Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.
Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.
Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.
Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.
Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.
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Capitulo 23
En la sala de su casa, Nereo caminaba de un lado a otro con el teléfono pegado al oído, la frente arrugada y los puños cerrados con frustración. Había colgado hacía apenas unos minutos y aún no lograba calmarse. Ottavia lo observaba desde el sillón, con una taza de té entre las manos y una calma que antes no habría tenido. Sabía exactamente lo que estaba pasando, y no sentía culpa, sino justicia.
—¿Otra vez problemas? —preguntó ella con voz suave, como si no supiera nada—. Te veo muy tenso.
Nereo soltó un suspiro pesado y se pasó una mano por el cabello, desordenándolo. —Es increíble. Todo iba sobre ruedas y de repente se me caen los tratos uno tras otro. El socio de Valencia se echó atrás sin explicación, el banco no aprende el crédito que necesito y ahora me dicen que el mercado del norte está cerrado para nosotros. Como si alguien me estuviera bloqueando el camino.
—¿Alguien tendrá algo contra ti? —preguntó ella con inocencia, aunque por dentro sabía perfectamente quién era—. ¿Podría ser alguien de la competencia?
—¿La competencia? —repitió él con amargura—. Siempre hay competencia, pero nunca había pasado algo así. Es demasiado perfecto para ser casual. Todo lo que toco se desmorona de la noche a la mañana. Y no sé quién está detrás. Nadie me da la cara.
Ottavia se levantó y se acercó a él, poniéndole una mano en el brazo con gesto sereno. —Tal vez es momento de pensar con calma. No dejes que la prisa te nuble la razón. A veces lo que parece un obstáculo es solo una señal de que hay otro camino.
Él la miró con una mezcla de irritación y gratitud. —Tú tan tranquila. No entiendes lo que está en juego. Si esto sigue así, pierdo más que dinero. Pierdo el prestigio que me costó años construir.
—Lo sé —respondió ella con firmeza suave—. Pero el prestigio verdadero no se construye a base de tratos injustos ni de aprovecharse de los demás. Y si alguien te está cerrando las puertas… tal vez sea porque antes tú se las cerraste a otros.
Nereo frunció el ceño, confundido por sus palabras. —¿De qué hablas? Yo siempre he hecho las cosas bien.
—Crees haberlas hecho bien —corrigió ella sin levantar la voz—. Pero a veces nos olvidamos de que cada acción tiene una reacción. Y la vida se encarga de poner todo en su lugar, tarde o temprano. No tienes que saber quién es. Solo acepta que algo cambió.
Más tarde, ya en la privacidad del refugio, Ottavia lo abrazó con fuerza apenas entró y lo miró a los ojos con gratitud profunda. —Lo hiciste, ¿verdad? —le dijo en voz baja—. Los tratos, los mercados… todo eres tú.
Lorenzo asintió sin alardear, acariciándole la cintura con ternura. —No lo hago solo por mí. Lo hago por ti. Porque él necesita entender que no puede destrozar vidas y seguir adelante como si nada pasara. Cada puerta que cierro es una lección que se merece.
—Me siento poderosa —confesó ella con honestidad—. No por el dinero ni los negocios, sino porque por primera vez alguien defiende lo que es justo. Y tú me lo das sin pedir nada a cambio. Ese poder… no se compra con nada.
—Ese poder es tuyo —respondió él tomándola de las manos—. Yo solo soy el instrumento. Tú eres la razón. Y cuando veas que cae, no te sientas mal. Solo recuerda: él mismo construyó su propia caída. Nosotros solo ayudamos a que llegue.
Ottavia apoyó la cabeza en su pecho y sintió que el mundo se enderezaba poco a poco. —Gracias. Por devolverme la voz y la fuerza. Esto vale más que cualquier victoria.
—Tú vales más que todo eso junto —susurró él besándole la coronilla—. Y verás que al final, lo que cae no se pierde… se transforma. Y de todo esto saldrás más entera y más fuerte que nunca.
—¿No sientes culpa? —le preguntó Lorenzo, acariciándole la mano con suavidad—. Verlo frustrarse así… podría dolerte.
Ottavia negó con la cabeza, firme y serena. —Siento justicia. No alegría por su fracaso, sino alivio de saber que por fin alguien le pone freno. Hace daño sin verlo, y ahora siente lo que es quedarse sin camino. No es culpa, Lorenzo. Es equilibrio.
—Y cuando caiga por completo —dijo él mirándola a los ojos—, ¿estarás ahí para verlo?
—Estaré —respondió ella con calma—. No para celebrar, sino para cerrar una etapa. Y luego… empiezo a vivir la mía. Sin deudas, sin cadenas, sin mentiras. Esa será mi verdadera victoria.