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Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Status: En proceso
Popularitas:305
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi



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Capítulo 2

Capítulo 2: La Promesa de Quemar el Mundo

Lorena perdió la paciencia.

—Mira, hijo de asesino —escupió, agachándose frente a Renato con el frasco en alto—. Te lo voy a poner más fácil. Si no la tocas, yo me encargo de que todo el mundo se entere de lo que pasó aquí. Voy a editar el video. Voy a hacerlo parecer lo que yo quiera. ¿Y sabes qué va a creer la gente? La gente va a creer lo que siempre cree de ti. Que eres igual que tu papá. Un animal.

Renato no contestó.

—Tu carrera se acabó —siguió Lorena—. ¿Crees que la Federación de Tenis te va a dejar competir cuando salga este video? ¿Crees que algún patrocinador va a tocar a un Solís? Ya estás muerto, idiota. La única diferencia es si te mueres con o sin el sedante.

Me levanté otra vez. Las piernas ya no me temblaban. La droga seguía ahí, espesa en mi sangre, nublándome los bordes de la visión, pero algo más fuerte la estaba empujando hacia abajo. Algo caliente. Furioso.

—Lorena —dije.

—Cállate, Montiel. Esto no es contigo.

—Lorena.

—¡Que te calles!

—Lo que estás haciendo es un delito federal.

La palabra "federal" le arrancó una pausa. Solo un segundo. Pero fue suficiente para ver el miedo cruzarle los ojos antes de que lo aplastara con una sonrisa torcida.

—¿Y quién te va a creer a ti? Estás drogada. Apenas puedes pararte. Mañana no vas a recordar ni tu nombre.

Tenía razón. En la línea original, no recordé nada. Desperté en una cama de hospital sin la menor idea de lo que había pasado, y cuando Lorena presentó su versión — que Renato me había drogado y secuestrado —, no tuve forma de contradecirla.

Pero yo ya no era esa Valentina.

Yo venía de siete años en el futuro. Siete años de perderlo todo: el dinero, la familia, la música, la dignidad. Siete años de aprender que la verdad no se defiende sola.

—Puede que no recuerde —le dije, sosteniendo su mirada—. Pero hay cosas que no se olvidan.

Lorena me miró como se mira a un insecto que de pronto te habla.

—¿Qué te pasa? ¿La droga te pegó raro?

No le contesté. Porque en ese momento, Renato se movió.

Fue tan rápido que ni Lorena lo vio venir.

Un segundo estaba acurrucado contra la pared, temblando, destruido. Al siguiente estaba de pie — un metro ochenta y nueve de músculo y desesperación desplegándose como un resorte — y su pierna cortó el aire con la precisión brutal de alguien que ha entrenado diez mil horas de revés a dos manos.

La patada conectó con el atril.

El atril salió disparado contra la pared. La cámara explotó en un estallido de plástico y vidrio, piezas rebotando por el suelo como dientes rotos.

Lorena gritó.

Pero Renato ya estaba sobre ella. No la tocó — ni siquiera la rozó. Solo le arrebató el frasco de la mano con un movimiento limpio, quirúrgico, de tenista que atrapa una pelota imposible en la red.

Y entonces hizo algo que me detuvo el corazón.

Se volteó hacia mí.

Dio tres pasos. Se arrodilló. Tomó mi brazo — con cuidado esta vez, con una delicadeza que contrastaba tanto con su cuerpo destrozado que quise llorar — y me subió la manga del vestido.

—¿Qué haces? —susurré.

No contestó. Sacó una jeringa del frasco con las manos temblándole tanto que necesitó tres intentos para clavar la aguja. Buscó la vena en mi antebrazo. La encontró.

—Renato. ¿Qué haces? Eso es tuyo, tú lo necesitas...

—Cállate —dijo. Solo eso. Con la misma voz con la que, siete años en el futuro, me diría "lee" mientras me ponía la absolución de su padre entre las manos.

Me inyectó el sedante.

Todo.

No se guardó ni una gota.

