El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22: Seda quemada y despedidas de terciopelo
El Salón de Honor no aplaudió de inmediato. El silencio que recibió a Camila en la pasarela fue tan absoluto que el crujido de la crin vegetal y el roce de la seda calcinada contra sus piernas resonó como hojas secas quebrándose bajo una bota.
Nadie respiraba.
Frente a la primera fila, la falda deconstruida se abría con una violencia poética. Cada paso de la modelo revelaba la estructura desnuda de la sastrería: las costuras de crin expuestas como costillas de hierro, los paneles de lana ceniza cayendo en ángulos filosos y los jirones de seda negra y cobre flotando como humo solidificado. No era un vestido para complacer; era un monumento a la supervivencia. La modelo no sonreía: sostenía la mirada en el horizonte con la fiereza de quien acaba de cruzar un bombardeo sin pedir clemencia.
Cuando Camila llegó al final de la tarima, se detuvo bajo el foco cenital blanco. Hizo una pausa de tres segundos enteros, giró sobre sus talones y la falda estalló en un remolino oscuro que despidió un tenue e inconfundible aroma a lana tostada al fuego.
El hechizo se rompió con un alarido solitario en el foso de fotógrafos, seguido por el estallido unánime de mil doscientas personas poniéndose de pie al mismo tiempo.
El Palacio San Martín tembló. Los críticos franceses e italianos aplaudían con las manos en alto, los editores arrojaban sus cuadernos sobre las butacas y los compradores de Nueva York hacían señas desesperadas a sus asistentes. No era un éxito de temporada: era el nacimiento de un lenguaje nuevo.
Entre bastidores, Bianca Ferrero contemplaba la escena pegada a la pantalla de transmisión, con las manos crispadas sobre su cartera de diseño y la boca entreabierta en una mueca de incredulidad descompuesta.
Había esperado ver jirones humeantes, la vergüenza de un taller amateur expulsado por desprolijidad y la caída definitiva del hombre que se había atrevido a rechazarla. En su lugar, el público internacional aclamaba la prenda como la vanguardia absoluta de la Bienal.
Al ver a Caleb y Victoria acercarse por el corredor para el saludo reglamentario, Bianca se interpuso en el camino con los ojos encendidos en una llamarada de cólera venenosa.
—¡Esto es una farsa grotesca! —siseó Bianca, cerrándoles el paso con el mentón tembloroso por la furia—. ¡Eso no es alta costura! ¡Es un trapo quemado con olor a cloaca! ¡Subieron a la pasarela una porquería chamuscada para burlarse de la Bienal!
Caleb se detuvo a medio metro de ella. Sus dedos vendados estaban cubiertos de sangre seca y en su rostro había tizne de carbón, pero sus ojos dorados la miraron desde una altura inalcanzable, con una frialdad tan desprovista de emoción que a Bianca se le heló la queja en la garganta.
—Ese «trapo quemado», Bianca, acaba de poner de pie a los tres directores editoriales más importantes de Europa —dijo Caleb. Su voz era un susurro metálico, pausado, letal—. El vestido que tú y Beltrán intentaron destruir con ácido solvente acaba de sepultar los últimos treinta años de tu agencia.
—¡Caleb, soy tu musa! —estalló ella, perdiendo el control, estirando una mano enguantada para aferrarse a su brazo con una desesperación patética—. ¡Tú me creaste en Milán! ¡No puedes dejar que esta costurera de provincia te arrastre al fango! ¡La prensa de afuera me está esperando a mí!
—Nadie te está esperando, Bianca —intervino Victoria, dando un paso al frente.
Victoria no alzó la voz. Se plantó frente a la supermodelo con la cinta métrica al cuello, las manos en los bolsillos de su pantalón de lino y una tranquilidad demoledora.
—Te pasaste diez años creyendo que la moda eras tú porque te prestaban vestidos que no sabías cómo se sostenían —dijo Victoria, recorriendo el traje blanco impoluto de Bianca con una mirada quirúrgica—. Pero eres solo un perchero caro, Bianca. Te escondiste detrás de los balances de Beltrán y de los contratos de exclusividad para pisar cabezas, pero nunca en tu vida sentiste el peso de una puntada hecha con las manos rotas.
