«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 22
El choque fue tan hondo que sentí la sacudida en la garganta.
El dolor inicial se fundió casi al instante en una ola espesa de fuego líquido. Li Yan no se movió de inmediato; se quedó clavado dentro de mí, respirando con bocanadas cortas y pesadas que me quemaban el pecho desnudo. Tenía los brazos como barras de bronce plantados a ambos lados de mi cabeza, los músculos de la espalda tensos como cuerdas a punto de estallar y las venas marcadas en el cuello por el esfuerzo de contenerse.
Pero contenerse con él era una mentira.
Bajó la mirada hacia donde nuestros cuerpos se unían. La fina túnica de lana que llevaba se había abierto por completo; mis pechos, redondos, pesados y turgentes, subían y bajaban con violencia, rozándole el torso empapado de sudor con cada jadeo que se me escapaba.
Li Yan tragó saliva con dificultad. Había una demencia oscura, salvaje, devorándole las pupilas. Este hombre gobernaba a millones con un solo gesto de la mano, pero en esta cama parecía un cautivo a merced de cada curva de mi piel.
—Maldita sea... —gruñó con la voz rota, rasposa, como si le faltara el aire—. No eres una artesana, Lian. Eres un veneno hecho para volverme loco.
Estiró una mano áspera, encallecida por las batallas, y me cubrió el pecho izquierdo con los dedos abiertos. Apenas alcanzaba a abarcar la carne suave; apretó con una fuerza posesiva que me arrancó un grito quebrado contra las colgaduras de seda. El contraste de su piel tostada y curtida contra la blancura redonda de mi cuerpo era obsceno, pero el ardor que me encendió en el vientre me nubló cualquier intento de protesta.
—Li Yan... por favor... —gemí, sin saber si le rogaba que se detuviera o que terminara de consumirme.
—Mírame —ordenó él con una aspereza desesperada, amasando mi pecho con una cadencia pesada mientras su otra mano bajaba con lentitud calculadora, resbalando por mi cintura estrecha hasta aferrarse con violencia a la curva de mi trasero.
Me levantó las caderas apenas unos centímetros, enterrándose aún más profundo en mi carne con un gruñido gutural. La forma en que sus dedos se hundieron en la firmeza redonda de mis glúteos me hizo arquear la espalda del colchón; la fricción interna me arrancó un sollozo ahogado que rebotó en los paneles de ébano.
—Nadie en este mundo... nadie jamás va a ponerte una mano encima —susurró él, y su boca cayó como una tormenta sobre el nacimiento de mi garganta, mordiéndome la carne con la urgencia de un animal hambriento—. Eres mía. Cada curva de este cuerpo me pertenece a mí.
Y entonces, empezó a embestir.
No fue lento. No hubo delicadeza de corte ni paciencia imperial. Li Yan me tomó con la misma ferocidad con la que había quebrado a la caballería enemiga en el desfiladero, hundiéndose una y otra vez con una fuerza bruta que hacía crujir las maderas del lecho imperial. Mis pechos se agitaban sin control bajo su peso, chocando contra su pecho ancho y caliente; mis caderas, atrapadas por sus manos de hierro, no tenían escape ante cada golpe firme y despiadado.
El placer me desgarraba por dentro. Intenté empujarlo, intenté recordar que afuera aún olía a ceniza y sangre de guerra, pero mis manos no supieron rechazarlo: se aferraron a sus brazos duros, arañando la piel de sus hombros mientras mis piernas se cerraban alrededor de su cintura para apretarlo más adentro.
—Eso es... agárrame, Lian —rugió él contra mi oreja, embistiendo con un ritmo más rápido, más hondo, perdiendo el control a cada segundo—. No me sueltes.
El sudor nos bañaba a los dos. El olor a sexo, a sándalo y a piel caliente llenó el dosel rojo. Sentí cómo el calor en mi bajo vientre se tensaba como una cuerda al límite, quemándome las entrañas con una intensidad tan abrumadora que empecé a temblar de pies a cabeza.
—¡Li Yan! —grité su nombre sin filtros, sin títulos, entregándole la poca cordura que me quedaba.
Li Yan dio una última estocada feroz, levantándome las caderas casi en el aire mientras se enterraba hasta el fondo absoluto de mi cuerpo. El espasmo me devoró en el acto: una marea líquida y ardiente me sacudió las caderas, apretándolo en ondas tan violentas que él soltó un rugido ahogado contra el colchón, echando la cabeza hacia atrás mientras los tendones de su cuello se tensaban como hierro.
Se derramó dentro de mí con una sacudida profunda, prolongada, enterrando el rostro entre mis pechos agitados mientras sus brazos temblaban por la intensidad de la entrega.
Nos quedamos así durante largos minutos, colapsados sobre la seda empapada. El silencio de la recámara solo estaba roto por nuestras respiraciones desbocadas y el crujido lento de los carbones en los braseros.
Li Yan no se apartó. Su peso era asfixiante, pero se sentía necesario, como un ancla en medio de la tormenta. Tenía la cara hundida en mi cuello, respirando hondo contra mi piel, y sus manos aún descansaban con posesividad sobre mis caderas desnudas.
Levantó la cabeza despacio, mirándome con unos ojos oscuros que habían perdido toda frialdad. Había una devoción salvaje en su mirada, una fascinación desquiciada que lo dejaba completamente al descubierto.
—Mañana —susurró con la voz enronquecida, acariciando la curva de mi pecho con el pulgar—, los ministros traerán los vestidos ceremoniales de la corte. No me importa cuántos clanes se opongan. La corona de la Emperatriz llevará el jade que tus propias manos tallaron.
Tragué saliva, sintiendo el latido constante de su cuerpo contra el mío. El tirano más temido del imperio estaba rendido sobre mi pecho, consumido por un fuego del que ya ninguno de los dos quería escapar.