Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 22
Días después...
La mañana apenas comenzaba a iluminar la hacienda Dávila cuando Ramiro se dirigió a las caballerizas. Los trabajadores ya estaban ocupados preparando los establos y organizando los últimos detalles para la competencia regional que se celebraría dentro de pocos días.
Aquel evento era uno de los más importantes del año. No solo se evaluaba la velocidad de los caballos durante las carreras, sino también la calidad de la crianza, su estado físico, su temperamento y el entrenamiento recibido. Para Ramiro, era una oportunidad de demostrar que la hacienda Dávila seguía destacándose entre las mejores de la región.
Al llegar, encontró a su hija Lara revisando unos informes veterinarios junto a uno de los establos. La joven supervisaba la salud de los caballos seleccionados, asegurándose de que recibieran la alimentación adecuada y de que sus entrenamientos no comprometieran su bienestar.
—Buenos días, papá —saludó ella al verlo acercarse.
—Buenos días, hija. ¿Cómo van los preparativos?
Lara dejó los documentos sobre una mesa y se volvió hacia él.
—Bien. Ya revisé los informes de los caballos que participarán. Hasta ahora, todos se encuentran en buenas condiciones, aunque seguiré supervisándolos durante los próximos días. No quiero que alguno presente un problema justo antes de la competencia.
Ramiro tomó uno de los informes y le echó un vistazo.
—Me alegra escucharlo. Quiero que lleguen en las mejores condiciones posibles. No pienso arriesgar la salud de nuestros animales por conseguir un trofeo.
—Y no lo haremos —aseguró Lara—. Hemos ajustado la alimentación de acuerdo con las necesidades de cada caballo y organizado los entrenamientos para que tengan tiempo suficiente de recuperarse. A estas alturas, exigirles demasiado podría perjudicarlos en lugar de ayudarlos.
—Confío en tu criterio hija.
Lara sonrió levemente. Aunque su padre era un hombre exigente, respetaba sus conocimientos y sabía que ella se tomaba muy en serio su trabajo como veterinaria especializada en caballos.
—También he revisado sus temperamentos y su respuesta al entrenamiento. No basta con que sean rápidos. Tienen que estar preparados física y mentalmente para afrontar la competencia.
Ramiro asintió, satisfecho con la explicación. Después dejó el informe sobre la mesa y miró a su hija con curiosidad.
—Por cierto, todavía no me has dicho si vas a participar en la carrera principal.
—Sí, voy a correr con Canela.
Ramiro arqueó las cejas. Conocía bien a la yegua de su hija y sabía que ambas habían desarrollado una conexión especial, pero eso no evitaba que se preocupara por los riesgos de la carrera.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo?
—Completamente.
—No quiero que te arriesgues innecesariamente.
—No lo haré, papá. Conozco a Canela y sé hasta dónde podemos llegar juntas. Llevamos tiempo preparándonos, y no voy a exigirle más de lo que pueda dar.
Ramiro cruzó los brazos.
—Una cosa es entrenar y otra muy distinta competir. En una carrera, las cosas pueden cambiar en cuestión de segundos.
—Lo sé. Por eso voy a evaluar su condición hasta el último momento. Si considero que no está preparada, no correré con ella, jamás pondría en peligro su salud por ganar una competencia.
La firmeza de su respuesta hizo que Ramiro guardara silencio por unos instantes. Conocía a su hija lo suficiente para saber que no hablaba a la ligera.
—Está bien —aceptó finalmente—. Pero prométeme que serás prudente.
—Te lo prometo.
—Y recuerda que vas a representar a esta familia y a nuestra hacienda.
Lara se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.
—Lo sé. Y pienso hacerlo lo mejor posible.
Ramiro soltó una breve carcajada.
—Siempre tienes una respuesta para todo.
—Alguien tenía que heredar tu carácter —replicó ella con una sonrisa.
Su padre negó con la cabeza, divertido, antes de despedirse para atender otros asuntos de la hacienda.
Cuando se quedó sola, Lara se dirigió al establo donde descansaba Canela. La yegua levantó la cabeza al reconocerla y se acercó a la puerta, moviendo las orejas con curiosidad.
Lara le acarició el cuello y después deslizó la mano por su frente.
—Parece que nos espera una semana bastante ocupada, preciosa —murmuró—. Pero no te preocupes. Vamos a prepararnos bien.
Canela resopló suavemente.