En ese momento, las puertas batientes del lateral del escenario se abrieron de par en par.
Una marea de periodistas extranjeros, cronistas de televisión y fotógrafos irrumpió en el corredor buscando a los creadores de la cápsula. Bianca, por puro reflejo pavloviano, compuso de inmediato su sonrisa ensayada de portada de revista, ladeó la cabeza y dio medio paso hacia las cámaras, esperando los micrófonos que siempre habían sido suyos.
El primer cronista de la televisión italiana pasó de largo a su lado, empujándole sin querer el hombro con la cámara al hombro.
—¡Scusi, signorina! —soltó el camarógrafo sin mirarla, abriéndose paso a los codazos—. ¡Signor Rinaldi! ¡Madame Solís! ¡Una foto para Milán, per favore!
Los flashes estallaron en una ráfaga enceguecedora, envolviendo a Caleb y Victoria en una muralla de luz blanca. Los micrófonos se amontonaron frente a ellos; las preguntas llovían en francés, inglés e italiano.
Bianca Ferrero quedó relegada contra la pared empapelada en seda, arrinconada, ignorada por completo por los mismos editores que ayer le besaban la mano. La sombra del foso de prensa la tragó viva. Se ajustó las gafas oscuras con dedos trémulos para ocultar las lágrimas de una humillación irreversible y se deslizó hacia la salida de emergencia de la calle Basavilbaso como un fantasma del que nadie se acordaba.
Media hora después, el frenesí de la prensa se trasladó al Salón Dorado para el cóctel previo a la deliberación final del jurado.
Victoria aprovechó un respiro entre las entrevistas para apartarse del tumulto. Necesitaba aire fresco. Caminó por la galería de arcadas que daba a los jardines interiores del palacio, donde la brisa nocturna soplaba limpia tras la tormenta. Se apoyó contra la balaustrada de piedra, cerrando los ojos para escuchar el murmullo de las fuentes de agua.
—Sabía que te encontraría lejos del ruido —dijo una voz suave y profunda a sus espaldas.
Victoria abrió los ojos y sonrió despacio.
Julián Larrea estaba apoyado contra una de las columnas de mármol, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón oscuro y el abrigo cruzado sobre el brazo. Su figura conservaba esa distinción serena y noble que jamás desentonaba en ningún palacio, pero en su mirada gris había una sombra de despedida que no intentó disimular.
—Julián —saludó ella, girándose a medias—. No te vi en el brindis.
—No pertenezco a ese circo de vanidades, Victoria —respondió él, acercándose con pasos tranquilos hasta detenerse junto a ella en la baranda—. Además, el escenario era de ustedes. Fue... descomunal. Nunca en mi vida vi a una sala entera levantarse de esa manera. Ni siquiera en las bienales de Venecia.
Victoria bajó la vista hacia sus propias manos, todavía manchadas de grafito y tizne.
—No habría llegado a esa tarima sin tu blindado, Julián. Ni sin tu apoyo en estos años. Te debo mucho más de lo que puedo pagar con palabras.
Julián soltó una risa breve, melancólica, y negó con la cabeza.
—No me debes absolutamente nada, Victoria. Cada peso que invertí en tu taller fue por admiración pura a tu talento... y por algo más que los dos sabemos, aunque nunca le hayamos puesto nombre en voz alta.
El silencio entre ambos fue tibio, cargado de un respeto inmenso. Victoria sintió una punzada de ternura y culpa en el pecho. Julián le había ofrecido un puerto seguro, un amor generoso y sin condiciones cuando ella no era más que una náufraga cosiendo a pedal para no hundirse.
—Julián, yo...
