Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
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Capítulo 22
Tristán finalmente se alejó hacia su oficina sin pronunciar una sola palabra. Antes de empujar aquella gran puerta, se volvió un instante y lanzó una sonrisa cargada de significado, dulcísima, en dirección a Fernanda. Aquella actitud tan inusual dejó un enorme signo de interrogación en las cabezas de Fernanda y Kevin, que aún permanecían inmóviles en su sitio.
Una vez dentro de su oficina, Tristán caminó directamente hacia su sillón principal. Se sentó y reclinó la espalda con desenfado. Poco a poco, cerró los ojos mientras esbozaba una amplia sonrisa a solas, exactamente como un hombre embriagado de amor o que hubiera perdido la cordura.
En un rincón de la oficina, Kevin, que acababa de entrar a dejar unos documentos, observó de nuevo la extraña actitud de su jefe con un ligero escalofrío recorriéndole la piel.
—Kevin —llamó Tristán de pronto, abriendo los ojos con un brillo resplandeciente.
—¿S... sí, señor? —respondió Kevin con presteza, aunque vacilante.
—Encarga el almuerzo para todos los empleados de esta oficina en el mejor y más delicioso restaurante de la ciudad. Usa mi tarjeta de crédito. Y cuidado, que no se quede ni un solo empleado sin recibir su almuerzo... ¡especialmente mi secretaria! —ordenó Tristán con un tono de voz extremadamente jovial y entusiasta.
Al escuchar aquella orden, Kevin se quedó boquiabierto. Los ojos se le abrieron de par en par, incrédulos. Creyendo que sus oídos lo engañaban, se atrevió a preguntar de nuevo. —Disculpe, señor... ¿habla en serio? ¿Almuerzo gratis para todos los empleados de este piso? ¿Incluyendo... a la señorita Fernanda?
Tristán chasqueó la lengua con fastidio, y su sonrisa se desvaneció ligeramente, reemplazada por una mirada severa un tanto fingida. —¡Eres lentísimo, Kevin! Hazlo de una vez y no me arruines el humor, que hoy ando de muy buen ánimo.
—¡S... sí, señor! Discúlpeme. Lo encargaré ahora mismo por servicio en línea para que la comida llegue lo antes posible al mediodía —respondió Kevin a trompicones, girando sobre sus talones a toda prisa por miedo a que el jefe cambiara de opinión y volviera al modo monstruo.
Tristán agitó la mano en el aire, indicándole a su asistente personal que saliera de la oficina de inmediato.
Con pasos apresurados, Kevin se dirigió hacia la puerta de salida. Sin embargo, justo al abrirla, se topó de frente con Fernanda, que estaba a punto de entrar con la agenda diaria en las manos. Fernanda lo sujetó del brazo de inmediato y le susurró con gesto inquisitivo.
—Señor Kevin, espere un momento. ¿Qué le pasa al señor Tristán? ¿Por qué hoy se comporta tan raro? La verdad, me da un poco de miedo verlo así —preguntó Fernanda con inquietud.
Kevin exhaló un largo suspiro y negó con la cabeza en señal de rendición. —No tengo idea, Nanda. Tal vez nuestro jefe está delirando y todavía no despierta de su sueño. Disfruta su locura mientras no esté echando fuego.
La respuesta absurda de Kevin hizo que Fernanda se diera una palmada en la frente espontáneamente. "Son tal para cual, el jefe y su asistente están igual de locos", pensó Fernanda exasperada.
Mientras tanto, dentro de la oficina, Tristán, que había alcanzado a ver la silueta de Fernanda tras la puerta, entró en pánico al instante. El hombre de porte imponente se levantó de su sillón a toda prisa. Con movimientos torpes, rarísimos en él, se alisó el saco, se acomodó el nudo de la corbata que en realidad ya estaba impecable y se peinó el cabello a la rápida con los dedos.
Un nerviosismo descomunal invadió de pronto cada fibra del cuerpo del CEO del gigante Grupo Bracamonte, solo porque una mujer llamada Fernanda se disponía a entrar en su oficina privada.