Lara sonrió y apoyó un instante la frente contra la de ella. Para muchos, la competencia era una oportunidad de conseguir reconocimiento y demostrar la superioridad de sus caballos. Para ella, también era una manera de poner a prueba todo el trabajo que había realizado durante meses.
Quería ganar, por supuesto. No iba a fingir lo contrario. Sin embargo, tenía muy claro que ningún premio sería más importante que la salud de Canela.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
En la hacienda Orellana, la mañana transcurría entre el trabajo de los peones y el movimiento constante de los caballos. Sael se encontraba en el despacho revisando unos documentos cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta.
—Adelante.
Izan entró primero, seguido de Adriel. Ambos acababan de regresar de supervisar los potreros y llevaban las botas cubiertas de polvo.
—¿Interrumpimos algo? —preguntó Adriel.
—Nada que no pueda esperar. Pasen, tenemos que hablar de la competencia.
Izan tomó asiento frente al escritorio, mientras Adriel se acomodaba en una de las sillas junto a la ventana.
—Ya recibí la información sobre las pruebas de este año —comenzó Sael—. Habrá una evaluación de los ejemplares destinados a la reproducción, una exhibición de caballos entrenados y, como siempre, la carrera principal.
Adriel asintió.
—He oído que participarán varias haciendas importantes. Parece que este año habrá más competencia que el anterior.
—Eso no me preocupa —respondió Sael con seguridad—. Tenemos excelentes ejemplares y trabajadores que conocen bien su oficio. Si hacemos las cosas como corresponde, no tenemos por qué temerle a nadie.
Izan sonrió ligeramente.
—Estoy de acuerdo. Los caballos que hemos estado preparando tienen un gran potencial. Si mantenemos el ritmo de entrenamiento, podemos presentar una buena selección.
Sael dirigió la mirada hacia su hijo.
—Precisamente por eso quiero que revises personalmente la lista de los animales que participarán. No basta con tener buenos caballos. Hay que demostrar que sabemos criarlos y prepararlos mejor que los demás.
—Me encargaré de eso. Ya he revisado los informes y estoy satisfecho con los resultados.
Adriel cruzó los brazos.
—¿Y qué hay de la carrera? ¿Ya decidiste quién va a participar?
Izan no tardó en responder.
—Yo correré con Relámpago.
Sael levantó la mirada de los documentos.
—¿Estás seguro?
—Lo he estado entrenando y conozco sus capacidades. Es fuerte, tiene resistencia y responde bien cuando le exijo velocidad. Creo que podemos hacer una buena carrera.
—Relámpago es un caballo extraordinario —admitió Sael—, pero no quiero que confundas su potencial con una garantía de victoria. Una carrera puede decidirse por detalles mínimos.
—Lo sé, papá. No pienso subestimarlo ni confiarme. Seguiré entrenándolo y me aseguraré de que llegue en las mejores condiciones.
Adriel sonrió al escuchar la determinación de su primo.
—Parece que ya te estás imaginando cruzando la meta en primer lugar.
—No voy a negar que quiero ganar —respondió Izan—. Pero también quiero demostrar que nuestra crianza está a la altura de las mejores de la región.
—Esa es la actitud que espero de ti —intervino Sael—. La competencia no consiste solamente en correr más rápido que los demás. Un buen criador debe conocer sus animales, entender sus necesidades y saber cuándo están preparados para competir. No pienso sacrificar años de trabajo por una victoria.
Izan asintió con seriedad.
—Relámpago no participará si considero que no está en condiciones.
Sael pareció satisfecho.
—Bien. Entonces tienes mi aprobación para competir con él, siempre que el entrenamiento continúe como hasta ahora.
—No te arrepentirás —aseguró Izan.
Adriel soltó una carcajada.
—Eso espero. Porque si pierdes, pienso recordártelo durante los próximos diez años.
Izan le lanzó una mirada amenazante.
—Si gano, serás tú quien tenga que escucharme durante los próximos diez años.
—Entonces procuraré estar presente para ambas posibilidades.
Los tres rieron, aunque la conversación pronto regresó a los asuntos de la hacienda. Sael quería asegurarse de que los ejemplares seleccionados recibieran los cuidados necesarios, que los entrenamientos se distribuyeran de manera adecuada y que cada caballo contara con la documentación correspondiente.
Izan tomó nota de las tareas que debía supervisar durante los días siguientes. La responsabilidad de dirigir la hacienda era una carga que se tomaba muy en serio, y aquella competencia representaba una oportunidad para demostrar que estaba preparado para asumirla.