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PACTO DE PIEL Y SANGRE

PACTO DE PIEL Y SANGRE

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Venganza
Popularitas:661
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.

Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Puertas cerradas y monstruos al descubierto

El lunes finalmente llegó y, tal como estaba programado, a las diez de la mañana me encontraba en el estudio fotográfico posando frente a los lentes de Tiffany, una de las revistas de belleza más importantes del país.

Esta vez, las tomas se enfocaban únicamente en mi rostro para la campaña de los nuevos tonos de lápiz labial de la marca: una colección inspirada en cinco frutas tropicales: papaya, mango, granada, níspero y maracuyá.

Tras dos horas intensas bajo las luces y las órdenes del fotógrafo, fui al camerino, retiré el maquillaje con una toallita desmaquillante y me alisté para reunirme con mis hermanos en la sede central de la empresa que heredamos tras la trágica muerte de nuestros padres.

Se trataba de la firma constructora que mi padre fundó poco antes de casarse con mamá.

Honestamente, no solía frecuentar las oficinas; solo asistía cuando debía atender asuntos legales, reuniones extraordinarias o firmas de documentos, como en esta ocasión. Mi hermano Fabián era quien llevaba las riendas de la empresa y, hasta el momento, la gestión no había tenido el menor inconveniente.

Una vez lista, me despedí del equipo y bajé hacia el auto donde me esperaba mi chofer, quien solo me llevaba cuando tenía compromisos laborales, ya que el resto del tiempo prefería manejar mi propio vehículo.

Media hora después, el automóvil aparcó en mi lugar asignado del estacionamiento subterráneo. Subí en el ascensor directo al octavo piso, donde se ubicaba la presidencia.

—Buenas tardes, señorita Prescott —saludó Delia, la secretaria de Fabián.

—Buenas tardes, Delia —le devolví el saludo con calidez. Le tenía mucho aprecio; era una mujer increíblemente agradable de unos treinta y seis años.

—Me alegro mucho de verla, señorita Natalia —dijo regalandome una de sus sonrisas habituales—. Los señores la están esperando en la oficina principal. El señor Fabián me pidió que la hiciera pasar en cuanto llegara.

Le agradecí con un gesto y me adentré en la elegante oficina de mi hermano. Efectivamente, mis dos hermanos ya estaban allí.

—¿Cómo están mis chicos favoritos? —pregunté al entrar.

Apenas me vieron, se pusieron de pie para darme la bienvenida a su manera: envuelta en un abrazo fraternal.

—Espero no haberlos hecho esperar demasiado —añadí al separarnos.

—Hola, nena. Tranquila, llegas justo a tiempo —dijo Noah después de darle una ojeada al reloj en su muñeca izquierda.

—¿Y a mi pelirrojo favorito no lo hice esperar mucho? —bromee, hundiendo el rostro en el pecho de Fabián mientras me rodeaba con sus brazos.

—Nunca es demasiado tiempo cuando se trata de esperar por ti —respondió dándome un beso en la coronilla, aprovechando la notable diferencia de estatura entre los dos.

Fabián, mi hermano mayor, era de los tres el más reservado y responsable: metódico, impecable y, en ocasiones, un poco distante, pero un excelente juez en dilemas ajenos. Y aunque fuera mi hermano, era imposible no admitir que era sumamente atractivo: cabello pelirrojo idéntico al mío, ojos azules intensos y un cuerpo imponente.

Noah, por el contrario, era puro caos y fiesta. Su cabello rubio y ondulado —heredado de nuestro padre— llamaba la atención en cualquier lugar, y sus ojos azul claro reflejaban un dinamismo constante. No es que fuera un mujeriego sin remedio, simplemente sabía sacar provecho del atractivo que la genética le había regalado.

Charlamos amenamente mientras revisábamos los documentos de un proyecto importante que iniciaría en un par de meses en Italia, motivo por el cual Fabián tendría que trasladarse a Europa para ponerse al frente de la sucursal de allá.

Por ello, necesitábamos a alguien de absoluta confianza que asumiera la dirección de las obras locales durante su ausencia. Fabián ya se había encargado de contactar a un viejo amigo de la universidad, un ingeniero que había sido de los más destacados de su promoción y que actualmente gozaba de un prestigio impecable en el gremio.

—¿Y cuándo se incorpora? —preguntó Noah, refiriéndose al profesional que cubriría a Fabián durante el mes que duraría su viaje.

—Llegará en unos días para que lo conozcan y ponernos al tanto de todo antes de mi partida —respondió Fabián.

Una vez resueltos los pendientes, dejamos a un lado los negocios y la conversación derivó en temas triviales. Las horas transcurrieron rápido y pronto llegó el momento de volver a casa.

