Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 1
Renata salió de la oficina dos horas antes, y en el camino a casa se descubrió sonriendo como una idiota.
Le había mentido a su jefe con lo del dolor de cabeza. Nunca mentía, pero hoy cumplían tres años, y quería llegar antes que Rodrigo para revisar que todo estuviera perfecto. Esa mañana, antes de salir al trabajo, había dejado el cuarto listo: las velas puestas, el vino enfriando, las flores donde debían ir, y les había pedido a las muchachas que remataran los detalles durante el día, que encendieran las velas y sirvieran el vino justo antes de que ella llegara. Solo faltaba ella con el conjunto rojo que Ximena la había obligado a comprar entre carcajadas, jurándole que ningún hombre sobre la tierra resistiría eso.
Tres años esperando que Rodrigo la mirara, aunque fuera una vez como se mira a una mujer, y no como se mira el mueble que vino con la casa.
Cruzó el portón, dejó las llaves en el recibidor y le extrañó el silencio. Ninguna muchacha a la vista. La planta baja a oscuras, apenas la luz que entraba de la calle. Renata subió la escalera de dos en dos, con la botella de vino que había traído de más colgándole de la mano, porque no fuera a ser que la noche necesitara una segunda.
A mitad de la escalera se detuvo.
Del corredor de arriba salía una luz temblorosa, anaranjada, la de las velas del cuarto. Y algo más. Un sonido que su cabeza tardó tres segundos enteros en entender, porque se negó a entenderlo antes.
Renata terminó de subir despacio, un escalón, otro, con el corazón golpeándole tan fuerte que lo sentía en el cuello. La puerta del cuarto estaba entreabierta. La empujó con la punta de los dedos.
Su cama. Las sábanas nuevas. Las dos copas de vino en la mesita, una ya vacía. Las velas ardiendo alrededor, las que las muchachas habían encendido creyéndole el cuento de la noche romántica. Y en medio de todo eso, sobre la colcha, entre la luz que ella misma había mandado preparar para otra cosa, para el hombre que llevaba tres años inventándose, estaban Rodrigo y Daniela.
En el acto.
Renata no gritó. Eso fue lo raro, lo que después no supo explicarse. Se quedó clavada en el umbral con la botella colgando de la mano, mientras el estómago se le cerraba de golpe y una arcada le subió por la garganta que tragó a la fuerza, porque antes muerta que vomitar delante de ellos.
Fue Daniela la que la vio primero.
Y en vez de asustarse, en vez de taparse, la muy perra sonrió. Le sostuvo la mirada por encima del hombro de Rodrigo, despacio, saboreándolo, con esa cara de niña de treinta años a la que nunca en la vida nadie le dijo que no.
—Rodrigo. —La voz le salió de miel—. Amor. Llegó tu esposa.
Rodrigo se giró de un salto, y la escena se deshizo en un revoltijo torpe de sábanas y manos buscando la ropa, ese aleteo ridículo de dos adúlteros descubiertos que a Renata, en la vida de otra mujer, le habría dado risa.
—Renata. —Se puso de pie enredado en la sábana—. Esto no es lo que…
—No lo digas. —A ella la voz le salió rasposa, ajena—. No te atrevas a decir esa frase de mierda en mi cara.
Los tres quedaron quietos. Las velas seguían ardiendo. El vino seguía en las copas. Renata bajó la vista a la botella que traía en la mano, esa que había subido por si acaso, y la puso con cuidado sobre la cómoda, porque le dio miedo lo que sus manos querían hacer con ella.
—Hoy es nuestro aniversario —dijo, y odió que la voz se le quebrara justo ahí—. Salí antes para que todo estuviera perfecto cuando llegaras.
Daniela se sentó en la cama sin la menor prisa por cubrirse, jaló la sábana apenas hasta la cintura y ladeó la cabeza.
—Ay, hermanita. —Suspiró, casi con pena—. ¿En serio creíste que te iba a querer alguna vez?
Renata la miró. A esa niña por la que su padre había sonreído como nunca le sonrió a ella, la que se quedó desde la cuna con el mejor cuarto y el mejor vestido y ahora también con esto, con lo último que le quedaba, y sintió que algo dentro del pecho se le apagaba sin ruido.
