Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.
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La trampa del despacho
El reloj marcaba las doce del mediodía cuando crucé la puerta del despacho de Miller, en el ala este de la mansión, aislado tras gruesas paredes. El aire era frío, silencioso, impregnado de olor a libros viejos y cuero. La puerta se cerró tras de mí con un clic metálico, y supe en ese instante que no era solo una puerta. Era el inicio de algo del que no sería fácil salir.
Miller estaba de espaldas a mí, junto a la ventana, observando el jardín. No se giró al entrar. Sabía que llegué puntual. Me había estado esperando.
—Llegaste a tiempo —dijo sin volverse—. Señal de que entiendes la gravedad del momento. O de que tienes tanto miedo que no te atreves a llegar tarde. Me pregunto cuál es tu caso.
—Nunca me ha gustado hacer esperar a quien tiene la llave de las respuestas —avancé manteniendo distancia—. Aunque empiezo a preguntarme si valen el precio que pides.
Se giró lentamente.
—Antes de que preguntes: sé que traes el informe. Y sé que Alice te dio un dispositivo de grabación. —Señaló mi bolsillo—. No la culpo. Su hermana murió en ese accidente. Necesita creer que hay un villano claro. Pero la verdad es mucho más sucia y peligrosa.
—¿Cómo lo sabes? ¿Me vigilas?
—Porque yo se lo di. Quería que grabaras cada palabra. Que tengas prueba de que te digo la verdad desde el principio. No soy tu enemigo. Pero tampoco soy tu amigo. Soy la única persona que entiende el juego en el que estás metido. Y si no aprendes las reglas, morirás. O peor: ella morirá y tú vivirás con la culpa para siempre.
Abrí el sobre y dejé los documentos sobre su escritorio.
—Todo esto apunta a alguien de confianza. Alguien con acceso al coche, a los horarios, a las rutas. Alguien como tú.
Miller asintió sin enfadarse.
—Es la versión que quieren que creas. Fui su mano derecha, su socio, su amigo. Soy el chivo expiatorio perfecto. Pero piensa: si yo lo hubiera querido muerto, ¿por qué no incluí a Victoria en el accidente? ¿Por qué sigo aquí arriesgándome para advertirles?
—Porque la necesitas viva —respondí tajante—. Su nombre, su herencia, el control de la empresa. Y cuando ya no te sirva… la matarás igual que a él.
Por primera vez, una sombra de emoción cruzó su rostro.
—La amo, Adrian. He amado a Victoria desde antes de que conociera a Adrian. Y precisamente por eso no podría hacerle eso. La amenaza no está fuera. Está dentro de su propia sangre. Su tío, Richard Hale. Él financió el sabotaje. Él ordenó los frenos manipulados. Él quiere la empresa y la fortuna, y Victoria es el único obstáculo entre él y el trono.
Me quedé inmóvil. Richard Hale, el hermano de su padre, vivía en la costa y rara vez visitaba, pero su nombre aparecía en cada decisión importante. Victoria siempre hablaba de él con respeto.
—¿Richard? Pero él siempre ha estado al margen. Nunca mostró interés en el día a día.
—Porque no necesitaba. Esperaba el momento perfecto. El fallo del chip era ese error público que le daría excusa para destituirla. Pero interveniste y lo cambiaste todo. Ahora está desesperado. Sabe que no puede esperar más. Por eso vine a ti. Necesitamos trabajar juntos. Yo conozco sus movimientos, sus cuentas ocultas, sus contactos. Tú tienes la confianza de Victoria y acceso a ella. Si nos unimos, podemos exponerlo antes de que actúe. Si no… en menos de una semana algo le pasará a ella. Algo que parezca un accidente. Igual que el de Adrian.
—¿Por qué yo? —pregunté—. Hay abogados, guardaespaldas, policía. ¿Por qué el esposo que todos creen un inútil?
—Porque Richard también cree que eres un inútil. No te vigila. No te teme. Eres el punto ciego de su estrategia. Si te acercas a él, no sospechará. Tienes acceso a su despacho privado cuando visita la mansión. Nadie más es tan invisible.
Saqué el dispositivo que Alice me dio y lo dejé sobre la mesa.
—Está grabando. Todo lo que digas queda registrado. Si me tiendes una trampa, esto será prueba de tu traición.
—Es justo lo que esperaba que hicieras. Graba todo. Pregunta lo que quieras. Richard llega esta tarde a las cinco. Se quedará hasta mañana. Tienes menos de siete horas. Busca en el cajón inferior derecho de su despacho, bajo los archivos de la costa. Encontrarás una carpeta roja. Ahí está todo: transferencias, nombres, fechas. Llévala a Victoria. Pero no vayas sola. No confíes en nadie de la casa. Ni siquiera en mí hasta que tengas esa carpeta en tus manos.
Se apartó del escritorio, dándome espacio para irme.
—No te obligaré. Solo te pido una cosa: no esperes demasiado. Richard no esperará. Y cuando él decida actuar, no habrá tiempo para dudas.
Salí con el informe en una mano y el dispositivo en la otra, la cabeza dividida entre dos verdades que se contradecían. Miller señalaba a Richard. Alice sospechaba de Miller. Y en medio estaba Victoria, ajena a la red de traiciones que se cerraba a su alrededor. Necesitaba saber quién mentía. Y la única forma de averiguarlo era ir a buscar la carpeta roja. Aunque eso significara caminar directo hacia la trampa más peligrosa de todas.
—Siete horas —murmuré al bajar las escaleras—. Siete horas para descubrir la verdad o para caer en la trampa. Que sea lo que tenga que ser, pero yo voy a llegar primero.