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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 11 - Viviendo con la familia

—Lo único que les pido es que la dejen vivir aquí hasta que nazca mi hijo. ¡Después me la llevo de esta casa!

—¿Y luego qué? ¿La vas a botar así nada más? ¿Y te casas con Ximena tan campante? ¡Qué vida tan cómoda la tuya! —soltó Enrique con sarcasmo.

—Ella no quiere al bebé, hermano. Quiere abortarlo. Por eso soy yo el que se tiene que quedar con él, el que lo tiene que criar. Le voy a dar una compensación justa…

—¡Otra vez le pones precio a una mujer con dinero!

—¡Ay, ya, como quieras! ¡Es imposible hablar contigo!

Max se dio la vuelta hacia Nicolás, con quien le resultaba más fácil entenderse.

—Hermano, ayúdame a convencer a Mamá, por favor. Esta noche ella se queda aquí. Yo me voy, y mañana regreso para hablar con Mamá.

—Sí, voy a tratar de convencerla.

Max salió de la sala sin despedirse de su hermano mayor. Antes de irse, pasó por la cocina, buscó a la jefa del servicio doméstico y le dio unas instrucciones. Después se marchó de la casa rumbo a su propio departamento.

Camila contemplaba, desconcertada, aquella habitación tan amplia. Si no se equivocaba, estaba en el cuarto de un hombre. Predominaban los colores oscuros. Era tres veces más grande que su casa en el pueblo. Los muebles tenían un aire muy masculino. Había una cama enorme, con un edredón de un blanco impecable. Las paredes y las cortinas eran casi todas grises. Frente a la cama había una televisión de pantalla plana gigantesca; seguramente la más grande que había visto en toda su vida. Delante de ella había un sillón con un diseño que jamás había visto, pero que quedaba perfecto en esa habitación. No sabía cómo describirlo con palabras.

Seguía mirando todo, boquiabierta, cuando tocaron a la puerta. Dio un brinco del susto. Un momento después entró una mujer de mediana edad con uniforme negro.

—Señorita, le traemos la cena. Y ya trajimos todas sus cosas.

Clap, clap.

La mujer dio dos palmadas. Enseguida entró otra mujer uniformada, más joven, con una charola de comida, y detrás de ella otra más, cargando unas bolsas que a Camila le resultaron muy conocidas.

Se quedó mirando aquellas bolsas con atención. Estaba casi segura de que eran suyas.

—Ya trajimos todas sus cosas. ¿Necesita algo más?

—¿C-cosas? ¿Mis cosas? ¿E-estas son mis cosas? —preguntó insegura, señalando las tres bolsas apiladas frente a ella.

—Sí, señorita. Son todas sus pertenencias; nos las entregó Gerardo, el asistente. Por órdenes del joven señor, Gerardo nos pidió que las trajéramos a esta habitación.

—P-pero… estas bolsas tendrían que estar en mi cuarto. ¿Por qué están aquí?

—Eso no lo sabemos. Nosotras solo seguimos órdenes. Si no tiene más preguntas, nos retiramos.

La mujer de mediana edad les hizo una seña a las demás para que salieran, y Camila se quedó sola, todavía pasmada. ¿Por qué estaban ahí sus cosas? ¿No estaban en su cuarto rentado?

Revisó las bolsas a toda prisa. Y en efecto: eran sus cosas. Lo único que faltaba era su bicicleta. ¿Por qué estaba todo ahí? ¿Las había mandado traer ese hombre? ¿Quería decir que ya no iba a volver a su cuartito miserable y que se quedaría a vivir ahí? Pero esa mansión le daba miedo. Antes había estado dispuesta a trabajar de sirvienta con tal de vivir en un lugar así, pero ese deseo se le había esfumado.

Nadie en esa casa la quería. ¿Cómo iba a vivir en un lugar donde nadie la quería?

Grrrr… grrrr…

Le empezaron a rugir las tripas; el hambre ya la estaba atacando. Sin pensarlo más, se acercó al carrito con la comida y levantó la tapa. Se le abrió el apetito en cuanto vio lo que había. El estómago le gruñó todavía más fuerte. Sin pensarlo dos veces, se puso a comer con muchas ganas. Nunca en su vida había probado algo tan delicioso. Era la clase de comida que solo había visto en la televisión, o la que servían en los hoteles de lujo.

