¿Cuánto tiempo toma borrar a una persona que nunca fue realmente tuya?
Alba tiene cuarenta y dos canciones guardadas en una playlist titulada simplemente "Nuestra". Cuarenta y dos fragmentos de una historia que siempre vivió en el "tal vez", en las miradas a escondidas y en las promesas que se quedaron a mitad de camino.
Mateo no fue su novio. No fue un error. Fue su "casi algo": ese espacio gris donde los sentimientos son más intensos porque nunca llegan a ser oficiales. Pero ahora que el silencio entre ellos es más fuerte que la música, Alba ha tomado una decisión: cada noche borrará una canción. Y con cada canción, intentará borrar un recuerdo.
Desde el primer acorde bajo la lluvia hasta el último mensaje sin responder, Alba recorrerá el mapa de su corazón roto para entender en qué momento el "nosotros" se convirtió en un "casi".
A veces, el desamor más difícil de superar es aquel que nunca tuvo un nombre.
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Los socios del silencio.
Capítulo 14: Los socios del silencio. [Presente]
Me quedo congelada, agazapada detrás de una pila de cajas. El corazón me retumba en los oídos, compitiendo con el bajo denso de la música que sigue sonando en mis auriculares. La persiana metálica sube apenas treinta centímetros y se detiene. Veo unas botas militares desgastadas, nada que ver con los mocasines de marca de Mateo.—Sé que estás ahí, Mateo. No me hagas perder el tiempo, el jefe quiere lo suyo —la voz es rasposa, impaciente.Me tapo la boca con la mano para no gritar. El hombre no sabe que soy yo. Piensa que Mateo está aquí. El pánico me dispara un recuerdo que antes no tenía sentido.[Pasado]
Hace seis meses. Estábamos en una terraza y un hombre con una cicatriz en la ceja se acercó a nuestra mesa. Mateo se puso rígido, su palidez fue instantánea.—¿Un viejo amigo, Mateo? —pregunté curiosa.—Un cliente... insatisfecho, Alba. Gente sin cultura que no entiende de plazos. Vámonos, este sitio ha perdido su encanto.Me llevó a casa casi a rastras y cerró la puerta con doble vuelta, algo que nunca hacía. Esa noche no durmió. Se pasó horas mirando por la ventana, con la luz apagada, mientras yo pensaba que simplemente estaba “estresado por el trabajo”. Qué ingenua fui. Su “orden” no era estética; era vigilancia.[Presente]
El hombre de las botas golpea la persiana con rabia.—¡Abre de una vez! O entramos por las malas.Necesito salir de aquí. Miro a mi alrededor. En el fondo del box hay una pequeña trampilla de ventilación. Es estrecha, pero yo soy mucho más menuda que Mateo. Agarro la agenda de la mesa de trabajo —mi única prueba— y la meto en mi bolso.Me quito un auricular, pero dejo el otro puesto. Necesito la música para no entrar en shock. El ritmo de la batería me marca el paso mientras me arrastro hacia la salida trasera.El hombre empieza a forzar la persiana con una palanca. El chirrido metálico me atraviesa los nervios. Yo me deslizo por el conducto de ventilación. El metal me araña los brazos, pero no me importa. El dolor es real, el miedo es real, y por fin, mi vida es real.Salgo al callejón trasero, llena de grasa y polvo. El aire frío me golpea la cara como una bofetada de libertad. Corro hacia mi coche, que aparqué a una manzana de distancia por pura intuición. Al llegar, arranco el motor y no miro atrás hasta que el polígono es solo una mancha gris en el espejo retrovisor.Tiro la agenda en el asiento del copiloto. Está manchada de mi propia sangre por el rasguño del brazo.Al llegar a casa cierro la puerta con fuerza. Me tiemblan las manos tanto que casi no puedo darle al botón de la playlist. El silencio de mi apartamento contrasta con el caos que acabo de dejar atrás.—¿Quién eres realmente, Mateo? —susurro mientras abro la agenda por una página al azar.Hay una lista de nombres de galerías de arte en Suiza y una serie de números que parecen coordenadas. Y al final, una foto mía saliendo del trabajo, tomada desde un coche.Me vigilaba. A mí también.Click.
“¿Deseas eliminar esta canción de la playlist?”No. Esta se queda. Me recuerda que soy capaz de escapar de cualquier jaula, incluso de las que no tienen barrotes.Quedan 28 canciones. Pero ahora, la que tiene el control de la música soy yo.[Reflexión]
Me siento en el suelo, con la espalda contra la puerta cerrada. La agenda abierta frente a mí es un mapa de secretos que nunca imaginé. Cada nombre, cada coordenada, cada fotografía es una pieza de un rompecabezas que me incluye sin que yo lo supiera.El miedo sigue ahí, latiendo como un animal enjaulado dentro de mi pecho. Pero junto a él, nace algo nuevo: una certeza. Mateo no era solo un hombre con secretos. Era parte de algo más grande, una red de socios del silencio que operaban en las sombras. Y ahora, sin quererlo, yo tengo en mis manos la llave que puede romper ese pacto.El sonido de la música se mezcla con mi respiración. Ya no es un escudo, es un recordatorio. Estoy viva. Estoy despierta. Y aunque el peligro me rodea, por primera vez siento que tengo el poder de decidir hacia dónde correr.