Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
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Capítulo 2
Capítulo 2: Esa sí es fuerte
Las puertas del elevador se abrieron y Leonardo se hizo a un lado.
Ella salió sin mirarlo. El pelo mojado pegado a la nuca, el abrigo abotonado hasta el cuello, la bolsa bien sujeta contra el costado. Tenía los ojos secos. Los nudillos de la mano derecha, en cambio, estaban rojos, raspados.
Él no entró al elevador. Se quedó con la mano en el marco de la puerta hasta que la puerta intentó cerrarse contra sus dedos, y la soltó.
Detrás del vidrio del lobby la vio cruzar la entrada y salir a Reforma sin paraguas, sin encoger los hombros, con la espalda derecha bajo la lluvia.
Había aterrizado a las 19:40, después de un vuelo interminable desde Ginebra, con una sola idea en la cabeza: hablar con su hijo esa misma noche. Decirle, por una vez sin reproches, a esa muchacha no la pierdas.
La había visto en agosto.
Emilio llevaba semanas presumiendo en las comidas de los domingos, mi novia es la doctora más joven de la USI, y Leonardo, sin avisarle a nadie, se sentó en la última fila de una clase abierta sobre el rebozo y la ropa de las mujeres en la Colonia.
Ella hablaba sin notas. Hizo reír a un auditorio lleno con una frase sobre los virreyes y cerró con una tinta de Aurelio Montaño proyectada en la pantalla, callada, casi toda blanca. Él salió antes de que prendieran las luces.
Emilio no contestó ninguna de sus tres llamadas desde el aeropuerto. Salcedo revisó la ubicación compartida de la familia, que el muchacho no había desactivado desde la prepa, y se quedó un momento callado antes de girar la pantalla.
Hotel Regente. Un martes. A las nueve de la noche.
A las 21:20, don Chema estacionó en el carril lateral, frente a la entrada. A las 21:38, una mujer bajó de un Uber y cruzó hacia el lobby a paso rápido, sin paraguas. Leonardo la reconoció antes de ver su cara. Por la forma de caminar.
Salcedo ya tenía la mano en la manija.
—¿Subimos, señor?
—No. —Leonardo no apartó la vista de la puerta giratoria—. Si ella subió, es su turno. No el mío. Quédese en el lobby, cerca de los elevadores. Avíseme cuando baje.
Diecisiete minutos. A las 21:53 sonó el teléfono.
—Viene bajando, señor. Y hay un guardia de seguridad subiendo al doce. Un huésped llamó a recepción.
Ahora Salcedo estaba a su lado, en el lobby, con el celular todavía en la mano. Los dos miraban lo mismo: una figura cada vez más pequeña entre los paraguas de Reforma.
—Esa sí es fuerte —dijo Leonardo.
Salcedo no contestó. Apretó el botón del elevador.
En el piso doce, el guardia del turno de noche estaba frente a la 1208 con el radio en la mano, sin decidirse a tocar. Leonardo le mostró una tarjeta.
—Soy el padre. Es un asunto de familia. Yo me hago cargo.
El guardia miró la tarjeta, miró el traje, miró a Salcedo. Aliviado de tener a quién pasarle el problema, deslizó su llave maestra y se hizo a un lado. Leonardo empujó la puerta y no tuvo que preguntar nada.
Emilio estaba sentado en la alfombra, sin camisa, con la mano izquierda sobre el hombro derecho y la cara torcida de dolor. Junto a la cama, Paola Serrano forcejeaba con una sábana anudada en los tobillos; llevaba puesta la camisa blanca de su hijo. En el buró, dos copas.
Sobre el colchón, un teléfono y una hoja con membrete de la universidad.
Leonardo leyó el cuarto como se lee un balance. Un hombro, no un brazo roto. Una sábana, no un golpe. Ninguna sangre. Ella había entrado, había cerrado la cuenta y se había ido sin dejar nada pendiente.
—Papá. —Emilio intentó levantarse—. Papá, no es lo que…
Leonardo cruzó el cuarto y le dio una bofetada. Una. Con la mano abierta, sin levantar la voz, sin decir nada antes ni después.
Emilio se quedó quieto, con la mejilla izquierda encendida.
—Desátala —dijo Leonardo.
Emilio se arrastró hasta Paola y peleó con el nudo usando una sola mano. Tardó casi un minuto. Leonardo no lo ayudó.
