Ella es la mayor de seis hermanos y siempre ha tenido una vida difícil.. Pero tiene la posibilidad de volver a vivir en un nuevo mundo y poder ser feliz ayudando a otros.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansion Harrington 1
Las semanas comenzaron a pasar con una rapidez sorprendente.
Rose había pensado que, después de graduarse de la Academia, tendría una vida relativamente tranquila. Trabajaría, recibiría su salario, ahorraría dinero y, finalmente, compraría una pequeña casa donde pudiera vivir sin preocuparse por nada.
Un plan sencillo.
Razonable.
Perfectamente alcanzable.
El problema era que Rose tenía una capacidad extraordinaria para encontrar cosas que necesitaban hacerse.
Y, aparentemente, también tenía una incapacidad absoluta para ignorarlas.
Todo comenzó con la casa de cuidados.
Primero organizó los registros de los pacientes.
Después revisó las cuentas de los suministros médicos.
Luego descubrió que algunos materiales se compraban en exceso mientras que otros se agotaban constantemente.
Así que reorganizó los inventarios.
Después preparó un sistema para registrar los gastos.
Y cuando terminó con eso, se dio cuenta de que los horarios de los sanadores podían distribuirse mejor.
Una cosa llevó a la otra.
Y, cuando quiso darse cuenta, estaba revisando prácticamente toda la administración de la casa.
—Señorita Rose, ¿podría revisar estos documentos?
—Por supuesto.
—Señorita Rose, tenemos un problema con el proveedor de hierbas medicinales.
—Lo revisaré.
—Señorita Rose, los registros de las habitaciones necesitan actualizarse.
—Déjelos sobre mi escritorio.
—Señorita Rose, el administrador de la propiedad Harrington pregunta si podría revisar unas cuentas relacionadas con los almacenes.
Rose levantó la cabeza.
—¿Los almacenes?
—Sí, señorita.
Se quedó inmóvil durante unos segundos.
[Espera...]
[¿Cuándo pasé de trabajar en una casa de cuidados a administrar medio territorio?]
Miró la montaña de documentos que tenía delante.
Después suspiró.
[Bueno. Al menos las cuentas están bien organizadas.]
Y volvió a trabajar.
Lo más sorprendente era que no le desagradaba.
En realidad, disfrutaba bastante de aquellas tareas.
Había descubierto que administrar no consistía únicamente en sumar números y ordenar papeles. También implicaba comprender cómo funcionaban las cosas, anticiparse a los problemas y encontrar maneras de aprovechar mejor los recursos disponibles.
Y eso le gustaba muchísimo.
Además, los condes Harrington comenzaron a confiarle responsabilidades cada vez mayores.
Al principio le pedían que revisara ciertos documentos.
Después comenzaron a consultarle decisiones administrativas.
Finalmente, incluso algunos asuntos relacionados con los recursos de la propia casa Harrington llegaron a su escritorio.
Rose aceptaba las tareas, las revisaba cuidadosamente y presentaba sus propuestas.
Nunca pretendía saberlo todo.
Cuando algo superaba sus conocimientos, preguntaba.
Cuando cometía un error, lo corregía.
Y cuando encontraba una manera de mejorar un procedimiento, la compartía.
Los condes estaban encantados.
Pero también comenzaron a notar algo preocupante.
Rose trabajaba demasiado.
Otra vez.
Una tarde, el conde Harrington la encontró revisando documentos después de que la mayoría de los trabajadores hubiera terminado su jornada.
—¿Todavía está trabajando?
Rose levantó la cabeza.
—Solo estoy terminando esto, su excelencia.
El conde observó el escritorio.
Había suficientes documentos para mantener ocupadas a tres personas durante varias horas.
—¿Y cuánto tiempo lleva aquí?
Rose miró el reloj.
—No mucho.
El conde arqueó una ceja.
—¿Cuánto es «no mucho»?
Rose sonrió.
—Unas cuantas horas.
El hombre suspiró.
