Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.
Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.
Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.
Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.
Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.
Pero ya es demasiado tarde.
Seraf ha decidido llevársela a casa.
La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.
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La presentación
La mañana llegó con una luz pesada y dorada que se filtraba entre las cortinas de terciopelo. Estrella fue despertada suavemente por dos sirvientas, que la esperaban con agua tibia, jabones con aroma a flores blancas y un vestido nuevo: de seda suave, color marfil con bordados dorados en el cuello y los bordes, sencillo pero elegante, muy distinto a su túnica de novicia, y sin embargo, extrañamente parecido en su blancura.
—El Príncipe ordenó que estuvieras lista al amanecer —le dijo una de ellas, con voz baja y respetuosa, sin atreverse a encontrarle la mirada—. Te llevaremos ante él cuando termines.
Estrella asintió en silencio, sin decir una palabra. Dejaba que la lavaran, que la peinaran, que la vistieran, sintiéndose ajena a su propio cuerpo. Cuando terminaron, se miró en un espejo de marco oscuro. Su cabello oscuro estaba recogido con sencillez, su piel brillaba limpia, y el vestido la hacía parecer más alta, más serena… pero sus ojos, grandes y oscuros, delataban el temor que le recorría las venas.
La condujeron por pasillos interminables de piedra fría y altos arcos, hasta llegar a unas puertas dobles enormes de madera oscura y hierro forjado. Allí, esperándola, estaba Serafín. Iba vestido con ropas de un negro profundo bordadas en hilo de oro, el cabello dorado peinado con esmero, y su presencia llenaba el pasillo entero. Al verla, una sonrisa satisfecha curvó sus labios.
—Perfecta —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Ven.
Le ofreció el brazo, y Estrella lo tomó con dedos temblorosos, sin atreverse a negarse. Las puertas se abrieron al empujar de un guardia, y entraron juntos.
El salón era inmenso, con un techo tan alto que parecía perderse en las sombras. En el centro, tras un escritorio de madera oscura y pesada, se hallaban sentados dos personas: Balkan, el Emperador del Continente Sur, y la Emperatriz Cassandra. Balkan era un hombre imponente, de mirada profunda y autoridad natural, que parecía ocupar todo el espacio a su alrededor; a su lado, Cassandra irradiaba una elegancia fría y afilada, como una espada lista para ser desenvainada. Ambos los observaban en silencio, sin decir una palabra, y ese silencio pesaba más que cualquier grito.
Serafín la llevó hasta el centro de la estancia, se detuvo a unos pasos del escritorio y solo entonces la soltó, girándose hacia sus padres con total naturalidad.
—Padre, Madre —dijo Serafín con voz clara y firme—. Les presento a Estrella. A partir de hoy, ella es mi concubina. Vivirá en mis aposentos y formará parte de mi casa.
Estrella sintió que las piernas le fallaban. Bajó la cabeza instintivamente, las manos entrelazadas con fuerza delante de sí, sin atreverse a levantar la vista hacia el Emperador y la Emperatriz. Escuchó el movimiento de tela cuando Cassandra se inclinó un poco hacia adelante, examinándola.
—Concubina —repitió Cassandra, lenta y precisa, como si estuviera pesando cada sílaba—. No esposa.
—No —respondió Serafín con tranquilidad—. Concubina. Es lo que debe ser por ahora.
Balkan, que no había hablado hasta entonces, la miró fijamente, y Estrella sintió esa mirada como si le recorriera la piel, buscando, juzgando, viendo mucho más de lo que ella quería mostrar.
—¿Sabes quiénes somos, muchacha? —preguntó él, su voz grave y profunda, resonando en todo el salón.
Estrella alzó la vista apenas un instante, para volver a bajarla de inmediato, con el corazón golpeándole contra las costillas.
—Sí, Majestad —susurró, con voz apenas audible—. Sois Balkan, Emperador del Continente Sur. Y vos, Emperatriz Cassandra. Sois los soberanos más poderosos del mundo.
—Y sabes lo que significa ser concubina de nuestro hijo —continuó él, sin preguntar, afirmando—. No tienes derechos de sangre, no tienes título, no tienes voz en la corte. Tienes su protección, su techo, su nombre… mientras le seas fiel y mientras él te desee. El día que él deje de quererte, o el día que lo traiciones, o que intentes huir… ya sabes lo que ocurrirá. No hay cabos sueltos en esta familia.
—Lo sé —susurró ella, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que no se atrevía a dejar caer—. No os fallaré, Majestad. No lo fallaré.
Cassandra hizo un gesto leve con la mano.
—Levanta la cabeza, niña. No te hemos llamado para que te escondas. Míranos.
Estrella obedeció, lentamente, y encontró la mirada de la Emperatriz. No había crueldad en ella, pero tampoco había piedad. Solo una claridad fría, implacable.
—Eres la sacerdotisa de la Luz, ¿no es cierto? —preguntó Cassandra—. La que estaba destinada a destruirlo.
Estrella miró a Serafín por un instante, y él solo le devolvió una sonrisa serena, sin confirmar ni negar, dejándola responder por sí misma.
—Lo era —dijo ella, con voz que se quebraba pero que no se detuvo—. Pero ahora… ahora soy suya. Me entregué a él voluntariamente. Y no haré nada que lo dañe. Lo juro por todo lo que sagrado para mí.
Balkan asintió lentamente, como si esa respuesta fuera la única que esperaba.
—Entonces que así sea —dijo—. Serafín, tú respondes por ella. Si comete un error, la responsabilidad será tuya. Si te traiciona, el castigo será para ambos. ¿Entendido?
—Perfectamente, padre —respondió él, sin dudarlo un segundo.
—Bien —concluyó Balkan, haciendo un gesto de despedida—. Puedes llevarla. Que sepa cuáles son sus deberes y sus límites. No queremos escándalos. Y recuerda, muchacha —añadió, mirando a Estrella una última vez—: aquí dentro, la única ley es la voluntad de nuestro hijo. Y fuera de estas paredes… no existe. No eres princesa, no eres sacerdotisa. Eres su concubina. Nada más.
—Sí, Majestad —susurró ella, bajando de nuevo la cabeza.
Serafín le tomó la mano, la apretó con firmeza, y la condujo fuera del salón. Cuando las puertas se cerraron tras ellos, dejándolos solos en el pasillo, él se detuvo y la miró.
—Lo hiciste bien —le dijo, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Eres mía, Estrella. Y ante ellos, ya lo saben todos. No hay vuelta atrás.
Ella lo miró, con el pecho apretado por mil sentimientos a la vez: miedo, vergüenza, rabia… y ese amor que no lograba arrancarse del alma.
—Concubina —susurró ella, con un amargor que no pudo evitar—. No esposa. Solo… concubina.
Serafín sonrió, suave y seguro.
—Por ahora —murmuró, acercándose hasta que su aliento le rozó la frente—. El tiempo dirá qué llegas a ser. Pero por hoy… eres mía. Y eso es más que suficiente.