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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: Café para llevar

El celular vibró sobre el escritorio a las nueve y media de la noche, junto a un informe de Ginebra que Leonardo llevaba una hora sin leer.

Emilio.

Contestó sin quitar los ojos del papel.

—Dime.

—Pao dice que te vio con Ximena. —La voz de su hijo venía acelerada, con ruido de tráfico detrás—. En una fonda en San Ángel. Muy juntitos, brindando.

Leonardo dejó la pluma sobre el informe.

Brindando. Dos vasos de agua de jamaica chocando sin ruido. Ella sonriendo sin querer, con la boca todavía roja de granada.

—Comimos —dijo—. Coincidimos en la academia de Carvalho y comimos.

—¿Coincidieron? —Emilio soltó una risa corta—. Llevo toda la tarde con Pao llorando, papá. Toda la tarde. Dice que la humillaste delante de medio restaurante. Que ni siquiera la dejaste hablar.

—La dejé hablar bastante. A Ximena, sobre todo.

—¿Ves? ¡Eso! —El claxon de alguien sonó del otro lado—. ¿Por qué la defiendes tanto? Primero la corres a ella por Ximena, luego te vas a comer con Ximena… ¿Qué quieres? ¿Que regrese con ella? ¿Eso es?

Leonardo miró la ventana del estudio. Afuera, la fuente del patio seguía corriendo en la oscuridad, el mismo ruido de siempre.

—Paola se va de la empresa, Emilio. Eso no está en discusión. —Hizo una pausa—. Si insistes, te vas con ella.

Del otro lado hubo un silencio largo. El tráfico. Una puerta de carro.

Luego Emilio se rio, pero distinto. Más bajo.

—Ah. Ya entendí. —Casi se le oía sonreír—. Está bien, papá. Tienes razón. Una esposa como Ximena se ve bien en cualquier foto. Doctora, seria, bonita, de buena familia aunque no tenga un peso. Lo demás… lo demás es cosa mía.

Y colgó.

Leonardo se quedó con el celular pegado a la oreja unos segundos, oyendo nada.

Una esposa para las fotos. Y lo demás, cosa suya. Lo demás tenía nombre y estaba llorando en algún departamento de Narvarte.

Sintió frío en el estómago, un frío que no tenía que ver con la noche. Había criado a ese muchacho.

Le había enseñado a andar en bicicleta, se había sentado en cada junta de la escuela, le había revisado cada tarea de matemáticas con una paciencia que no tenía con nadie más.

Y el muchacho que acababa de colgar quería a la mujer que lo tiró al piso de un cuarto de hotel. No para quererla. Para enmarcarla.

Se quitó el reloj y lo dejó boca abajo sobre el informe.

No pensó en llamarlo de vuelta. No había nada que decirle a alguien que ya se había explicado tan bien.

El lunes a las doce y media, el director de Recursos Humanos entró a su oficina en Torre Aldama con una carpeta delgada.

—La señorita Serrano firmó su finiquito esta mañana, señor. Liquidación completa, conforme a la ley.

—¿Algún problema?

—Ninguno. Firmó sin leer, la verdad. Vino con lentes oscuros. —El director pasó una hoja—. Lo del título se queda anotado en su expediente, nada más. Ya no daba para otra cosa. Si usted quisiera…

—No quiero. —Leonardo firmó donde le señalaban—. Que se le pague todo, hasta el último peso. No quiero que diga que la corrimos sin pagarle.

—Sí, señor.

El director salió. Leonardo cerró la carpeta y la puso encima de las demás. Con eso, la señorita Serrano ya no tenía nada que ver con Grupo Aldama. Lo que tuviera que ver con su hijo no le tocaba a Recursos Humanos.

El jueves comió con Andrés en Polanco, en el lugar de siempre, el de los manteles gruesos y los meseros que no hacían preguntas.

Andrés llegó quejándose antes de sentarse.