[Definitivamente, esta muchacha no sabe cuándo detenerse.]
—Rose.
—¿Sí, su excelencia?
—¿Dónde está viviendo actualmente?
Ella parpadeó.
—En una habitación cercana a la casa de cuidados.
—¿Una habitación alquilada?
—Sí.
—¿Y cuánto paga?
Rose le dio la cantidad.
El conde se quedó mirándola.
Después miró a su esposa, que acababa de entrar en el salón.
La condesa entendió inmediatamente la expresión de su marido.
—¿Todavía está alquilando una habitación?
Rose asintió.
—Sí, mi señora. Aunque estoy pensando en buscar una casa pequeña.
La condesa se sentó frente a ella.
—¿Una casa?
—Sí. No necesito algo demasiado grande. Solo un lugar donde pueda descansar y tener mis libros.
El conde cerró los ojos un instante.
La condesa lo miró.
Ambos compartieron una expresión que Rose no supo interpretar.
[¿Qué ocurre?]
—Rose ¿por qué no se queda a vivir aquí?
Rose parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
—¿Aquí?
La mujer sonrió.
—En la mansión, por supuesto.
Rose miró alrededor, como si acabara de descubrir que estaban hablando de un edificio completamente diferente.
—Pero... esta es su casa.
—Y tiene muchas habitaciones vacías
—Pero no quisiera incomodarlos.
—¿Incomodarnos? Querida, somos dos personas en una mansión enorme.
El conde asintió solemnemente.
—A veces tenemos que recorrer medio edificio para encontrar al otro.
—¡Eso no es cierto!
—La semana pasada te busqué durante veinte minutos.
—¡Porque estabas buscando en el ala equivocada!
Rose los observó discutir.
Y no pudo evitar reírse.
Los condes también comenzaron a reír.
El ambiente era tan natural que Rose sintió una extraña calidez en el pecho.
Era agradable ver a dos personas que llevaban tantos años juntas discutir por una tontería y, aun así, mirarse con tanto cariño.
La condesa volvió a concentrarse en ella.
—En serio, Rose. Tenemos habitaciones de sobra. Podría quedarse aquí y ahorrar el dinero que actualmente gasta en alquiler.
—Pero no quiero aprovecharme de su generosidad.
El conde negó con la cabeza.
—No se está aprovechando de nada. Usted trabaja con nosotros, nos ayuda y se ha convertido en una persona importante para el funcionamiento de la casa de cuidados.
La condesa añadió..
—Y si desea comprar su propia casa algún día, será mucho más fácil si conserva sus ahorros.
Rose se quedó pensativa.
La propuesta tenía sentido.
Muchísimo sentido.
En lugar de pagar alquiler cada mes, podría guardar ese dinero.
Y si seguía trabajando y ahorrando, quizás en unos años podría comprar una pequeña propiedad.
Una casa propia.
Con una biblioteca.
Una cocina.
Un jardín.
Y, posiblemente, un gato.
[¡Un gato!]
Su expresión se iluminó.
Después recordó algo importante.
—Pero no quisiera ocupar una de las habitaciones principales.
El conde frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—Porque no soy parte de la familia. Podría quedarme en una habitación más pequeña, donde suelen alojarse los administradores o los trabajadores o visitas.
La condesa la observó durante unos segundos.
Luego sonrió con ternura.
—Está bien, Rose. Puede elegir la habitación donde se sienta más cómoda.
El conde asintió.
—Pero no piense que vamos a darle una habitación incómoda solo porque usted lo ha pedido.
Rose abrió la boca para protestar.
—Su excelencia, no es necesario que...
—Ya está decidido.
La condesa sonrió.
—Y ahora, si me disculpa, tengo que organizar algunas cosas.
Rose comprendió que acababa de perder aquella discusión.
[¡Vaya!]
[¡Son más difíciles de convencer que mis antiguos jefes!]
Finalmente aceptó.
Y así fue como Rose terminó mudándose a la mansión Harrington.
me encanta muy divertida