Fabián se ofreció a llevarme en su auto, mientras Noah nos seguía en el suyo. El trayecto se me hizo corto porque no dejé de hablar con él en todo el camino; o más bien, yo hablaba sin parar mientras él conducía y soltaba algún comentario de vez en cuando. Era un hombre de pocas palabras, pero sumamente atento, aunque yo siempre encontraba la forma de sacarle plática. Según ellos, como hermana menor solía ser un poco ruidosa y parlanchina, algo que me daba bastante gracia.

—Te voy a extrañar cuando te vayas —le dije dándole un beso en la mejilla al bajar del auto—. Sabes que eres mi hermano favorito.

—Igual que Noah, ¿no? —respondió riendo, sabiendo de sobra que no tenía preferencia por ninguno.

Le dediqué una última sonrisa y me adentré en la casa.

En mi habitación, me desvestí y fui directo a la ducha. Me resultaba imposible conciliar el sueño sin antes dárselo, especialmente tras haber pasado el día fuera.

Al salir, todavía con una toalla enrollada en el cabello y otra cubierta en el cuerpo, me dejé caer sobre la cama y en cuestión de minutos quedé profundamente dormida.

A eso de las tres de la madrugada, el sonido estridente y la vibración de mi teléfono me sacaron del sueño. Lo tomé a ciegas, dispuesta a apagar la alarma, hasta que escuché la voz entrecortada y los sollozos de Laila al otro lado de la línea.

Como impulsada por un resorte, me senté en la cama.

—Cariño, ¿qué pasa? —pregunté, sintiendo un vuelco en el estómago.

—Por favor... ven a mi casa —logró articular entre el llanto—. Tengo mucho miedo. Mi padre volvió a perder el control.

—Tranquila. En quince minutos estoy allá.

Me puse de pie de inmediato y busqué lo primero que encontré en el armario. Ya vestida, tomé el teléfono, las llaves del auto y bajé a toda prisa hacia el garaje.

En el pasillo me topé de golpe con Fabián, quien salía del gimnasio que había mandado a instalar en la planta baja unos años atrás para no descuidar su rutina a pesar de su apretada agenda.

—¡Maldición, qué susto me diste! —exclamé con el corazón desbocado al verlo salir en medio de la penumbra.

—Tengo insomnio —respondió con su serenidad habitual—. ¿A dónde vas a estas horas? —inquirió al notar las llaves en mi mano.

Le expliqué rápidamente la situación de Laila. Sin dudarlo un segundo, se ofreció a llevarme para asegurarse de que no corriera ningún peligro.

Durante el trayecto no despegué la mirada de la ventana. Las calles que conducían a la residencia de Laila solían estar desiertas a esa hora, pero el trayecto se me hizo eterno por la angustia.

En cuanto Fabián estacionó frente a la mansión, bajé del vehículo y llamé al móvil de mi amiga. A los pocos segundos, vi su silueta asomarse por el balcón de su habitación. Desapareció de inmediato y, un momento después, la puerta principal se abrió de par en par.

En ese instante, toda la angustia que llevaba atorada en la garganta se transformó en una rabia ciega. Si en ese momento hubiese tenido enfrente a Joel, lo habría destruido con mis propias manos.

El rostro de Laila estaba destrozado: tenía el labio inferior partido, un pómulo notablemente inflamado y hematomas visibles en los brazos, además de los que sin duda ocultaba bajo la ropa.

Fabián, sin pronunciar palabra, avanzó con paso firme para tomar la maleta que ella dejó caer antes de correr hacia mí. Nos fundimos en un abrazo sofocante mientras sus lágrimas me mojaban el hombro. Quería llorar con ella, pero me obligué a mantenerme firme para no desmoronarla aún más.

Nos dirigíamos al vehículo cuando la puerta de la residencia volvió a abrirse y Joel apareció en el umbral. Estaba solo, sin el escolta que solía acompañarlo a todas partes. Al verme, intentó avanzar hacia mí con actitud amenazante, pero no logró dar ni tres pasos: Fabián se interpuso en su camino y, de un certero puñetazo en pleno rostro, lo mandó directo al suelo.

Era lo mínimo que merecía semejante basura.

Nos subimos al auto de inmediato y arrancamos de regreso a casa, dejándolo tirado en la entrada sobre el pavimento.

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Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Paula Nuñez: ¡Muchísimas gracias por tu apoyo! Me alegra un montón que te esté gustando la historia. Si te atrapó, te invito a pasar por mi perfil para que le eches un vistazo a mis otras novelas. ¡Seguro que también te van a encantar! ❤️✨
total 1 replies
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