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La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Las consecuencias llegaron con ruedas.

Valentina oyó primero el sonido: metal sobre mármol, un chirrido bajo atravesando el pasillo del salón. Después vio a dos hombres empujar una silla de ruedas hacia la luz de la chimenea.

Yelena Sorokina venía sentada en ella.

Seguía hermosa. Eso fue lo más absurdo. El cabello rubio caía perfecto sobre sus hombros, el maquillaje apenas se había movido, el vestido de seda color champaña parecía elegido para una cena, no para un juicio privado en la casa del hombre que todos temían.

Luego Valentina vio sus pies.

Vendados.

Sangre filtrándose por ambos empeines.

El estómago se le apretó.

Yelena no lloraba. Miraba a Nikolái con una mezcla de odio y orgullo herido que quizá habría sido admirable si no hubiera intentado usar a Dani como cebo.

Grigori entró detrás.

No en silla. A él lo llevaron de pie, con las manos atadas al frente y dos hombres sujetándolo por los brazos. El viejo mayordomo conservaba la espalda recta, pero tenía el rostro gris. Cuando vio a Valentina, bajó los ojos.

Ese gesto le dijo más que cualquier confesión.

—Señorita —murmuró.

Valentina sintió una punzada extraña. No era pena. Era rabia por haber sido convertida otra vez en herramienta de hombres mayores con planes cerrados.

—No me diga señorita.

Grigori no respondió.

—¿Era necesario traerla? —preguntó Yelena en ruso.

Nikolái contestó en español.

—Ella debe aprender.

Valentina sintió un frío lento en la espalda.

—No soy su alumna.

—Hoy sí.

Yelena soltó una risa breve.

—Qué tierna. ¿Todavía crees que puedes decir que no?

Valentina dio un paso hacia ella, pero Nikolái alzó una mano.

No la tocó.

No hizo falta.

—Tú abriste una ruta dentro de mi casa —dijo él, mirando a Yelena—. Usaste a Grigori. Usaste a policías. Usaste al mexicano. Todo para probar si ella corría.

Yelena levantó la barbilla.

—Y corrió.

—Hacia el consulado.

La sonrisa de Yelena se tensó.

—Una chica desesperada hace cosas desesperadas.

—Una chica inteligente no toma el auto que le pusiste.

Valentina no quería sentirse orgullosa por haber sido aprobada por él. Así que no lo hizo. O intentó no hacerlo.

Nikolái se acercó a la silla de ruedas.

—Tu hermano murió por mí.

Por primera vez, la cara de Yelena cambió de verdad.

—No lo menciones.

—Por eso respiras.

La frase cayó sin ruido.

Yelena apretó los dedos sobre los brazos de la silla.

—Me disparaste en los pies.

—Podía haber sido la cabeza.

Valentina cerró los ojos un segundo.

No por compasión hacia Yelena. No exactamente. Era por la facilidad con la que todos en esa casa hablaban de cuerpos rotos como si fueran cuentas saldadas.

—Sáquenla —ordenó Nikolái.

Los hombres empujaron la silla hacia la puerta.

Grigori intentó hablar.

—Pakhan, yo serví a esta casa treinta años.

Nikolái giró hacia él.

—Y en treinta años aprendiste dónde estaban mis cámaras, mis rutas y mis puntos ciegos. Eso no te vuelve leal. Te vuelve peligroso.

—Solo quise evitar que cometiera un error con esa chica.

El silencio se volvió afilado.

Valentina sintió, más que vio, cómo todos en el salón dejaban de respirar.

Nikolái sonrió sin alegría.

—Mi error es mío.

Grigori palideció.

—Pakhan...

—Llévenlo abajo.

Valentina dio un paso antes de pensarlo.

—¿Qué va a hacerle?

Nikolái la miró.

—Lo que hago con los traidores.

Grigori no suplicó. Eso, por alguna razón, hizo que la escena fuera peor. Lo sacaron por otra puerta, no por la principal. Valentina siguió el sonido de sus pasos hasta que desapareció.

Yelena pasó junto a Valentina y se inclinó apenas, lo suficiente para susurrar:

—Él también te va a romper. Solo está eligiendo dónde.

Valentina no respondió.

Porque por primera vez, le creyó.

Cuando la puerta se cerró, el salón pareció más grande.

Nikolái dejó el vaso de agua sobre la mesa.

—Grigori desapareció.

—¿Quiere que aplauda?

—Quiero que entiendas que tus intentos de escapar no solo te ponen en peligro a ti.

Valentina lo miró.

—Mis intentos de escapar existen porque usted me tiene secuestrada.

—Te tengo viva.

—No es lo mismo.

Él se acercó.

—Para mí sí.

La respuesta le dio más miedo que un grito.

Valentina retrocedió un paso. Nikolái lo vio. Algo en su rostro se endureció, no por culpa, sino por irritación. Como si su miedo fuera una falla de lógica.

—Ven.

—No.

—Valentina.

—No voy a volver al sótano.

—Sí.

La palabra fue una puerta cerrándose.

Valentina buscó a Borís. Estaba junto al arco del salón, inmóvil, con la mirada baja. No iba a ayudarla. Nadie iba a ayudarla. En esa casa, la compasión parecía existir solo en detalles pequeños: una toalla fuera del baño, una traducción seca, un `usted` antes de una orden.

Nikolái avanzó.

Ella retrocedió hasta chocar con una mesa lateral.

Sobre la bandeja había frutas, una jarra de agua y un cuchillo pequeño para cortar manzanas.

Valentina lo vio.

Nikolái también.

Sus ojos se encontraron.

