El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?
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Capítulo 6
Capítulo 6. ¿Quién te dio permiso de entrar?
A la mañana siguiente, Elena se encontró con Adrián en la entrada de la empresa.
No sabía que él y los niños habían vuelto a México. Se detuvo al verlo.
Adrián también pareció sorprenderse, pero supuso que ella acababa de regresar de un viaje de trabajo. Pasó a su lado sin saludarla.
Antes, Elena se habría alegrado tanto que apenas habría podido disimularlo. Aunque él mantuviera las distancias, ella lo habría mirado con una sonrisa y le habría deseado buenos días.
Esta vez bajó los ojos.
Adrián ya se había alejado. No notó la diferencia.
Elena observó su espalda y se preguntó cuándo habría llegado. Ahora que estaba en México, quizá podrían empezar a resolver el divorcio.
No quiso seguir pensando en él. Fue a su escritorio y se concentró en el trabajo.
Media hora después, Javier llamó.
—Prepara dos cafés americanos, sin azúcar, y llévalos a la oficina del señor Valdés.
Cuando se enteró de que a Adrián le gustaba el café negro, Elena había pasado mucho tiempo aprendiendo a prepararlo exactamente como él lo pedía.
Logró que le gustara tanto que él empezó a pedir el suyo, tanto en casa como en la oficina.
Al principio, ella lo había tomado como una señal. Quizá fuera un primer paso para acercarse a él.
Pronto comprendió que solo le gustaba el café.
Su actitud hacia ella no cambió. Normalmente, Adrián le pedía a Javier que encargara las bebidas y después alguno de sus asistentes iba por ellas. Ni siquiera le daba a Elena ese pequeño pretexto para verlo.
Solo cuando los demás estaban ocupados podía llevarlas personalmente.
Ese día, Javier le había indicado que lo hiciera.
Elena acomodó las dos tazas en una bandeja y fue a la oficina.
La puerta estaba abierta.
Antes de tocar, vio a Marina sentada en las piernas de Adrián. Sus rostros estaban tan cerca que parecían estar besándose.
Elena se quedó inmóvil.
Las dos tazas seguían sobre la bandeja. Una era para su esposo. La otra, para Marina.
Marina la vio y se levantó de inmediato.
Adrián endureció la expresión.
—¿Quién te dio permiso de entrar?
Elena apretó la bandeja.
—Me pidieron que trajera el café...
—Ya basta, Elena.
Sergio Torres, otro de los asistentes de Adrián, apareció detrás de ella. Conocía la relación entre ambos.
—Esto que estás haciendo no te ayuda en nada.
No lo dijo claramente, pero Elena entendió la acusación. Pensaba que ella se había enterado de la visita de Marina y había usado el café como excusa para interrumpirlos.
Por la cara de Adrián, él pensaba lo mismo.
En otra época, quizá habría buscado una oportunidad parecida. Ahora ya había decidido divorciarse. No tenía ningún interés en interferir.
Elena intentó explicar que Javier le había pedido llevar el café. No alcanzó a terminar.
—Sal, por favor —ordenó Sergio.
Adrián no lo detuvo.
A Elena se le llenaron los ojos de lágrimas. Apretó los bordes de la bandeja, pero las manos le temblaban.
Una taza se movió. El café caliente se derramó sobre sus dedos.
Sintió la quemadura, pero no dijo nada. Dio media vuelta.
Había avanzado apenas unos pasos cuando Adrián añadió:
—Si vuelve a pasar, no tienes que regresar a esta empresa.
Ella ya había renunciado. En cuanto alguien pudiera asumir sus tareas, se marcharía.
Allí nadie se había molestado en saberlo.
Tampoco tenía sentido explicarlo ahora.
Se alejó con la bandeja. Antes de salir del pasillo, oyó la voz suave de Marina.
—Tranquilo, Adrián. Seguro que no lo hizo a propósito. No te enojes más.
Elena dejó la bandeja lejos de la vista de los demás. Tiró el café y abrió la llave.
El agua le pasó por los dedos enrojecidos. Todavía le ardían.
Nadie había salido de la oficina a preguntarle qué le había pasado.
Buscó en el bolso la pomada que siempre llevaba consigo.
Antes de casarse no sabía cocinar, hacer las tareas de la casa ni preparar café. Lo había aprendido todo por Adrián y por los niños.
Había invertido tiempo, paciencia y esfuerzo. Nadie veía lo que le había costado.
Llevar un pequeño botiquín en el bolso también era una costumbre de aquellos años. Con dos niños pequeños, siempre había alguna raspadura que atender.
Desde que se habían ido a Madrid, casi no lo había usado.
Por suerte, la pomada seguía en buen estado.
Terminó de cuidar la quemadura, respiró hondo y volvió a su escritorio.
Acababa de ordenar unos documentos cuando oyó a dos compañeras.
—¡Dicen que vino la novia del jefe!
—¿Tiene novia? ¿Quién es? ¿Es bonita?
—No sé mucho. En recepción dijeron que viene de una familia con muchísimo dinero. Y que es guapísima.
Al ver que Elena se levantaba, ambas recordaron que tenían una reunión.
—Vamos. Luego seguimos con el chisme.
Elena sabía de quién hablaban.
La novia del jefe.
Así llamaban a Marina mientras la esposa de Adrián trabajaba a su lado.
No hizo ningún comentario y entró con ellas al ascensor.
Cuando salieron, se encontraron con Marina y cuatro directivos. Los hombres caminaban a su alrededor, atentos a cualquier cosa que necesitara.
—Gracias por enseñarme la empresa —dijo ella con una sonrisa—. Espero no haberles quitado demasiado tiempo.
Llevaba ropa de diseñador y se movía con absoluta seguridad. Sus palabras eran amables, pero hablaba como si ya fuera la esposa del dueño y aquellos hombres trabajaran para ella.
—Con la relación que tiene con el señor Valdés, es un placer atenderla —respondió uno.
—Por supuesto —añadió otro.
Aunque Elena y sus compañeras se apartaron para dejarles paso, uno de los directivos frunció el ceño.
—¡Tengan más cuidado! ¿Y si chocan con la señorita Salazar? Parece que no saben comportarse.