Fernanda entró con elegancia, abrazando la carpeta de la agenda contra su pecho. En cuanto advirtió que los pasos de su secretaria se acercaban, Tristán desvió la mirada hacia la pantalla encendida de su laptop con un movimiento relámpago. Adoptó de inmediato su modo serio, con los dedos tecleando cualquier cosa sobre el teclado, fingiendo estar sumamente ocupado con montañas de trabajo. Era la única trinchera que Tristán tenía para ocultar el nerviosismo desmedido que sentía frente a la mujer que amaba con locura.
Fernanda se detuvo justo frente al gran escritorio de madera. —Disculpe, señor. Quiero informarle sobre su agenda del día de hoy.
—Está bien, dime qué hay en la agenda para hoy —respondió Tristán con un tono de voz que se esforzaba por mantener lo más neutro posible.
El hombre no se atrevía en absoluto a levantar la vista hacia el rostro de Fernanda. En ese momento, bajo su costoso traje, Tristán luchaba a muerte por controlar los latidos de su corazón, que martilleaba con tal fuerza que parecía querer salírsele del pecho.
Fernanda comenzó entonces a leer la lista de compromisos con voz profesional. Desde una reunión importante con el cliente principal a las diez de la mañana, un almuerzo de negocios, hasta varias firmas de documentos pendientes.
Al escuchar aquella voz melodiosa que tanto extrañaba terminar de hablar, Tristán esbozó una sonrisa sutil. Se atrevió a echar un vistazo fugaz hacia Fernanda por el rabillo del ojo. —¿Eso es todo? ¿Solo eso querías decirme? ¿No hay nada más?
Fernanda frunció ligeramente el ceño, sintiendo que aquella pregunta era un tanto extraña. —No hay nada más, señor. La agenda de hoy es solo esa.
Fernanda hizo una reverencia cortés, disponiéndose a retirarse de vuelta a su puesto. Sin embargo, justo antes de que diera media vuelta, la voz de Tristán volvió a dar una orden. Por primera vez desde que Fernanda trabajaba allí, Tristán le pidió algo de índole personal.
—Nanda, espera. Prepárame una taza de café.
Los pasos de Fernanda se detuvieron en seco. Lo miró con una expresión de incredulidad. —¿C... café, señor? ¿Está seguro de que quiere que yo le prepare un café? —preguntó Fernanda para cerciorarse. Hasta entonces, todo lo relacionado con las bebidas y la comida de Tristán siempre lo atendía un mesero especial o Kevin.
Tristán, que seguía sumergido en la euforia de haber descubierto la verdadera identidad del patito, respondió de pronto sin filtro alguno: —Por supuesto. ¿Acaso una esposa no debe saber prepararle el café a su esposo?
Tum.
Aquellas palabras escaparon de los labios de Tristán sin más, y la atmósfera de la oficina se tornó de pronto en un silencio sepulcral. Fernanda se quedó petrificada con los ojos abiertos como platos.
"¿Qué clase de respuesta es esa? ¿Quién es la esposa? ¿Y quién es el esposo? Tenía razón el señor Kevin, el señor Tristán está delirando y no ha despertado de su sueño. O quizás... este hombre de verdad ya perdió la cabeza", gritó Fernanda por dentro, entre la exasperación y el escalofrío.
Al notar el cambio en la expresión de Fernanda, que estaba en estado de shock total, Tristán volvió en sí de golpe. Carraspeó con torpeza y se apresuró a rectificar sus palabras antes de que su secreto quedara al descubierto.
—Lo que quise decir... no es eso, Nanda. Ay, olvídalo, ve a prepararme un café a la cocina. No le pongas demasiada azúcar, no me gustan las cosas muy dulces —dijo Tristán con brusquedad, intentando recuperar la autoridad que se le había desmoronado.
"Excepto una mujer dulce como tú, Patita..."
...añadió Tristán para sus adentros. Después de que Fernanda se fue, su sonrisa volvió a florecer, admirando lo adorable que se veía el rostro de su secretaria cuando estaba confundida.
—Sí, señor. Con permiso —respondió Fernanda a toda prisa.
Sin perder un segundo más, Fernanda dio media vuelta y salió a paso veloz de la oficina de Tristán. Estaba convencida de que la locura de su jefe se le contagiaría si permanecía allí un solo segundo más.
Continuará...