Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Invierno En Italia. La Llegada.
Ella no sabía que en los pueblos donde nieva seis meses, la gente no se enamora. Se aman.
Isabella Del Prado, llegó a Montalcino en enero con una maleta roja, un manuscrito a medias y un abrigo que no servía para menos diez grados.
Tenía 26 años. Escritora. Muy bella, de esas bellezas que incomodan porque no piden permiso. Pelo negro rizado hasta la cintura, boca grande, ojos marrones que siempre parecían recién llorados aunque estuviera riendo. Había publicado una novela que nadie leyó y había terminado con un novio que le dijo: "Escribes como si quisieras que te castiguen".
Vino a Italia porque su editora le dijo: "Vete tres meses a perderte. Si no vuelves con una novela, no vuelvas".
Alquiló por carta la única casa disponible en invierno en Montalcino: Via della Fortezza 3. Una casa de piedra de 1700, con chimenea, sin calefacción, al borde del pueblo. Desde su ventana se veía solo una cosa: el viñedo infinito de Valero. Y al fondo, el castillo.
El primer día, el del pueblo, el panadero, le dijo:
—Señorita, no se acerque al viñedo Valero de noche.
—¿Por qué?
—Porque el dueño no deja que nadie pise su tierra.
—¿Y quién es el dueño?
El panadero bajó la voz, como si el nombre quemara.
—Pietro Valero.
Isabella lo anotó en su cuaderno, por curiosidad de escritora. Pietro Valero.
Esa noche, con menos ocho grados y sin leña, vio luz en el viñedo. Una luz amarilla, de una casa grande que no había visto de día porque la niebla la tapaba. La casa Valero.
Y vio a un hombre. Alto. Solo. De pie en medio de la nieve, mirando hacia su casa. Hacia Via della Fortezza 3. Mirando su ventana.
No se movía. Solo miraba.
Isabella sintió un escalofrío que no era frío. Se escondió detrás de la cortina. Cuando volvió a mirar, un minuto después, él ya no estaba. Pero en la nieve, frente a su puerta, había una botella de vino tinto. Sin nota. Con una etiqueta que decía _Brunello di Montalcino - Riserva Valero 1979 - Propiedad privada. No se vende._
La tomó. Estaba helada. La abrió con manos temblorosas. Tomó un sorbo. Era el mejor vino que había probado en su vida. Fuerte, oscuro, dulce y amargo a la vez.
Adictivo.
Al día siguiente bajó al pueblo a preguntar quién había dejado la botella. Nadie sabía. O nadie quería decirle.
Fue a la enoteca del centro.
—Busco a Pietro Valero — dijo —. Para agradecerle el vino.
El dueño de la enoteca, un hombre gordo de 70 años, se le quedó mirando como si hubiera dicho una mala palabra.
—Señorita, Pietro Valero no agradece. Pietro Valero cobra.
—¿Cobra qué?
—No lo sé. Pero todo lo que da, lo cobra. Es un hombre muy respetado. Dueño de media Toscana. Tiene 41 años, viudo. Su esposa murió en, se cayó de un caballo. Desde entonces no habla con nadie. Solo mira. Y cuando Pietro Valero te mira, señorita... — el viejo la miró de arriba a abajo —. Mejor que no te mire.
Isabella se rió, nerviosa.
—Ustedes los italianos son muy dramáticos.
El viejo no se rió.
—Usted es muy bella, señorita. Acá, en invierno, la belleza es un problema. Sobre todo para Valero. Él colecciona cosas bellas. Y no las suelta.
Esa noche Isabella no pudo escribir. Su manuscrito seguía en blanco. Solo podía pensar en la mirada que había sentido desde el viñedo.
A las once de la noche, tocaron su puerta. Tres golpes secos.
Abrió. No había nadie. Solo nieve. Y huellas grandes de hombre que se iban hacia el viñedo Valero.
Y en el escalón, otra botella. Del mismo vino. Con una nota ahora, escrita a mano, con letra fuerte, inclinada, en italiano:
_Non beva sola. - P.V._
_No beba sola._
Isabella agarró la nota. Le temblaba la mano. No de miedo. De algo más peligroso. De excitación.
Corrió a la ventana. Y ahí estaba otra vez. En medio de su viñedo nevado, con un abrigo negro largo, sin gorro, con la nieve cayéndole en el pelo oscuro. Pietro Valero.
Esta vez no se escondía. La estaba mirando fijo.
Tenía esa mirada inquietante de la que todos hablaban. Una mirada que no pedía permiso. Que desnudaba. Que decía: _te vi primero y ahora eres mía._
Isabella no cerró la cortina. Se quedó ahí, con la nota en la mano, con el vino en la otra, mirándolo también.
Afuera, menos diez grados. Adentro, empezó a hacer calor.
Y entendió, por primera vez en 26 años, qué era un amor peligroso y adicto. Uno del que no se vuelve.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