Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 10: Líneas de fuego
El silencio que se instaló tras la pregunta de Sofía fue espeso, cargado de una electricidad a punto de estallar.
Con paso firme y la barbilla en alto, Sofía avanzó hasta el centro del despacho, dejando caer con un golpe seco las carpetas sobre una mesa auxiliar. Sus ojos marrones, encendidos por una indignación genuina, no se apartaron de Federico ni un solo segundo.
—¿Creíste que podías venir a negociar mi vida a mis espaldas? —preguntó Sofía, bajando la voz hasta un tono que resultaba mucho más intimidante que un grito—. ¿Pensaste que hablando con mi padre encontrarías un atajo, Federico? ¿Que los hombres de negocios se arreglan entre ellos mientras yo miro desde afuera?
—No vine a buscar atajos, Sofía —respondió Federico de inmediato, dando medio paso hacia ella con las manos abiertas, mostrando que no guardaba ninguna carta oculta—. Vine a dar la cara. A asumir la culpa frente al hombre que crio a la mujer que lastimé. Don Roberto merecía escuchar de mi propia boca que me equivoqué de la forma más miserable posible.
Roberto Del Valle cruzó los brazos con calma detrás de su escritorio y observó a su hija con afecto templado.
—Nadie negoció nada aquí, Sofía —intervino el patriarca con voz serena—. Tu padre sabe cuidarse solo y sabe distinguir cuándo alguien entra a esta sala con soberbia o con las manos desarmadas. Federico vino a renunciar a cualquier intento de litigio legal. Y le dejé en claro que la única persona en este planeta que decide sobre el destino de Theo eres tú.
Sofía exhaló un suspiro trémulo, pero su coraza de hielo no cedió. Se giró por completo hacia Federico, reduciendo el espacio entre ambos hasta quedar a menos de un metro de distancia.
—¿De verdad crees que presentarte aquí y agachar la cabeza borra cinco años de ausencia, Federico?
—Sé que no borra nada —dijo él con la voz quebrada, clavando sus ojos claros en los de ella, dejándole ver el tormento que llevaba por dentro—. Sé que destruí tu confianza. Sé que te obligué a dar a luz sola, a pasar noches en vela cuidando a Theo sin nadie a tu lado. Merezco tu desprecio, Sofía. Merezco que no quieras respirar el mismo aire que yo. Pero no me castigues apartándome de mi hijo. No lo castigues a él dejándolo sin un padre cuando yo estoy dispuesto a dar la vida entera por estar a su lado.
—Theo no está castigado —replicó Sofía, con una frialdad cortante—. Theo tiene una vida plena, tiene abuelos que lo adoran, tiene amigos que darían la vida por él y una madre que nunca dudó de su amor por miedo a perder un puñado de billetes. ¿Tú quieres ser su padre? ¿Así, de la noche a la mañana? ¿Crees que puedes irrumpir en su pequeño mundo y decirle: «Hola, soy el señor millonario que dudó de tu madre, ahora quiéreme»?
Federico tragó saliva con amargura. Las palabras de Sofía le pegaban donde más dolía porque eran dolorosamente ciertas.
—Dime qué tengo que hacer —suplicó él en un murmullo ronco, rindiéndose por completo ante ella—. Pon las condiciones que quieras. Las acepto todas, Sofía. Solo déjame estar cerca de él. Déjame demostrarte que el hombre de esa llamada murió la misma noche en que encontré tu carta vacía.
Sofía se quedó inmóvil, midiendo cada latido, cada respiración en el rostro de Federico. Por una fracción de segundo, el recuerdo del hombre cálido del que se enamoró en secreto cruzó por su mente, pero la herida de su orgullo herido seguía viva.
—Primera condición —dictó Sofía con voz tajante—: Theo no sabrá quién eres por ahora. No voy a desestabilizar la mente de un niño de cinco años con una verdad que todavía no puede procesar. Para él serás el señor Montes, un colega de negocios de la familia.
Federico sintió una punzada lacerante en el pecho al verse forzado a usar otra vez ese apellido falso, pero asintió sin dudar.
—Acepto —respondió él.
—Segunda —continuó ella—: cero regalos ostentosos. Ni un solo juguete importado, ni viajes, ni paseos en autos de lujo. A mi hijo no se le deslumbra con dinero. Si quieres que te sonría, te vas a ganar esa sonrisa sentándote en el suelo a armar pistas de autos como lo hace Bruno todos los domingos.
—Acepto —repitió Federico, sosteniéndole la mirada con fervor.
—Tercera: jamás estarás a solas con él. Todas las visitas serán supervisadas por mí, por Bruno o por Valentina. Y en los horarios que yo decida, sin alterar sus clases ni sus horas de juego.
—Acepto todo lo que pidas, Sofía —insistió Federico, dando un paso casi imperceptible hacia adelante, con los ojos empañados en una mezcla de gratitud y dolor—. ¿Y nosotros? ¿Hay alguna condición que me permita ganar tu perdón algún día?
Sofía dio un paso atrás, cerrando la distancia y volviendo a levantar el muro impenetrable que la protegía.
—Mi perdón no es parte de este acuerdo, Federico —sentenció ella con una dignidad implacable—. Esto es única y exclusivamente por Theo. Para mí, sigues siendo el socio corporativo con el que tengo un contrato logístico pendiente. Nada más.
Roberto Del Valle se puso de pie desde el fondo de la sala, marcando el final de la audiencia.
—Tiene sus condiciones, Albarracín —concluyó Roberto con gravedad—. Mañana por la tarde Theo tiene su práctica de fútbol en el club de campo. Si llega un minuto tarde, o si falta a una sola de las reglas de mi hija, se acabó.
Federico miró al anciano patriarca, inclinó la cabeza con respeto genuino y volvió la mirada hacia Sofía.
—No voy a fallar —prometió en un susurro cargado de devoción—. Estaré ahí.
Cuando Federico cruzó el umbral y la puerta se cerró tras él, Sofía apoyó la frente contra el respaldo de una silla de cuero y cerró los ojos, sintiendo que el aire volvía a escapársele de los pulmones. Había abierto una brecha en su muralla, y sabía muy bien que el hombre que acababa de salir no se detendría hasta derribarla por completo.