—Vístete —le dijo a Rodrigo, muy tranquila—. Y saca a tu amante de mi cama.
—Renata, hablemos. —Dio un paso hacia ella—. Estás alterada, es normal, pero si me escuchas un—
—¿Alterada? —Se le escapó una risa seca que ni ella reconoció—. Te acabo de encontrar dentro de mi hermana. Sobre las sábanas que estrené hoy. ¿Y quieres que hablemos?
Él apretó la mandíbula. Por un segundo, uno solo, algo le cruzó la cara que pudo ser vergüenza, pero enseguida esa cosa se enfrió, y Renata reconoció el gesto porque llevaba tres años viéndolo: el del hombre que decide que la culpa es de ella.
—Tú te lo buscaste —dijo Rodrigo, y la voz le salió dura—. Nunca estás. Vives metida en esa oficina jugando a la ejecutiva cuando tu padre podría abrirte cualquier puerta. Daniela sí tiene tiempo para mí. Daniela sí me hace sentir un hombre y no un trámite.
La bofetada le ardió en la palma antes de que Renata entendiera que había sido ella quien la dio.
El sonido cortó el cuarto en dos. Rodrigo se llevó la mano a la mejilla, más por la sorpresa que por el golpe, y en la cama Daniela soltó un gritito encantado, de esos que suelta cuando la cosa se pone a su favor.
—Te pegó —dijo Daniela, ya con los ojos húmedos.
—Cállate. —Renata ni la miró. Tenía los ojos clavados en Rodrigo y la mano todavía ardiéndole—. Los papeles del divorcio te llegan el lunes. Firma rápido y no te quito nada. Solo quiero mi apellido de vuelta y no volver a verte la cara.
Rodrigo bajó la mano de la mejilla, despacio, y en lugar de rabia, lo que le subió a la cara fue algo peor. Se rió. Bajito, con ganas, como quien acaba de oír a un niño amenazar con irse de la casa.
—¿Divorcio? —Sacudió la cabeza—. Renata, por favor. Llevas tres años babeando por mí. Te levantas antes que el sol para hacerme el desayuno, me acompañas a cenas donde terminas vomitando sangre, memorizas el nombre de mis socios como una secretaria enamorada. —Se acercó a recoger la camisa del suelo, sin prisa, tan tranquilo que a ella le dieron ganas de volver a pegarle—. Y ahora quieres que me crea que te vas.
—Me voy.
—Te vas hoy. —Se puso la camisa sin abotonarla, seguro de cada palabra—. Y el lunes, o el martes, o cuando se te enfríe el orgullo, vas a estar tocando esa puerta otra vez, con la carita de siempre, pidiendo hablar. Porque tú no sabes vivir sin alguien a quien servirle, mi amor. Es lo único que sabes hacer.
En la cama, Daniela soltó una risita y se estiró contra las almohadas como una gata, disfrutando cada segundo.
Renata lo miró. Miró al hombre por el que se había deshecho durante tres años, tan convencido de que ella iba a volver que ni siquiera se molestaba en fingir preocupación, y sintió el estómago cerrársele, no de dolor esta vez, sino de algo más frío, más útil.
Tenía razón en una cosa. Ella siempre volvía.
Por eso él nunca la vio como una amenaza.
—Tienes razón —dijo Renata, y la calma en su propia voz la sorprendió a ella misma—. Nunca supe vivir sin servirle a alguien.
Recogió la botella de la cómoda, la que había subido para celebrar, y se la llevó consigo hacia la puerta.
—Vamos a ver qué tan bien vives tú sin nadie que te sirva.
Y salió, sin dar el portazo que él esperaba, cerrando la puerta con un cuidado que en esa casa nadie le había visto nunca, porque por primera vez en tres años Renata no estaba huyendo de una pelea.
Estaba saliendo a empezar otra.
Mientras Adrian buscando y averiguando la vida de Roxana sale una foto de los amantes Octavio Cárdenas y Roxana como siempre lo han sido amantes.