Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 14: El regreso al refugio
Punto de vista: Alexander
El aroma a flores silvestres y lluvia fresca envolvió mis sentidos antes de que la penumbra de mi propia mente terminara de disiparse.
El peso aplastante del día anterior, la monotonía ahogante de las reuniones en la corporación, los contratos opresivos firmados bajo presión, las sonrisas falsas ante la prensa y la sofocante presencia de los Sterling... todo ese infierno se esfumó en un solo instante. Un suspiro de alivio absoluto, ruidoso y profundo, se me escapó del pecho al sentir la brisa cálida de la terraza rozarme la piel del rostro.
Estaba de vuelta. En nuestro refugio.
Allí estaba ella. Permanecía de espaldas a mí, apoyada contra el pretil de cristal, contemplando el abismo de luces doradas que destellaban en la ciudad suspendida entre las nubes. La vista de su figura, con la melena ondulada color castaño cayendo suavemente sobre su espalda desnuda y la prenda liviana que apenas la cubría, me provocó una sacudida brutal e incontrolable en las entrañas.
La noche anterior la había buscado en vano en la oscuridad. Sentir que no aparecía había sido una tortura; el miedo absurdo a perderla, a que este milagro nocturno desapareciera de mi vida, me había consumido despierto durante horas. Ahora, tenerla a centímetros era una necesidad salvaje. La urgencia de tocarla, de comprobar su calidez física y asegurarme de que no se había evaporado para siempre, era una hoguera desesperada que me quemaba por dentro.
No hubo espacio para dudas, ni para preguntas, ni para la lógica fría con la que gobernaba mi vida real. Acorté la distancia que nos separaba en un solo paso decidido y la rodeé por la cintura desde atrás, pegando su cuerpo bruscamente contra la solidez de mi pecho.
—Te extrañé anoche... —murmuré contra la curva más sensible de su cuello, dejando que mis labios buscaran la piel caliente y suave de su hombro, inhalando su esencia de jazmín con la voracidad de un hombre que vuelve a respirar tras haber estado a punto de ahogarse.
Ella echó la cabeza hacia atrás, dejándola descansar sobre mi hombro, y soltó un suspiro entrecortado que me erizó cada centímetro de piel.
—Yo también... —admitió en un susurro agitado, que resonó como una melodía en la calma de la noche.
La giré entre mis brazos con una posesión dominante, incapaz de pasar un segundo más sin mirar esos cautivadores ojos color ámbar que me quitaban el juicio por completo. Los dedos de Alana se enredaron en mi cabello castaño con la misma urgencia salvaje con la que yo la sujetaba firmemente por las caderas, acortando cualquier espacio sobrante entre nuestros cuerpos.
—No vuelvas a desaparecer así —le pedí, roza de manera exigente mis labios contra los suyos, sintiendo el choque eléctrico y perfecto de nuestras pieles al unirse.
—No me fui... —alcanzó a articular Alana en un hilo de voz antes de que me inclinara para atrapar su boca en un beso voraz, apasionado y dominante.
Su lengua respondió a la mía sin ninguna reserva, entregándose por completo a la misma hambre feroz que nos devoraba a ambos desde el primer día. En este espacio no existían los apellidos ni las jerarquías. No había nombres de empresas, ni compromisos impuestos, ni las cadenas de oro de la familia Hale que me ataban en la vida real. En este refugio éramos solo dos almas libres, dos cuerpos buscando la salvación en el choque violento de la penumbra.
La levanté en el aire sin romper el beso y ella rodeó mi cintura con sus piernas por puro instinto, aferrándose a mí con una fuerza que me enloquecía. La acorralé con firmeza contra el cristal helado del ventanal mientras el placer latía con fuerza entre nosotros, acelerando el ritmo de cada movimiento, perdiéndome en la calidez de sus suspiros y en la música de sus gemidos sofocados contra mi oído.
Apreté mis manos contra su espalda desnuda, memorizando el contorno de su piel, el calor de su respiración y la forma perfecta en que encajaba en mis brazos, saboreando cada segundo de esta ilusión bendita antes de que la luz implacable del amanecer me obligara a abrir los ojos y volver a despertar en el mundo real.