—Mi hermano me va a matar de un coraje, Aldama. —Se desabrochó el saco—. ¿Sabes qué hace Sebas hoy? Cita a ciegas. A las seis, en un café de Coyoacán. Tres Aguas, o algo así.

—Por fin lo sacaron de su cuarto.

—Mi mamá. Se lo arregló con la señora Uribe en la kermés de la parroquia, entre las tostadas y la lotería. —Andrés partió un bolillo—. Con una tal Ximena. Sobrina de Ernesto Uribe, ¿no le vendes tú?

Leonardo tomó su vaso de agua. Lo volvió a dejar en la mesa.

—Me vende él. Separadores para baterías. Hace años.

—Pues su sobrina, una doctora en no sé qué. Y el menso de mi hermano sigue llorando por Bianca. —Andrés levantó ocho dedos—. Ocho años, compadre. Ocho años detrás de una muchacha que se fue a vivir a otro país. Va a llegar a la cita a hablar de ella, te lo firmo. Va a hacer el ridículo con la sobrina de un proveedor tuyo y del mío.

—Seguramente.

—¿Seguramente? ¿Eso es todo? —Andrés lo miró—. Otra vez estás raro.

—Tengo junta a las seis.

—Siempre tienes junta a las seis.

Leonardo pidió la cuenta.

A las cinco y cuarto, en su oficina, se quedó mirando la agenda de la tarde. A las seis, revisión trimestral con Finanzas. Nada que no pudiera moverse.

Llamó a Salcedo por el interfón.

—Pase la reunión de las seis al viernes.

—¿A qué hora el viernes, señor?

—A la que tengan libre.

—Sí, señor. —Una pausa mínima—. ¿Algo más?

—Voy por un café.

Salcedo no preguntó por qué el presidente del consejo iba a salir de la torre a la hora pico por un café, si había una máquina en el piso y una cafetería en el lobby. Tampoco preguntó a dónde.

—Coyoacán a esta hora, cuarenta minutos, señor.

Leonardo se quedó un momento con el dedo sobre el botón del interfón.

—Gracias, Salcedo.

A las 17:50 salió del estacionamiento de la torre. Manejó él. No quiso molestar a don Chema por un café.

En Reforma el tráfico estaba parado desde el Ángel. Leonardo se dijo, con el semáforo en rojo, que era Andrés el que le preocupaba. Veinte años de negocios con los Sepúlveda.

Si Sebastián le faltaba al respeto a la sobrina de Ernesto Uribe, el que iba a quedar mal era Andrés, y con Andrés, veinte años de confianza. Alguien tenía que ver cómo se comportaba el muchacho. Nada más.

Se lo dijo otra vez en Insurgentes. Y otra en Miguel Ángel de Quevedo, cuando dio vuelta hacia las calles empedradas y apagó el radio sin darse cuenta de que lo había prendido.

Se estacionó a media cuadra. Eran las 18:37. El café tenía una puerta de madera con un vidrio esmerilado y una campanita arriba.

Empujó la puerta.

La campanita sonó. Adentro olía a café tostado y a pan dulce, y en una mesa del fondo, junto a una ventana, reconoció la nuca de Sebastián Sepúlveda antes que su voz.

La voz llegó un segundo después, fuerte, lo bastante para que la oyera todo el café.

—¿Quién te crees, una santa?

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Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Genial, me gusto esa forma de decir me enamore.
🇻🇪Jennifer Rodríguez🇻🇪
Me encantó, sin mucho drama, con lo justo de conflictos y mucho amor, gracias 😊💝
Susana Freyre
muy entretenida y fluye cómoda la narrativa Yo me sumergi en la trama como si fuera uno de los personajes.gracias
🇻🇪Jennifer Rodríguez🇻🇪
Ya va a empezar a ocultarle cosas 🔥
🇻🇪Jennifer Rodríguez🇻🇪
Eso fue veloz 🔥
🇻🇪Jennifer Rodríguez🇻🇪
Me encanta la narrativa, y los personajes muy bien logrados, me gusta que la protagonista no se deje de nadie 🔥
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