Disfrutó muchísimo aquel banquete. Ni se le pasó por la cabeza preguntarse si de verdad la comida era para ella o si estaría envenenada. Lo único que le importaba era llenar el estómago cuanto antes. Estaba en lo mejor cuando de pronto sonó algo dentro de su bolsa. Conocía muy bien ese sonido: era su celular.

Revolvió la bolsa en busca del aparato. Y, efectivamente, ahí estaba. Por lo visto, Gerardo lo había sacado de su casillero. Revisó el teléfono: tenía un mensaje nuevo de un número desconocido.

Esta noche duermes en esa casa. Vas a vivir ahí hasta que nazca el niño. No te preocupes, yo no voy a vivir ahí. Así que no vamos a estar bajo el mismo techo. Cuida bien al niño. Recuerda que puedo demandarte si le pasa algo. Max.

Lo leyó una y otra vez, sin poder creer que aquel psicópata le hubiera escrito. Decidió ignorarlo.

Después de comer quedó llenísima y agotada. Los ojos se le empezaron a cerrar. Miró la enorme cama que tenía enfrente, dudando si debía dormir ahí o mejor en el suelo alfombrado. Pero el cansancio pudo más y al final eligió la cama. Lo que pase mañana, ya lo pensaré mañana, se dijo antes de quedarse dormida.

Mientras Camila dormía profundamente, en otra parte de la casa se desataba una discusión acalorada.

—¡Yo no estoy de acuerdo y punto! ¡No quiero que esa mujer, que quién sabe de dónde salió, viva aquí!

—Pero, Mamá, está embarazada. Está esperando un hijo de Max, ¿eh? Eso quiere decir que lleva en el vientre a tu nieto. Tu propia sangre… —intentó convencerla Enrique.

—¡No necesito un nieto de una mujer que no se sabe ni de qué familia viene ni qué clase de gente es! ¡Ya tengo nietos de ustedes! ¡No necesito otro que salga de su vientre! —vociferó Mamá.

—Pero, Mamá, aquí el culpable es Max. Violó a esa muchacha. Debería estar en la cárcel por lo que hizo. Pero ella no lo denunció. Deberíamos estarle agradecidos por haberle ahorrado a Max un problema con la ley —intervino Nicolás.

—¡Pues claro que no lo denunció! ¡Ese sinvergüenza ya le pagó! ¡Y bien caro, para una prostituta como ella!

—¡Mamá! Esa mujer no es ninguna prostituta. Max dice que era virgen cuando él lo hizo…

—¿Y qué si era virgen? ¡¿Eh?! ¿Acaso doscientos mil dólares no alcanzan para comprarle la virginidad? ¡Yo no estoy de acuerdo! ¡Punto final!

—Mamá… no digas eso. Piensa que fuera tu hija. ¿No te da lástima lo que le pasó?

—¡Yo no tengo hijas! ¡Solo los tengo a ustedes tres! ¡A nadie más!

—Mamá… esa muchacha le tiene pánico a Max. Está traumatizada, Mamá. Está mal de los nervios. Max solo quiere que viva con nosotros hasta que nazca el bebé. Después se la va a llevar de esta casa… —insistió Nicolás con suavidad.

—¿De verdad Max se la va a llevar cuando nazca el niño? ¿No se va a casar con esa mujer, verdad?

—Sí, Mamá… Cuando nazca el bebé, Max se la va a llevar de aquí. Jamás se va a casar con ella. En el corazón de Max ya está Ximena; ¿cómo va a caber otra?

Nicolás hablaba con calma, para tranquilizarla. A Enrique, en cambio, no le gustó nada oír eso. Más que defender a Max, le daba lástima la suerte de aquella mujer.

—¿Y se puede confiar en la palabra de Max? ¡No quiero una nuera así! Con solo verla se nota que no tiene educación. ¡La única que tiene derecho a estar al lado de Max es Ximena!

—Sí, Mamá, sí… Max dice exactamente lo mismo. Así que ya no te preocupes, ¿sí? Deja que la muchacha se quede aquí, ¿sí? —la convenció Nicolás con zalamería.

Mamá se quedó pensativa. Al cabo de un momento, respondió:

—Está bien. Por ahora la voy a aceptar. Pero quien viva en esta casa sigue mis reglas. ¡Y ella no es la excepción!

1
Alcenia Acosta
La ponen demasiado gafa
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