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Muestra Equivocada : Destino Perfecto

Muestra Equivocada : Destino Perfecto

Status: Terminada
Genre:Romance / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:10.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: El Escáner Genético

A las siete y cuarto de la tarde, la definición de «control absoluto» de Valeria Sterling se reducía a un hilo dental a punto de romperse.

El plan original era intachable: los trillizos saldrían a las cinco de su recital temático escolar —donde la academia, con un sentido del humor macabro, los había elegido para interpretar querubines celestiales—; la institutriz los llevaría al ático, cenarían crema de verduras y dormirían a las ocho. Mientras tanto, Valeria luciría un vestido de seda esmeralda con la espalda al descubierto en la gala del Museo Metropolitano, arrinconaría a Bastian Thorne entre dos estatuas egipcias y conseguiría su firma en el contrato.

El destino, sin embargo, prefirió prenderle fuego al itinerario.

A las seis y diez, la institutriz resbaló en el hielo del garaje y terminó en la sala de urgencias del hospital presbiteriano con un tobillo fracturado. Sin un solo pariente confiable a mano —sus hermanos ya estaban en la gala bebiendo champaña gratis—, Valeria no tuvo más remedio que evacuar a los tres pequeños ángeles de su colegio y recluirlos provisionalmente en la suite ejecutiva de su propia torre, un piso por encima del salón privado donde se celebraba la recepción previa a la gala.

—Veinte minutos —dijo Valeria, ajustándose el pendiente de esmeralda frente al espejo biselado del despacho mientras sostenía una caja de jugo de manzana con la otra mano—. Mi asistente de reemplazo llega en exactamente veinte minutos. Si tocan el teclado de la terminal financiera, si queman las cortinas con esa varita dorada o si alguno se come una pluma de sus alas, cancelo la Navidad. Y hablo muy en serio.

—Técnicamente, la Navidad es una festividad culturalmente arraigada que no puedes abolir unilateralmente por decreto materno —argumentó Lucas. Estaba sentado en un sofá de cuero italiano de diez mil dólares con sus alitas de cartón aplastadas contra el respaldo, sus gafas redondas sobre la nariz y una tableta abierta donde examinaba un gráfico de barras.

—Pruébame, Lucas —le advirtió ella con los ojos entrecerrados.

—Mi arpa tiene un defecto de diseño estructural —se quejó Mateo desde la alfombra persa, utilizando el instrumento de madera dorada como si fuera una ballesta medieval para dispararle clips de oficina a la papelera—. Si viene un dragón a la oficina, esta cosa no tiene potencia de fuego.

—No hay dragones en Midtown, Mateo. Solo banqueros de inversión, que son peores, pero no escupen fuego. Emma, deja esa grapadora.

Emma, cuyo halo de espumillón dorado colgaba peligrosamente sobre una de sus orejas, levantó la mirada con una inocencia ensayada.

—Solo quería graparle diamantes a mis sandalias, mamá. Una princesa celestial no puede presentarse ante los accionistas con calzado plano. Es una falta de respeto al glamour.

—Nadie se va a presentar ante nadie. Se quedan aquí, comen sus barras de cereal y esperan a la señora Miller. Vuelvo en cuanto comience el primer brindis.

Valeria exhaló una plegaria muda, recogió su bolso de mano con la copia confidencial del anexo técnico y cruzó las puertas dobles de su oficina privada rumbo a la antesala del evento. Necesitaba comprobar que el servicio de catering no hubiera arruinado el caviar antes de que Thorne hiciera acto de presencia.

Lo que Valeria ignoraba era que Bastian Thorne ya estaba en el edificio. Y no tenía la menor intención de beber champaña con directores mediocres.

Abajo, el ruido de la alta sociedad neoyorquina empezaba a saturar la recepción. Bastian, sofocado por la hipocresía de los elogios corporativos y con la necesidad imperiosa de revisar a solas los planos técnicos del muelle de Newark antes de la cena, había tomado el ascensor privado con tarjeta magnética hacia la suite ejecutiva del piso cincuenta y cuatro.

