Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 3: Cirugía a puerta cerrada
Cada metro a través de las calles de Milán fue una prueba de resistencia y cálculo.
La lluvia helada, que caía en ráfagas densas, jugaba a su favor lavando el rastro escarlata sobre la acera, pero convertía el pavimento en una trampa resbaladiza. Aleksandra mantenía la cabeza baja, los sentidos en alerta máxima, pegándose a las fachadas de los edificios antiguos. Dos veces vio cruzar a lo lejos los faros de autos patrulla o vehículos oscuros circulando a velocidad inusualmente lenta; en ambas ocasiones, se deslizó en el vano de una puerta cochera, sosteniendo el cuerpo de Dante contra el suyo en un abrazo forzado, sintiendo la respiración caliente y entrecortada del desconocido contra su cuello mientras esperaba que los motores se perdieran en la distancia.
Cuando por fin alcanzó el portal de madera carcomida de su edificio, el hombre apenas arrastraba los pies.
Subir los dos tramos de la escalera empinada fue un tormento de tendones y aire contenido. Dante pesaba el doble que ella y comenzaba a ceder por completo a la inconsciencia. Aleksandra tuvo que tragar el ardor en sus muslos, bloqueando el peso muerto del hombre contra la barandilla de hierro forjado a cada descanso, susurrándole órdenes cortas y secas en ruso cuando su propia lengua materna afloraba por el esfuerzo extremo: «No te me apagues ahora. Muévete. Un paso más».
Abrió la cerradura doble con una sola mano, empujó la puerta con el hombro y logró meterlo al departamento antes de cerrar de golpe con el talón y girar los tres cerrojos de seguridad.
La oscuridad de la estancia olía a limpio: cera de lavanda, papel de libros médicos y té negro. Una calma absoluta que duró apenas tres segundos, hasta que el hedor metálico y sofocante de la sangre inundó el ambiente.
Aleksandra no perdió tiempo intentando llevarlo al dormitorio. Una cama blanda era la peor superficie posible: absorbía fluidos, se hundía e impedía una compresión torácica eficaz si el corazón se detenía. Arrastró a Dante directo a la cocina y, reuniendo hasta la última reserva de su fuerza, lo levantó y lo tumbó sobre la sólida mesa de roble macizo.
El cuerpo del hombre cayó con un golpe sordo, un brazo colgando inerte hacia el piso.
Sin respirar, Aleksandra encendió la lámpara central de luz blanca que colgaba sobre la mesa. La escena era brutal. El rostro de Dante era una máscara de ceniza y sudor frío; sus labios comenzaban a perder la tonalidad rosada, virando hacia un azul cianótico alarmante.
—Presión arterial no detectable por palpación radial —murmuró para sí misma mientras le cortaba la campera y la camisa ensangrentada con unas tijeras de trauma de acero inoxidable.
Las telas empapadas cayeron al suelo en jirones, dejando al descubierto el torso del hombre. A pesar de la palidez cadavérica del shock, el cuerpo de Dante Moretti imponía: hombros anchos, pectorales densos y un abdomen esculpido por el rigor físico. Pero lo que detuvo la mirada de Aleksandra durante una fracción de segundo no fue su fisonomía atlética, sino el mapa de violencia grabado en su piel.
Cicatrices antiguas. Una marca lineal y blancuzca que cruzaba sus costillas derechas —un corte de navaja profundo y antiguo—, y el rastro redondo de una quemadura vieja en el hombro izquierdo. Aquel no era el cuerpo de un civil ni el de un hombre de negocios ordinario. Era el blindaje de alguien que había nacido y sobrevivido en una trinchera.
Y en ese momento, las dos heridas activas se cobraban su tributo.
El orificio de bala en el hombro sangraba de manera constante, pero la fosa ilíaca izquierda era un desastre: la herida manaba un flujo rojo oscuro, espeso y continuo. El proyectil se había hundido en diagonal, rasgando fascias y probablemente perforando una rama de la arteria circunfleja ilíaca profunda.
—Si no detengo eso, te desangras en quince minutos —dijo Aleksandra en voz alta, canalizando la tensión en una rutina milimétrica.
Corrió hacia su cuarto y regresó en segundos con su maletín de guardias clandestinas: el instrumental de titanio que solía esterilizar en autoclave en la facultad, ampollas de lidocaína al dos por ciento, vendas elásticas hemostáticas, frascos de solución fisiológica, jeringas y tres paquetes de sutura vascular no absorbible de polipropileno con aguja curva.
En una olla pequeña puso a hervir agua destilada y arrojó gasas para humidificarlas a temperatura corporal. Tomó un frasco grande de clorhexidina y lavó a chorro la piel alrededor de la herida en el abdomen, retirando el barro, las fibras de la ropa y los coágulos negros.
Cuando la solución antiséptica tocó la carne viva, el cuerpo de Dante se arqueó en una convulsión violenta de dolor.
Un rugido ronco y desgarrador brotó de su garganta. Sus párpados se abrieron de golpe, dejando ver unos ojos grises desorbitados por el delirio febril y la agonía. Su mano derecha se alzó como un látigo y atrapó la garganta de Aleksandra, presionando la tráquea con los nudillos tensos.
—¿Quién... eres? —jadeó él, viéndola borrosa a través de la niebla de su agonía—. Valerio... bastardo... te juro que te voy a arrancar...
Aleksandra no vaciló ni mostró pánico. Bajó la barbilla para proteger la carótida, llevó su pulgar directo a la fosa supraescapular del hombro herido de Dante y presionó con fuerza brutal sobre el plexo braquial.
El dolor irradiado paralizó el brazo del hombre en el acto. La mano aflojó el cuello de la cirujana.
—Cállate y no te muevas —le ordenó ella con una frialdad magnética, clavando sus ojos verdes en los de él, a escasos centímetros de distancia—. No soy tu enemigo, pero si vuelves a poner una mano sobre mí, te dejaré morir sobre esta madera. Estás desangrándote. O me dejas abrirte para sacar ese plomo, o te despides de este mundo en cinco minutos. Tú decides.
Dante parpadeó, respirando con dificultad. La fuerza de aquella mirada femenina, implacable, hermosa y sin un solo rastro de sumisión, pareció perforar su niebla de fiebre. Un destello de asombro y reconocimiento primitivo cruzó sus ojos grises.
—Hazlo... —consiguió susurrar, soltando el aire con un temblor que le sacudió el pecho—. Pero no me duermas... Si cierro los ojos... vienen por mí.
—Te anestesiaré localmente porque no tengo opción, pero te dolerá hasta el alma —sentenció ella, cargando la jeringa con lidocaína sin apartarle la vista de encima—. Muerde un paño limpio. Vamos a entrar.