Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 11: Un despertar diferente
Jonás.
Más tarde, la atraje hacia mi pecho y la cubrí con las sábanas. Oriana se acomodó entre mis brazos, apoyando la cabeza sobre mi pecho mientras mis dedos acariciaban lentamente su cabello. Después de aquella noche, tenerla tan cerca me producía una sensación de felicidad que difícilmente podía explicar.
—¿En qué piensas? —pregunté, besando su frente.
—En que ahora sí soy tu esposa —respondió con una sonrisa.
Solté una pequeña risa.
—¿Todavía tenías dudas?
Levantó la cabeza para mirarme.
—Ninguna. Aunque todavía me cuesta creerlo.
—Pues tendrás que acostumbrarte, porque pienso despertarme a tu lado todos los días.
—Eso espero, esposo.
Sonreí al escucharla.
—Me gusta cómo suena cuando lo dices.
—¿Y si mañana te arrepientes de haberte casado conmigo?
La miré fingiendo indignación.
—Ni siquiera bromees con eso, pelirroja.
Ella rio y volvió a esconder el rostro contra mi pecho. La abracé con más fuerza, disfrutando de aquella tranquilidad que solo encontraba cuando estaba con ella.
La besé una vez más, agradeciendo en silencio tenerla conmigo.
—En unas semanas debemos irnos, pelirroja —murmuré mientras acariciaba su espalda.
Su sonrisa se desvaneció ligeramente.
—Lo sé. Mañana comenzaré a empacar mis cosas. No quiero dejar todo para el último momento.
—No tienes que preocuparte por eso ahora. Todavía tenemos tiempo.
—Es extraño pensar que pronto estaré viviendo en otro país.
—No estarás sola. Me tendrás a mí.
Oriana levantó la mirada y me regaló una sonrisa.
—Eso es lo que me tranquiliza.
Besé la punta de su nariz.
—Ahora duerme. Ha sido un día largo y necesitas descansar.
Sin embargo, ella negó suavemente y me miró con una sonrisa traviesa.
—No tengo sueño.
—¿Ah, no?
Se acercó hasta rozar mis labios con los suyos.
—Quiero más de ti.
Solté una pequeña carcajada, divertido por su atrevimiento.
—¿No estás adolorida?
—No —respondió, rodeándome el cuello con los brazos—. Acabo de descubrir que me gusta demasiado que estés dentro de mí.
La miré con ternura mientras apartaba delicadamente un mechón de cabello de su rostro.
—Eres una tentación, pelirroja.
—Y soy tu esposa. Puedes acostumbrarte.
Sonreí, acercándome un poco más a ella.
—Créeme, pienso hacerlo.
Volví a besarla, esta vez sin prisas, disfrutando de la suavidad de sus labios. Sus brazos se estrecharon alrededor de mi cuello y no pude evitar sonreír contra su boca. Había algo increíblemente especial en tenerla así, entre mis brazos, tan cerca de mí y sin querer estar en ningún otro lugar.
La atraje un poco más hacia mi pecho y volvimos a perdernos, disfrutando de aquella intimidad que ahora nos pertenecía.
Aquella noche todavía era nuestra. Y aunque pronto comenzaríamos una vida completamente diferente, con nuevos desafíos y responsabilidades, en ese momento no quería pensar en nada de eso.
Solo quería disfrutar de mi esposa un poco más.
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Oriana.
Desperté cuando los primeros rayos del sol comenzaron a entrar por las ventanas. Me giré sobre la cama y encontré a Jonás profundamente dormido. Tenía un brazo extendido sobre mi lado de la cama, como si incluso mientras dormía quisiera asegurarse de que seguía a su lado.
Sonreí al recordar que ahora era mi esposo.
Con cuidado, aparté su brazo y salí de la cama. Me puse su camisa, que había quedado sobre el suelo la noche anterior, y caminé hasta la cocina.
Decidí preparar el desayuno. No sabía si Jonás acostumbraba desayunar temprano, pero quería sorprenderlo con algo preparado por mí.
Mientras organizaba los ingredientes sobre la encimera, escuché unos pasos detrás de mí. No les presté demasiada atención hasta que sentí unos labios depositando pequeños besos en mi cuello.
Di un pequeño respingo y sonreí.
—Buenos días —murmuré.
—Buenos días, esposa.
...****************...
Jonás.
Había despertado y, al no encontrarla a mi lado, me levanté para buscarla. No tardé en encontrarla en la cocina.
Me quedé unos segundos contemplándola. Llevaba puesta mi camisa, con el cabello ligeramente despeinado y los pies descalzos. Aquella imagen me pareció mucho más tentadora de lo que ella podía imaginar.
Me acerqué por detrás y besé su cuello.
—Te ves muy sexy con esa camisa —susurré contra su piel.
Oriana giró ligeramente el rostro.
—No tengo nada debajo.
Me detuve un instante y después sonreí.
—¿Qué?
Ella se volvió hacia mí con una expresión divertida.
—Lo que escuchaste.
La miré de arriba abajo y solté una pequeña carcajada.
—Qué atrevida eres, pelirroja.
—¿No te gusta?
—Me encanta. Demasiado, diría yo.
La tomé suavemente por la cintura y la acerqué a mí. Ella dejó lo que estaba haciendo y rodeó mi cuello con sus brazos.
—¿Y el desayuno? —preguntó, intentando parecer seria.
—Puede esperar.
—Jonás...
—¿Qué? Apenas estamos comenzando el día.
La besé y ella respondió rodeándome con más fuerza. Después la giré cuidadosamente hacia mí y la senté sobre la encimera, procurando que estuviera cómoda.
—Creo que mi esposa está intentando distraerme —murmuré.
—Yo estaba preparando el desayuno.
—Y yo estaba intentando darte los buenos días.
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Oriana.
Me reí contra sus labios.
—Tienes una manera muy particular de saludar.
—Puedo demostrarte que también sé ser cariñoso.
Me besó nuevamente, esta vez con más calma. Sus manos descansaron en mi cintura mientras yo acariciaba su cabello. La cocina dejó de importarme por completo.
—¿Estás segura de que quieres seguir? —preguntó, mirándome a los ojos.
Sonreí y asentí.
—Sí, no te detengas.
Aquella respuesta fue suficiente para que volviera a besarme.
Nos dejamos llevar por el deseo y la complicidad, sin apresurarnos. Jonás se aseguró de que estuviéramos cómodos y de que siguiéramos cuidándonos. Entre besos, caricias y risas discretas, terminamos olvidándonos por completo del desayuno.
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Jonás.
Después, apoyé mi frente contra la de ella y sonreí.
—Creo que se nos quemó el desayuno.
Oriana soltó una carcajada.
—¡Jonás! ¡Te dije que estaba preparándolo!
—Y yo te dije que podía esperar.
Le di un beso en los labios y la ayudé a bajar de la encimera.
Ella negó con la cabeza, sonriendo, y me dio un pequeño golpe en el pecho.
La abracé por la cintura y besé su frente.
Tenía muchas responsabilidades esperándome al regresar a casa, pero aquella mañana no quería pensar en ninguna de ellas.
Solo quería disfrutar de mi esposa y de nuestra nueva vida juntos.