Por un segundo, ninguno se movió.

Valentina oyó su propia respiración como si viniera de otra habitación.

No era un arma de película. Era un cuchillo doméstico, corto, casi ridículo frente a los hombres armados de Nikolái. Pero tenía filo. Tenía peso. Tenía una punta que podía convertir su miedo en una línea concreta.

Pensó en no tomarlo.

Pensó en obedecer, bajar al sótano, escuchar otra lección, sobrevivir otro día.

Luego recordó la puerta del consulado bloqueada por el Maybach antes de verla siquiera. Recordó a Dani prometiendo llegar a casa sin ella. Recordó a Yelena en la silla, con los pies vendados, diciendo que él estaba escogiendo dónde romperla.

Si el mundo de Nikolái solo entendía marcas en la carne, ella también podía dejar una.

Luego Valentina tomó el cuchillo.

No lo levantó hacia él. Lo pegó a su propio costado, escondido contra la tela del suéter, con el mango apretado en la palma.

Nikolái sonrió apenas.

—¿Eso te hace sentir mejor?

—Sí.

Era mentira.

Le hacía sentir menos muerta.

Él no se lo quitó.

Eso la puso más nerviosa.

Caminaron hacia el sótano con dos guardias detrás y Sasha delante. Cada escalón le devolvió un recuerdo distinto: el rugido, el olor metálico, el hombre atado, su propio cuerpo doblándose antes de vomitar.

Valentina apretó el cuchillo dentro de la manga.

No era suficiente para vencerlo.

Pero quizá era suficiente para elegir cómo perder.

El sótano estaba más limpio que la última vez.

Eso fue peor.

No había sangre visible. No había rugidos. No había prisionero en el centro. Solo concreto lavado, herramientas ordenadas y una lámpara encendida sobre una mesa de acero. El silencio parecía recién puesto.

Nikolái se detuvo en medio de la sala.

—Mírame.

Valentina mantuvo los ojos en la puerta lateral.

—No.

—Mírame.

Ella lo miró.

—Aprendiste algo hoy —dijo él.

—Que Yelena tiene mala puntería para escoger aliados.

—Que incluso cuando eliges bien, yo llego antes.

Valentina sintió una risa dura subiéndole por la garganta.

—¿Ese es su problema? ¿Que no puede soportar que durante cinco minutos no me tuvo?

La temperatura de la habitación pareció bajar.

Sasha, al fondo, no se movió.

Nikolái dio un paso hacia ella.

—No vuelvas a correr.

—Entonces déjeme ir.

—No.

—Entonces voy a correr.

—No.

—Sí.

Valentina no supo en qué momento levantó el cuchillo.

Quizá cuando él dio otro paso.

Quizá cuando su cuerpo decidió que el sótano era peor que la muerte.

Quizá cuando recordó a Dani subiendo al auto, a Abuelita Carmen preguntando si estaba tranquila, a Yelena diciendo que él iba a romperla.

El cuchillo salió de su manga.

Nikolái pudo haberla detenido.

Lo vio en sus ojos: pudo.

Pero no esperaba que ella apuntara al pecho.

Valentina atacó con todo el peso del cuerpo.

La hoja entró en carne.

No donde ella quería.

Nikolái giró apenas. El cuchillo le atravesó la palma izquierda y siguió lo suficiente para rozar el costado de su pecho, dejando una línea roja sobre la camisa blanca.

Durante un segundo, no hubo sonido.

Valentina se quedó con la mano en el mango, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

La sangre de Nikolái le cayó sobre los dedos.

Él miró su propia mano.

Luego la miró a ella.

Algo se apagó en sus ojos.

No fue rabia explosiva.

Fue peor.

Fue una puerta interna cerrándose desde adentro.

Sasha levantó el arma.

—No —dijo Nikolái.

Valentina soltó el cuchillo y retrocedió.

—Yo...

—Cállate.

La palabra no fue fuerte.

La partió igual.

Nikolái sacó la hoja de su palma sin pestañear. La sangre cayó al piso en gotas pesadas. Después hizo una seña.

Dos guardias entraron arrastrando a un hombre.

Valentina lo reconoció por la ropa antes que por la cara: uno de los sirvientes que había hablado demasiado alto sobre el agujero del muro.

Lo empujaron de rodillas.

—No —dijo Valentina, entendiendo demasiado tarde—. Él no...

Otro guardia entró con una empleada joven. La misma que le había sonreído cuando preguntó por el jardín.

Valentina sintió que el aire desaparecía.

—No tienen nada que ver.

Nikolái se envolvió la mano herida con un pañuelo, sin quitarle los ojos de encima.

—Alguien siempre tiene que ver.

—Fui yo.

—Sí.

—Entonces castígueme a mí.

La mirada de Nikolái bajó a la sangre en el piso.

—Eso quieres creer.

Valentina negó con la cabeza.

—No haga esto.

—Elige.

La palabra no tuvo sentido al principio.

—¿Qué?

Nikolái señaló al sirviente. Luego a la empleada.

—Uno vive. Uno muere.

Valentina sintió que el cuerpo se le quedaba vacío.

—No.

—Elige, printsessa.

La empleada empezó a llorar en silencio.

El sirviente cerró los ojos.

Sasha miró al piso.

Valentina miró a Nikolái y entendió, con una claridad que no dejaba aire para nada más, que el hombre que la había cubierto con una manta y el hombre que acababa de poner dos vidas en sus manos eran el mismo.

—No puedo.

Nikolái se acercó hasta quedar frente a ella.

La sangre le seguía bajando por la muñeca.

—Entonces morirán los dos.

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
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