Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.
Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.
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CAPÍTULO 14: El juego de las sombras
El despacho de Alexander Vance se encontraba sumido en una penumbra artificial, apenas iluminado por el parpadeo constante de los monitores de seguridad que reflejaban las cotizaciones bursátiles y las alertas de los servidores corporativos. El ambiente olía a cuero antiguo, whisky caro y al frío metálico del aire acondicionado ajustado al límite. Sentado en su imponente sillón de respaldo alto, con los dedos entrelazados frente a los labios, Alexander observaba sin pestañear las imágenes en alta definición de la cámara oculta instalada en el pasillo principal de la torre. En el reflejo azulado de las pantallas, su rostro parecía esculpido en granito.
El sonido estridente del teléfono privado sobre la pulida superficie de caoba rompió el silencio hermético de la oficina. No contestó de inmediato. Dejó que el tono se repitiera tres veces exactas, disfrutando del ritmo mecánico del peligro, antes de descolgar el auricular con una parsimonia glacial.
—Habla Vance —dijo, y su voz, grave y rasposa, sonó como un filo de acero raspando contra el hielo.
—Las cuentas en las Islas Caimán han sido congeladas por completo, señor —informó Glover desde el otro lado de la línea, con la respiración ligeramente agitada y el ruido de fondo de un motor encendido—. La junta directiva convocó a una sesión de emergencia para esta medianoche. Victoria Sterling está movilizando a los accionistas minoritarios para revocar su poder ejecutivo bajo el argumento de inestabilidad financiera y malversación.
Alexander no pestañeó. En su lugar, esbozó una sonrisa desprovista de toda calidez. Una mueca oscura y peligrosa que no hacía más que anticipar la devastación que estaba a punto de desatar.
—Que lo intenten, Glover. Victoria cree que al bloquear mis fondos corporativos me ha dejado sin piezas en el tablero, pero su miopía es patética. Ignora que el verdadero juego nunca estuvo en las cuentas bancarias ni en los libros contables —respondió Alexander con una calma calculadora que helaría la sangre de cualquiera en su posición—. ¿Qué hay de la chica? ¿La ubicación está asegurada?
—La señorita Marín está bajo vigilancia estricta en el perímetro del complejo universitario. Dos de nuestros hombres mejores calificados no le quitan la vista de encima. Nadie se le acercará sin que lo sepamos antes de que dé el primer paso —aseguró el jefe de seguridad con firmeza.
—Bien. Mantén los ojos abiertos y no me falles —sentenció Alexander, bajando el tono a un murmullo letal—. Si alguien intenta rozarle un solo cabello, quiero saber su nombre, su historia y su dirección antes de que su cuerpo toque el suelo.
Alexander colgó con un golpe seco que resonó en el amplio espacio. Se puso de pie desabrochándose el saco a medida y caminó hacia los majestuosos ventanales de piso a techo. La inmensidad de la metrópoli se extendía a sus pies como un imperio de hormigón, cristal y mentiras entrelazadas. Sabía perfectamente que el cerco judicial y corporativo se estrechaba implacable alrededor de su cuello. El expediente por la misteriosa desaparición de Julian seguía abierto y acumulando polvo en los escritorios de la fiscalía, y los viejos enemigos de su dinastía acechaban entre las sombras de Wall Street, esperando ansiosos el menor síntoma de debilidad para devorarlo vivo.
Pero la presión del poder perdiéndose no significaba nada en comparación con la obsesión febril que le devoraba las entrañas. Cerró los ojos por un instante y la imagen de Elena irrumpió en su mente con una nitidez abrumadora. Recordó la textura suave y tibia de su piel bajo sus manos, el temblor casi imperceptible de su voz cuando intentó desafiarlo en mitad del aula Magna, y la desgarradora elegancia con la que su cuerpo terminaba rindiéndose a la fuerza de su dominio en la oscuridad de su estudio privado. Ella era su ancla al mundo real y, al mismo tiempo, el abismo al que deseaba arrastrarse voluntariamente.
—Traten de quitarme lo único que me pertenece —susurró para sí mismo en la penumbra de la torre, mientras sus dedos apretaban el borde del cristal del ventanal hasta que sus nudillos se tornaron dolorosamente blancos—. Inténtenlo... y les enseñaré lo que es la verdadera ruina.