El efecto fue casi instantáneo. La niebla de la droga empezó a retroceder, lenta pero constante, como una marea venenosa que por fin encontraba la salida. Los bordes de mi visión se afilaron. El temblor de las manos se detuvo. La náusea se fue apagando como una vela en un cuarto sin aire.

Y mientras yo mejoraba, Renato empeoró.

Le vi la cara cuando se soltó de mi brazo. Los ojos vidriosos. La mandíbula temblando. Se dejó caer contra la pared y se abrazó las rodillas, y el sonido que salió de su garganta no era humano — era el quejido de un cuerpo que se está quemando por dentro y no tiene forma de apagar el fuego.

Le había dado su única salida. A mí. A la hija de la familia que destruyó a la suya.

¿Por qué?

Dios mío, Renato, ¿por qué?

Pero yo conocía la respuesta. La había conocido siete años. En otra vida, en otro cuerpo, en otro tiempo donde ya era demasiado tarde.

Porque Renato Solís era incapaz de lastimar a otra persona. Siempre lo fue. Aun cuando el mundo entero lo trataba como el hijo de un monstruo.

Aun cuando la persona frente a él era la misma que le arruinó la vida.

—¡Estás loco! —Lorena retrocedió hasta chocar con el piano. Las teclas soltaron un acorde disonante, feo, como el graznido de un pájaro moribundo—. ¡Estás completamente loco! ¡Vas a ver, Solís! ¡Vas a ver lo que te pasa!

Renato no la escuchó. O si la escuchó, no le importó. Estaba hundido en su propio infierno, con los ojos cerrados y el cuerpo sacudiéndose como si alguien le pasara corriente por la columna.

Me arrastré hacia él. Esta vez no me empujó. No tenía fuerzas.

—Oye —le dije, cerca, bajito—. Oye. Ya vienen. Aguanta.

No sé si me escuchó. Pero su mano encontró la mía en la oscuridad, y sus dedos — esos dedos largos de tenista, esos mismos dedos que en otra vida me agarraron la cara y me besaron como si quisieran borrarme y escribirme de nuevo — se cerraron alrededor de los míos con una fuerza que dolía.

No lo solté.

Y entonces las escuché.

Sirenas.

Lorena también las escuchó. Y lo que pasó después fue tan rápido, tan ensayado, que entendí que esta mujer no improvisaba. Había planeado cada segundo.

Se arrancó un mechón de pelo. Un tirón seco, brutal, que la hizo lagrimear pero no gritar. Después se pellizcó los brazos — con las uñas, fuerte, dejándose marcas rojas que en unas horas serían moretones perfectos. Se rasgó el cuello de la blusa. Se frotó los ojos hasta enrojecerlos.

Y empezó a llorar.

No un llanto real. Un llanto fabricado, calibrado, con los sollozos justos y los hipos en el momento exacto. Pero era bueno. Era muy bueno. Si yo no hubiera estado despierta, si no hubiera visto cada paso de la construcción, habría creído que era real.

Las sirenas se acercaron. Portazos. Voces. Pasos rápidos en el corredor.

Lorena se tiró al suelo, se acurrucó junto a la puerta, y cuando los primeros policías la abrieron de una patada — tres hombres con chalecos tácticos y linternas que cortaron la oscuridad como bisturíes —, ella levantó la cara bañada en lágrimas y los miró con los ojos más grandes que le había visto.

—¡Fue él! —gritó, señalando a Renato con el dedo—. ¡Fue él! ¡Él la secuestró! ¡Él la drogó! ¡Yo intenté defenderla y me golpeó! ¡Miren, miren lo que me hizo!

Mostró los brazos marcados. El cuello rasgado. El pelo arrancado.

Los policías miraron a Renato.

Un hombre joven, alto, empapado en sudor, temblando, arrodillado junto a una chica inconsciente — porque para ellos yo parecía inconsciente, con el vestido arrugado y el cuerpo contra el suelo — en un salón oscuro que apestaba a químicos.

El hijo de un asesino convicto.

No necesitaban más.

—¡Al suelo! ¡Las manos donde pueda verlas!