—Espérame abajo, Klaus —le había ordenado a su jefe de seguridad en el vestíbulo—. Subo por la carpeta de ingeniería al despacho de la señorita Sterling y bajo en cinco minutos. No dejes que ningún reportero me fotografíe con una copa en la mano.

Bastian empujó las puertas de roble del despacho privado de Valeria con la familiaridad de quien considera cualquier espacio una extensión de su territorio.

El despacho estaba en penumbra, iluminado únicamente por el resplandor de las luces de Manhattan que entraban a través del ventanal de cristal y la tenue luz ámbar de una lámpara de pie.

Bastian dio dos pasos sobre la alfombra antes de que un chasquido metálico lo hiciera detenerse en seco.

—¡Quieto ahí, intruso no identificado! —bramó una vocecita aguda desde la penumbra.

Bastian Thorne, un hombre que había negociado cara a cara con señores de la guerra en puertos africanos y con los ministros más duros del bloque europeo, parpadeó. Bajó la vista lentamente.

Frente a él, plantado con las piernas abiertas en una postura de combate pésimamente ejecutada, había un niño de unos seis años. Llevaba una túnica blanca corta, una aureola de espumillón brillante torcida sobre su cabello castaño revuelto y un arpa dorada apuntándole directamente al estómago.

—Identifícate antes de que use munición pesada —amenazó el pequeño querubín, frunciendo el ceño de una manera tan exageradamente feroz que rozaba lo teatral.

Bastian se quedó helado. No por el arpa.

Sino por los ojos.

Unos ojos de un gris metálico, frío, idénticos a los que Bastian veía cada mañana al afeitarse. La misma mandíbula angulosa en miniatura, el mismo corte de cejas pobladas que se juntaban en una línea recta de irritación absoluta.

—¿Qué demonios...? —murmuró Bastian, desconcertado por primera vez en una década.

—El vocabulario soez está prohibido en este perímetro corporativo —declaró una segunda voz desde el sofá de cuero.

Bastian giró la cabeza hacia la izquierda. Otro niño, exactamente idéntico al primero, pero con gafas de montura circular y una expresión de aburrimiento supremo, cerró una tableta con un chasquido impecable.

—Además, tu traje es azul medianoche, pero tus zapatos son Oxford de costura prusiana —continuó el segundo clon, examinando a Bastian de arriba abajo con una frialdad analítica aterradora—. Un calzado conservador para alguien que invade un despacho sin una cita registrada en el sistema de Google Calendar de mi madre.

Bastian sintió un golpe sordo en el pecho, como si un buque cisterna hubiera embestido su caja torácica. Su respiración se detuvo. Dos. Eran dos niños idénticos. Con sus mismos rasgos. Su misma estructura ósea.

—Oye, señor —llamó una tercera voz, melosa y cantarína, desde detrás del escritorio de caoba.

Una niña de seis años emergió de las sombras. Llevaba dos enormes alas de plumas blancas sujetas con tirantes elásticos a sus hombros delgados, los labios pintados de un rojo estridente y torpe, y una grapadora pesada en la mano.

La niña se acercó a Bastian sin un ápice de miedo. Inclinó la cabeza hacia un lado, evaluando la figura gigantesca del magnate, y suspiró con dramatismo.

—Tu corbata de seda es pasable, pero tienes cara de que nunca sonríes porque te da miedo que se te arrugue la frente. ¿Eres el nuevo mayordomo? Porque necesito que alguien me abra este frasco de brillantina y Mateo es un inútil con las manos pegajosas.

Bastian Thorne no se movió. No podía. Sus músculos parecían petrificados en el suelo. El cerebro del estratega más despiadado de Europa intentaba procesar una sobrecarga de datos imposible.

Tres.

Tres niños. Seis años de edad.

Dio un paso lento e involuntario hacia adelante, arrodillándose sobre una sola pierna para quedar a la altura de los pequeños. Su mano derecha, habitualmente firme como el acero, tembló ligeramente en el aire.

