar.
No respondió inmediatamente. Terminó de revisar sus apuntes, organizó sus documentos y después dejó el teléfono boca abajo. Quería demostrarle, al menos a sí misma, que podía continuar con su vida sin estar pendiente de cada movimiento de Alessandro.
Pero él no estaba acostumbrado a aquella distancia.
Al caer la tarde, Elara salió de la universidad y lo encontró esperándola junto a su automóvil. Su presencia la sorprendió, aunque procuró que no se notara.
—¿Qué haces aquí?
—Llevas días evitándome.
—He estado ocupada.
Alessandro soltó una risa breve, carente de humor.
—No me mientas, Elara. Te conozco lo suficiente para saber cuándo algo te sucede.
Ella sintió una punzada de irritación.
—Ese es precisamente el problema, Alessandro. Crees conocerme porque llevas años observándome, pero ni siquiera sabes quién soy ahora.
Él recibió aquellas palabras sin apartar la mirada.
—Entonces déjame conocerte.
—¿Y si no quiero que lo hagas?
La pregunta lo dejó inmóvil.
Por primera vez, Alessandro no encontró una respuesta inmediata. Parecía querer acercarse, pero se contuvo cuando Elara retrocedió ligeramente.
—No voy a obligarte a hablar conmigo —dijo finalmente—. Pero necesito saber si quieres que me aleje.
Elara vaciló.
Una parte de ella deseaba responder afirmativamente. Otra quería comprender por qué aquel hombre había convertido su recuerdo en algo tan importante.
—Necesito tiempo —contestó.
Alessandro asintió, aunque su expresión revelaba cuánto le desagradaba aquella respuesta.
—Está bien. Te lo daré.
Se apartó para dejarla pasar.
Elara se marchó sin mirar atrás, pero aquella conversación la acompañó durante todo el camino a casa.
Esa noche volvió a abrir el correo de la beca. El plazo para aceptar la plaza terminaba pronto y ya no quería seguir aplazando la decisión.
Leyó una última vez las condiciones y pulsó la opción de aceptación.
La confirmación apareció en la pantalla.
Su participación en el programa académico de un año ha sido confirmada.
Elara se quedó mirando aquellas palabras.
Se iría.
Todavía faltaban trámites, preparativos y una fecha definitiva de salida, pero su decisión estaba tomada.
Al otro lado de la ciudad, Alessandro intentaba cumplir la promesa que le había hecho. No la llamó ni fue a buscarla aquella noche. Se obligó a respetar el espacio que ella le había pedido, aunque cada hora sin noticias suyas aumentaba su inquietud.
No sabía que Elara acababa de tomar una decisión capaz de separarlos durante doce meses.
Tampoco imaginaba que, cuando finalmente se enterara, tendría que enfrentarse a algo para lo que nunca se había preparado.
Esta vez, Elara no sería un recuerdo perdido en el tiempo.
Sería una mujer que había decidido marcharse por voluntad propia.
Y Alessandro tendría que aceptar que, por mucho que deseara tenerla cerca, no podía decidir por ella dónde debía quedarse.