Renato no se resistió. No tenía fuerzas para resistirse. Lo tiraron boca abajo contra el concreto y un policía le puso la rodilla en la espalda mientras otro le esposaba las muñecas. El metal hizo un clic que me recordó a otro par de esposas, en otra vida, en otra dirección.

—No fui yo —dijo Renato, con la cara contra el piso. Sin fuerza. Sin esperanza. La voz de alguien que sabe que nadie le va a creer porque nadie le ha creído nunca—. No la toqué. No le hice nada.

—¡Sí fuiste tú! —sollozó Lorena—. ¡Todos lo vieron! ¡La sacó del auditorio! ¡Él la drogó!

Más pasos. Más voces. Paramédicos. Alguien me tomó el pulso. Alguien dijo "está sedada, necesitamos una camilla". Alguien dijo "es la hija de los Montiel".

Y ese nombre lo cambió todo. Montiel. La familia Montiel. La gente dejó de caminar y empezó a correr.

Mientras me subían a la camilla, giré la cabeza.

Vi a Renato en el suelo. Esposado. Con la mejilla aplastada contra el concreto sucio y los ojos abiertos, mirando la nada. Ni siquiera parpadeaba. Tenía la expresión de alguien que está acostumbrado a que el mundo se le caiga encima y ya dejó de esquivarlo.

A su lado, Lorena lloraba con la cara enterrada en las manos de un paramédico, temblando como una hoja, perfecta en su papel de víctima.

En la vida anterior, aquí fue donde cerré los ojos.

Cerré los ojos, me dejé llevar, y cuando desperté en el hospital no recordé nada. No defendí a Renato. No hablé. No hice nada. Y él cargó con la culpa durante años. La Federación lo vetó. Las becas desaparecieron. Los periódicos lo convirtieron en el monstruo que nunca fue.

Todo porque yo me quedé callada.

Apreté los puños sobre la sábana de la camilla.

El sedante que Renato me inyectó me había devuelto la claridad. Los paramédicos no lo sabían — para ellos yo era otra víctima drogada, apenas consciente, incoherente. Pero detrás de mis párpados entrecerrados, mi mente ardía con la precisión fría de un reloj recién calibrado.

Tengo diecinueve años.

Estoy en la Universidad de Ciudad Lirial.

Santiago está vivo.

Mi mano está completa.

Y esta vez...

Abrí los ojos. Completamente. Los paramédicos se detuvieron.

—Señorita Montiel, necesita descansar, no intente...

—Él no fue.

Las palabras salieron claras. Firmes. Afiladas como una cuchilla.

El paramédico parpadeó.

—¿Qué dijo?

Me incorporé en la camilla. Lorena levantó la cara de las manos del otro paramédico, y por primera vez esa noche vi algo real en sus ojos.

Miedo.

—Dije que él no fue —repetí, mirando directamente al policía que tenía la rodilla en la espalda de Renato—. El hombre en el suelo no me secuestró. No me drogó. No me tocó. Fue ella.

Señalé a Lorena.

Y Lorena, con la cara mojada de lágrimas fabricadas, con los brazos llenos de marcas que ella misma se hizo, me miró como si acabara de ver a un muerto levantarse de su tumba.

Porque en cierta forma, eso es exactamente lo que acaba de pasar.

El silencio duró tres latidos. Después, todos hablaron al mismo tiempo.

Pero yo solo miraba a Renato.

Él me miraba desde el suelo. Con esos ojos oscuros, fríos, rotos. Solo que ahora había algo más en ellos. Algo tan pequeño que cualquiera lo habría pasado por alto.

Confusión.

Renato Solís no entendía por qué Valentina Montiel — la princesa de hielo, la hija de la familia que lo trató como basura — estaba defendiéndolo.

No importa, pensé, devolviéndole la mirada. No necesitas entenderlo. Todavía no.

Pero vas a entenderlo. Te lo prometo.

Esta vez, Renato, voy a estar de tu lado.

Aunque tenga que incendiar el mundo entero para demostrarlo.

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Mara
Maravillosa 👏💐 más capitulos por favor ✨
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