—No digas nada —la interrumpió él con delicadeza, dando un paso más cerca y tomando la mano derecha de Victoria entre las suyas. Sus dedos eran suaves, cálidos, el contacto de un caballero que sabía cuándo retirarse con honor—. Te vi esta tarde en el taller cuando entró la policía. Te vi correr bajo la lluvia torrencial, con el vestido arruinado y los ojos encendidos, dispuesta a matar a golpes a quien tocara esa puerta. Y después los vi trabajar juntos en ese camerino sobre las cenizas.
Julián clavó sus ojos grises en los de ella, con una honestidad desarmante.
—Yo podía darte un palacio, Victoria. Podía financiarte diez colecciones sin que tuvieras que lidiar con un solo balance, protegerte de tipos como Beltrán y darte una vida en paz. Pero la paz no es lo que tú necesitas para respirar. Tú necesitas el fuego. Y ese fuego solo te lo enciende él.
Una lágrima solitaria se le escapó a Victoria por la mejilla. No intentó apartar la mano.
—Fuiste el hombre más noble que conocí en esta ciudad, Julián. Siempre vas a tener un lugar en mi vida.
Julián sonrió con tristeza y le acarició los nudillos con el pulgar antes de soltarla suavemente.
—Lo sé. Pero me conformo con ser tu mecenas desde lejos y el amigo que te compre el primer tapado de la nueva temporada —dijo él, acomodándose el abrigo con esa compostura intachable que jamás lo abandonaba—. Cuídate, Victoria. Y no dejes que ese salvaje te rompa el corazón de nuevo. Porque la próxima vez, voy a tener que cruzar la ciudad para retarlo a duelo como en el siglo diecinueve.
Victoria soltó una carcajada entre lágrimas y asintió.
—Te lo prometo.
Julián hizo una leve reverencia con la cabeza, le dedicó una última mirada cargada de un cariño limpio y definitivo, y se marchó por la galería con el paso firme y tranquilo de quien sabe retirarse a tiempo para que la historia sea perfecta.
Victoria se quedó sola unos segundos, respirando el aire frío de la noche, sintiendo que el último nudo ciego de su pasado acababa de desatarse con dignidad.
—Tiene buen estilo para despedirse —dijo una voz áspera a la sombra de los arcos.
Caleb salió de la penumbra. Se había quitado el saco del esmoquin y llevaba la corbata desatada sobre el cuello abierto de la camisa blanca. La mano vendada descansaba en el bolsillo del pantalón y en sus labios se dibujaba esa media sonrisa insolente, pero sus ojos ámbar brillaban con una vulnerabilidad que no dejaba lugar a dudas: había estado esperando a que Julián se fuera con el corazón en un puño.
Victoria se secó la mejilla y cruzó los brazos, mirándolo de arriba abajo.
—Estabas espiando, Rinaldi.
—Estaba cuidando mis activos —replicó él, acortando la distancia con zancadas lentas hasta quedar a centímetros de su rostro—. Y asegurándome de que Larrea no te convenciera de mudarte a una mansión antes de que me entreguen la Medalla de Oro.
—Julián tiene diez veces más modales que tú —dijo ella, levantando el mentón.
—Probablemente —admitió Caleb en un susurro ronco, rodeándole la cintura con el brazo sano y pegándola a su cuerpo sin pedir permiso—. Pero él no sabe cómo se te eriza la piel cuando te paso la tiza por la espalda. Ni pasó diez años soñando con sacarte los alfileres de la boca.
Victoria apoyó las manos en su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra sus palmas.
—Eres incorregible, Caleb.
—Soy tuyo, Vic. En las buenas, en las malas y en la pasarela.
Antes de que pudiera besarla, los altavoces exteriores del palacio retumbaron con la marcha oficial de la Bienal, haciendo volar a las palomas de la cornisa:
—Señoras y señores: el jurado internacional ha emitido su veredicto final. Convocamos a todos los presentes al Salón de Honor para la proclamación de la Medalla de Oro.
Caleb y Victoria se miraron. La hora del juicio final había llegado. Con una sonrisa cómplice y los dedos entrelazados con fuerza, caminaron juntos hacia la luz del gran salón.