Cuando Paola quedó libre, se abrazó las rodillas y levantó la cara, con el rímel corrido.
—Ella nos atacó. Entró como loca, me tiró, ¡mire cómo me dejó los pies!
—Señorita Serrano, vístase y salga.
—¡Nos atacó! Yo la puedo denunciar.
—Puede denunciarla. —Leonardo se acomodó el puño de la camisa—. Pero entonces también se va a revisar el título que usted declaró en su solicitud de empleo.
Paola abrió la boca y no le salió nada.
En agosto, cuando Emilio pidió que la subieran a asistente suya, Recursos Humanos le había mandado a Leonardo una nota breve: la licenciatura que ella declaraba no aparecía en el registro de la universidad; había dejado la carrera en segundo año.
Leonardo había decidido esperar a que su hijo se diera cuenta solo. Ahora entendía de qué más no se había dado cuenta.
Paola juntó su ropa del piso, se encerró en el baño y salió vestida, con los ojos hinchados y el bolso apretado contra el pecho. No se despidió de nadie. El taconeo se perdió en el pasillo.
—Mañana Recursos Humanos la suspende —le dijo Leonardo a su hijo—. Y empieza con su liquidación. Completa, como marca la ley.
—¿La vas a correr? ¿Por esto? —Emilio se puso de pie, tambaleándose—. Nunca estás satisfecho conmigo. Nunca. Todo lo que hago te parece poco, y ahora… A mí me gusta Pao, papá. Es mi vida.
—Tenías novia.
—¡Xime ni siquiera…!
—Cuidado. —Leonardo no se movió—. Cuidado con lo que vas a decir de ella.
Emilio se tragó el resto. Se le llenaron los ojos de lágrimas, de rabia más que de otra cosa.
—Ella te importa más que yo.
Leonardo miró a su hijo. Veintidós años, el pecho desnudo, la marca de su mano todavía roja en la cara. Lo había cargado de bebé en ese mismo tipo de noches de lluvia.
—La puerta de esta familia no se abre para gente que miente —dijo—. Tampoco para ti, mientras mientas.
Salió y cerró despacio.
En recepción pagó la habitación con su tarjeta. El gerente de piso escribió algo en la pantalla y se lo mostró: incidente atendido por familiares del huésped, sin reporte. Leonardo asintió.
Don Chema seguía con el motor apagado frente al hotel. Leonardo subió atrás, cerró la puerta y se quitó el reloj de platino. Lo dejó sobre la rodilla, boca abajo. Lo hacía cuando tenía que pensar algo que no era de trabajo.
La lluvia corría por el vidrio. Ella ya no estaba en ninguna parte de la calle.
—Salcedo.
—Señor.
—Quiero verla. Como el padre de Emilio. Cinco minutos. Si dice que no, tiene razón.
Salcedo giró un poco desde el asiento del copiloto.
—¿Esta noche, señor?
—Esta noche. No quiero que se duerma pensando que los Aldama vamos a defenderlo.
—No tenemos su número.
—La carta de recomendación. La original está en el expediente de la señorita Serrano. Los que recomiendan dejan un teléfono para que los verifiquen. —Leonardo miró el reloj sobre su rodilla—. Úselo una vez. Si no contesta, no insista.
Salcedo pidió el expediente escaneado a Recursos Humanos y esperó. A las 23:15 marcó. Leonardo escuchó solo la mitad de la llamada, la voz neutra de su asistente llenando los silencios de ella.
—Buenas noches, doctora Oropeza. Disculpe la hora. Le llamo en nombre del señor Aldama, el padre de Emilio… No, doctora, no llamo de parte de Emilio… El señor desea ofrecerle una disculpa en persona. Cinco minutos. Solo si usted acepta… Entiendo. Quedo a sus órdenes en este número.
Colgó.
—Dijo que lo iba a pensar, señor.
—Bien.
—¿Nos vamos a Chimalistac?
—Todavía no.
Don Chema no preguntó nada. Leonardo se quedó mirando la entrada giratoria del Regente, la marquesina encendida, los taxis que llegaban y se iban. Tenía cuarenta años y no recordaba la última vez que había esperado una respuesta con el reloj en la mano.
A las 23:41 vibró el celular de Salcedo. Lo leyó, y sin decir nada le giró la pantalla.
Era una sola línea.
Biblioteca Central de la USI. Diez en punto. Sola no voy.