"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
NovelToon tiene autorización de Mi Autoria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1: El peso de las cenizas
El olor a cerveza tibia y a encierro me golpeó la nariz apenas giré la llave en la cerradura. Ni siquiera tuve que asomarme a la sala para saber en qué estado estaba. El repiqueteo seco de una botella de vidrio contra la mesa ratonera y el volumen alto del televisor eran las señales inequívocas de que Antoni ya llevaba un buen rato instalado ahí.
Cerré la puerta con el cuidado milimétrico de quien teme despertar a una bestia dormida. Mis piernas pesaban como plomo; las suelas de mis zapatos gastados me dolían hasta los huesos después de caminar las últimas diez cuadras bajo el viento helado de la noche. Venía de hacer doble turno: primero cuidando a los niños de una vecina, y luego limpiando en un local comercial donde el amoniaco se me metía en la garganta hasta hacerme toser.
—Al fin apareces —la voz de Antoni cortó el aire como un latigazo. Ni se molestó en voltear a verme—. La televisión está insoportable y la heladera parece una morgue. No hay una puta lata de cerveza fría, y mi camisa azul del trabajo sigue colgada en el tendedero sin planchar. ¿Qué carajo hacés todo el día que nunca llegás a tiempo?
Tragué saliva, sintiendo la garganta reseca y áspera. Quise hablar, explicarle que el colectivo se había demorado, que mis manos temblaban de fatiga y que ni siquiera había probado bocado desde el mediodía. Pero las palabras se ahogaron en el fondo de mi pecho.
Con los años aprendí que discutir era un lujo estéril. Cada pelea terminaba igual: con sus gritos rebotando en las paredes húmedas de este departamento de mierda, con sus insultos recordándome que no era nadie, que sin él estaría viviendo debajo de un puente. Así que opté por el silencio. El silencio era mi trinchera. Hacer las cosas en silencio dolía menos que abrir la boca.
—Ya voy, Antoni. Perdón —murmuré, apenas un hilo de voz que apenas si se escuchó por encima del noticiero.
Dejé la mochila vieja en el suelo y me arrastré hacia la cocina a oscuras. Mis dedos rozaron la meseta fría. Vacía. No había pan, ni fideos, nada. Ni siquiera las migajas de lo que alguna vez llamamos hogar.
Mientras mis manos mecánicas comenzaban a calentar un poco de agua vieja en una olla manchada, mi mente, indómita y traicionera, se deslizó hacia atrás en el tiempo. Hacia ese abismo llamado pasado.
Tenía dieciocho años cuando Antoni me miró por primera vez con esa falsa sonrisa de protector. Yo creía que huir de casa con él era la gran aventura de mi vida, la puerta a la libertad. Qué ilusa fui. Al principio, en los tiempos de escasez absoluta donde pedíamos prestado a vecinos y familiares, al menos me miraba a los ojos. Me abrazaba cuando el frío se metía entre las sábanas rotas. Pero bastaron un par de años para que la pobreza mutara en un monstruo que nos devoraba por dentro. Cuando conseguí el trabajo de tutora privada —porque enseñar a los más pequeños era lo único que le daba un gramo de sentido a mi existencia vacía—, él me lo prohibió con una frialdad que me congeló el alma. «No nos alcanza para tus caprichos estúpidos, Katherine. Ubícate», me había dicho, arrojando mis libros de pedagogía al tacho de basura.
Esa noche, mientras escuchaba sus pasos pesados acercándose a la cocina, miré mi reflejo borroso en el vidrio sucio de la ventana. Tenía el cabello opaco, atado en un rodete desprolijo que ya ni disimulaba las horquillas rotas, y unas ojeras moradas que abarcaban la mitad de mi cara. Ya no quedaba nada de la chica alegre que terminó la secundaria con sueños de grandeza. Solo quedaba un fantasma que obedecía órdenes.
—¿Te vas a quedar ahí parada como una imbécil mirando a la nada, o vas a mover el culo? —espetó Antoni apareciendo en el umbral, cruzándose de brazos, con los ojos inyectados en alcohol y desprecio—. Te pregunté si hay algo para comer, carajo.
—Voy a prepararte algo rápido con lo que hay, Antoni —contesté con la vista fija en el suelo, conteniendo las ganas agrias de llorar.
Él bufó, pateó una silla con fastidio y se volvió a la sala.
Me pasé el dorso de la mano por los ojos, secando una lágrima solitaria que se atrevió a caer por la fatiga. No sabía cuánto más iba a poder soportar este cuerpo maltrecho y esta alma vacía. Lo que ignoraba, en medio de esa cocina sucia y con olor a tabaco viejo, es que el infierno en el que vivía apenas era una caricia comparado con lo que la vida estaba a punto de arrebatarme... y con el monstruo oscuro que, sin saberlo, terminaría cruzándose en mi camino.