Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
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Capítulo 21
Ayla subió antes de que el sol tocara las cúpulas.
Yusuf la esperaba en la puerta de atrás, más serio que de costumbre. No dijo nada. Solo asintió y caminó detrás de ella. El pasillo de los médicos estaba vacío. El eunuco anciano dormitaba en su banquito. Nadie los detuvo.
Kael ya estaba despierto. Sentado en la silla de ruedas, junto a la ventana. Vestía una túnica oscura más formal. La manta le cubría las piernas, pero tenía el cabello peinado hacia atrás y la barba arreglada. Parecía cansado. Parecía listo.
—Deja la bandeja y siéntate ahí —dijo, señalando el rincón más alejado de la habitación, junto a un biombo medio abierto—. No te muevas. No escribas. No hagas nada. Solo escucha.
Ayla obedeció. Se sentó en el banquito bajo. Desde ahí veía la puerta y una parte de la cama. Yusuf se quedó fuera.
No tuvieron que esperar mucho.
Los pasos se oyeron primero. Varios. Seguros. Después la puerta se abrió sin llamar. Zahir entró primero. Detrás venían el visir Hamid, dos miembros del consejo y un escriba con un rollo de pergamino bajo el brazo. Todos vestían de formal. Todos olían a poder.
Zahir sonrió al ver a su padre.
—Buenos días. Traemos el decreto. Hoy se cumplen los diez días.
Kael no sonrió.
—Lo sé.
Hamid dio un paso adelante y desenrolló el pergamino.
—Si Su Majestad no puede firmar en persona, el príncipe heredero asume el mando temporal del ejército según la ley de emergencia. Solo necesitamos su marca o su declaración de incapacidad.
Kael miró el documento. Después miró a su hijo.
—Acérquenlo.
El escriba se acercó. Kael tomó la pluma con la mano derecha. Le temblaba. La sostuvo un segundo sobre el papel. Después la dejó a un lado.
—No firmo.
Zahir no perdió la sonrisa.
—Entonces declaramos la incapacidad. Es el procedimiento.
—No. —La voz de Kael salió más firme de lo que su cuerpo parecía permitir—. Estoy aquí. Hablo. Pienso. El dolor no me quita el juicio. Si quieren el ejército, tendrían que matarme primero.
Hubo un silencio corto y denso. Hamid intercambió una mirada con Zahir. El príncipe dio un paso más cerca de la silla.
—Padre. Estás enfermo. Las piernas no responden. Las manos te tiemblan. El consejo solo quiere proteger el imperio.
—El consejo quiere mi sello. Tú quieres mi trono. —Kael sostuvo la mirada de su hijo—. No lo van a tener hoy.
Zahir bajó la voz, pero todos lo oyeron.
—Esto no termina aquí. Mañana volveremos. Y pasado. Hasta que firmes o te declares incapaz.
—Y yo seguiré aquí —contestó Kael—. Vivo. Hablando. Negando.
Zahir miró alrededor de la habitación por primera vez. Sus ojos se detuvieron un segundo en el biombo. En la sombra donde estaba Ayla. No dijo nada. Solo sonrió otra vez, esa sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Como digas, padre. —Hizo una leve inclinación—. Descansa.
Salieron. La puerta se cerró. El silencio que quedó pesaba más que antes.
Kael dejó salir el aire despacio. Ayla se levantó y se acercó. Él la miró.
—¿Lo oíste todo?
Ella asintió.
—Bien. —Se pasó una mano por la cara—. Hoy ganamos tiempo. No la guerra.
Ayla tomó el carbón y escribió en el borde del tablero:
**Mañana otra vez.**
Kael leyó. Asintió.
—Mañana otra vez. Y el día siguiente. Hasta que se cansen o hasta que yo pueda levantarme.
La miró un momento más. Después señaló la silla junto a la ventana.
—Siéntate. Quédate un rato. Hoy no quiero estar solo.
Ayla se sentó. El sol empezaba a entrar. El polvo flotaba en la luz. Afuera se oían pasos alejándose. Dentro, solo la respiración de los dos.
Zahir había perdido la primera escaramuza.
Pero no se iba a rendir.
Y ella seguía ahí.
Callada.
En medio.