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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Después de la clínica psiquiátrica.

Las primeras semanas vos dormías en mi habitación y yo en el sillón-cama del living. No quería que sintieras ningún tipo de presión, ni que pensaras que te había ayudado con alguna intención oculta. No había segundas intenciones. Habías sido una persona muy importante en mi vida y jamás me habría perdonado no estar ahí, no estar para vos.

Aunque debo confesar que tenerte cerca me generaba muchas cosas. Eran muchos los recuerdos lindos que habíamos construido con los años. Pero ahora la prioridad eras vos, tu salud mental. Si bien todavía no te veías del todo bien, yo sentía que ya eras vos otra vez, que brillabas con la misma intensidad de antes. Y me resultaba imposible no volver a sentir todo lo que había sentido por vos.

Era como en las primeras semanas cuando te conocí, cuando día a día iba descubriendo cada detalle tuyo: tus gustos, tus hábitos, tus gestos. Y me enamoraba en ese proceso cotidiano. Pero no era momento de pensar en mí ni en mis sentimientos. Era tiempo de que te recuperaras. Tiempo de darte una mano.

Porque en ese momento, casi todos se habían corrido a un costado. Tu familia y tus amigos se llenaron de excusas para no verte. Estaba el que no podía por falta de tiempo entre la universidad y el trabajo; el que decía estar ocupado con su familia; la que atravesaba problemas económicos; el que no sabía qué decir después de tu intento de suicidio. Excusas sobraban. Tiempo para vos, no.

Y creo que eso me dolía más a mí que a vos. Cada vez que llamabas o enviabas un mensaje y recibías las mismas respuestas. Al principio te cuestionaste como hijo, como hermano, como amigo. Y yo siempre te recordaba que, más allá de todo, eras un ser único y especial. Que el resto se estaba perdiendo la oportunidad de seguir teniéndote acá, de seguir disfrutando tu compañía. Tal vez el tiempo y la vida los traerían de nuevo.

Estábamos a mitad de la primavera. El pasto del patio de atrás estaba cada vez más verde. A veces, por las mañanas, te despertabas y te sentabas en el sillón de mimbre junto a la ventana, mirando hacia afuera. Una tarde se me ocurrió comprar unas flores y un árbol para plantar en el jardín. No sabía si la idea te iba a gustar, pero apenas bajé las plantas ya estabas poniéndote las botas para salir a cavar los pozos.

Te encantaron. Estabas tan contento que a mí me hacía sentir muy bien.

Cuando terminamos de plantar, llenos de barro pero felices con lo hermoso que había quedado el jardín, te paraste a mi lado y giraste la cabeza para mirarme. Cuando hice lo mismo, me diste un beso, tomándome completamente por sorpresa. Yo sonreí como un idiota, sin saber qué decir. Te devolví el beso, aunque todavía no estaba preparado para eso.

Había noches en las que te encontraba sentado en la cama, en medio de la oscuridad, sin poder dormir. Así retomamos nuestras caminatas nocturnas. Al principio dábamos vueltas por las cuadras cercanas, y de a poco nos fuimos animando a ir cada vez más lejos. Te conté que con Santy solíamos salir de madrugada cuando nos daban ganas de fumar y no teníamos cigarrillos, caminábamos hasta encontrar algún kiosco abierto las veinticuatro horas.

Sonreíste, buscando complicidad, y me pediste que saliéramos a buscar un kiosco. Pero no para comprar cigarrillos, sino golosinas. Así pasábamos nuestras noches de insomnio: entre charlas, caminatas y dulces.

Cuando volvíamos, te preparaba un té caliente, frutal, como los que tomabas cuando vivíamos juntos. Yo me hacía té verde frío, con un poco de limón y jengibre. Me quedaba con vos en la habitación, a veces leyendo, otras charlando, hasta que te dormías. Después volvía al sillón-cama del comedor.

Así fue durante algunos días. Hasta que una noche, cuando me estaba levantando de la cama donde dormías, me tomaste de la mano y me tiraste de nuevo a tu lado. Me pediste, por favor, que me quedara a dormir con vos. Y claramente no pude decir que no. Nunca pude decirte que no.

Estabas de espaldas y te abracé. Volver a sentir tu perfume fue profundamente reconfortante. Dormí toda la noche. Hacía meses que no me despertaba por la mañana sintiéndome tan bien. Me senté en la cama y me quedé mirándote dormir. Una imagen preciosa. Y una costumbre muy mía.

Los días fueron pasando con cierta normalidad. Hasta que una tarde, mientras estábamos en el balcón, me dijiste que querías buscar trabajo. Que querías aportar dinero en la casa y, si yo te lo permitía, quedarte a vivir conmigo.

Te abracé y te susurré al oído que sí. Que tus llaves habían quedado guardadas en la mesa de luz, de tu lado de la cama. Nunca las había sacado de ahí, desde la última vez que te fuiste.

Acepté, pero con una condición: por el momento seríamos solo compañeros de hogar. Para la relación todavía había tiempo. Aún nos quedaba mucho camino por recorrer. Pero sin ninguna duda, podías quedarte todo el tiempo que necesitaras.

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Benjamín Gohega
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