Mateo bajó el arpa, intrigado por el silencio del gigante, y ladeó el cuello para rascarse debajo de la túnica blanca.

La luz ámbar de la lámpara iluminó la base de la garganta del niño.

Allí, justo debajo del ángulo de la mandíbula izquierda, había una pequeña mancha oscura de nacimiento con la forma exacta de una medialuna invertida. La misma marca que Bastian llevaba en su propia piel, la misma que su padre y su abuelo habían llevado por generaciones.

Bastian alzó los ojos hacia la niña. Emma tenía la misma marca diminuta en la clavícula. Lucas la llevaba tras la oreja.

El vial 409-B. La clínica Saint-Luc. Ginebra, 2019.

La corporación fantasma en Delaware.

Valeria Sterling.

La sangre le ardió en las venas con una mezcla explosiva de conmoción, furia territorial y un asombro salvaje que le nubló la visión. La mujer que esa mañana le había regateado el cuatro por ciento de los fletes marítimos no era solo su rival en los negocios.

Era la ladrona que llevaba seis años escondiendo a sus hijos a plena vista en el corazón de Manhattan.

—¿Quiénes son ustedes? —la voz de Bastian salió como un trueno contenido, ronca y cargada de una intensidad que hizo que los tres niños dieran un paso atrás instintivo.

—Nosotros preguntamos primero —dijo Lucas, ajustándose las gafas con orgullo—. Somos los directores ejecutivos suplentes de este piso. ¿Y tú quién eres?

Las puertas de caoba se abrieron de par en par con un golpe seco.

—¡Miller, gracias a Dios que llegas, deja el abrigo en la entrada que se me hace tardísi...!

Valeria se detuvo en seco. Las dos copas de jugo que traía en las manos cayeron sobre la alfombra, empapando el piso con un chapoteo mudo.

En el centro de la habitación, de rodillas frente a sus tres hijos vestidos de ángeles, Bastian Thorne se levantó lentamente cuan largo era. Sus hombros parecían abarcar todo el marco de la ventana; sus ojos grises, oscuros como el mar embravecido, se clavaron en ella con una ferocidad tan primitiva y destructiva que el aire pareció evaporarse del despacho.

—Señorita Sterling —dijo Bastian, con una calma tan venenosa que hizo temblar las paredes—. Me parece que nuestro contrato... acaba de cambiar de cláusulas.

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Inoelia Lantigua
Ósea que el ya lo sabe
Cliente anónimo
Muy hermosa y romántica esta historia 👏👏
Flor Perez
como me gustaría que ya viniera un bebito a bordo 🤭🤭🤭🤭
Flor Perez
simplemente maravillosa 🥰🥰🥰🥰
Keyla M Borrero
😂😂😂
Flor Perez
una enorme felicitación, por tan preciosa novela tan diferente a todas las que se leen y esperemos que sigan más novelas como esta 🥰🥰🥰🥰
Maria Laura Perez: Gracias 🥰
total 1 replies
Keyla M Borrero
🔥🔥
Cliente anónimo
Me encanta el trama🥰
Cliente anónimo
Que bien Valeria 💕
Cliente anónimo
Al fin Valeria estás cayendo en los brazos de Bastian
Cliente anónimo
Parece que Valeria va entrando en razón
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂😂
Cliente anónimo
Ya Valeria con sus inseguridades se la embarró, ahora que no se queje
Cliente anónimo
🥰que hermoso capítulo lleno de pasión, ternura y amor 👏👏👏te sobraste escritora te felicito
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂😂😂😂
Cliente anónimo
Ya casi está lista para aceptar que está enamorada 🥰
Flor Perez
me encanta como se va desarrollando la novela , deseo que siga asi
Cliente anónimo
La trama se vuelve más interesante en cada capítulo, felicitaciones 👏👏
Cliente anónimo
Excelente novela escritora 👏👏👏
Cliente anónimo
Al fin Valeria perdió el control🤣
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