Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Gallinas
Rubí necesitaba salir de la casa.
No porque estuviera aburrida.
De hecho, le encantaba estar con sus abuelos. Después de tantos años lejos, aquellas tardes tranquilas eran precisamente lo que había extrañado sin darse cuenta.
Pero llevaba demasiado tiempo sentada en el sofá intentando tejer mientras su abuela hablaba de los años que se había perdido.
Y, sobre todo, llevaba demasiado tiempo pensando en una persona.
Wyatt.
Así que decidió que un poco de aire fresco le vendría bien.
—Voy a ver a las gallinas —avisó desde la puerta.
—Llévales un poco de maíz —respondió su abuela—. Y fíjate si la marrón sigue poniendo huevos.
—¿La marrón?
—La que tiene una mancha blanca en el cuello.
Rubí sonrió.
—¿Cómo se supone que voy a distinguir una gallina de otra?
—Después de tantos años aquí, deberías haber aprendido.
—Yo tenía otras ocupaciones. Como meterme en problemas con Logan.
Desde el sillón, su abuelo levantó la mirada.
—Eso sí lo aprendiste perfectamente.
Rubí rio y salió.
El aire de la tarde era agradable. El sol todavía iluminaba los campos, aunque ya comenzaba a bajar lentamente.
Caminó por el sendero de tierra que llevaba hasta el pequeño gallinero.
Las gallinas empezaron a acercarse apenas escucharon sus pasos.
—Hola, chicas.
Rubí abrió el recipiente de maíz y comenzó a esparcirlo.
Las gallinas se lanzaron sobre el suelo con entusiasmo.
—Tranquilas. Hay para todas.
Una particularmente atrevida intentó picotearle la bota.
—¡Eh!
Rubí retrocedió riendo.
—Tú sí que tienes carácter.
Se agachó para observarlas mejor.
Fue entonces cuando escuchó un sonido extraño.
Un pequeño golpeteo.
Tac… tac… tac.
Rubí levantó la cabeza.
Las gallinas parecían alteradas alrededor de una esquina del gallinero.
—¿Qué encontraron ahora?
Se acercó.
Había una de ellas metida detrás de unas tablas viejas, picoteando algo que brillaba entre la tierra.
Rubí apartó suavemente la gallina.
—A ver…
Metió la mano entre las tablas y sacó el objeto.
Era una pequeña lata metálica, vieja y oxidada.
Rubí la miró con curiosidad.
—¿Y tú de dónde saliste?
La lata tenía la tapa abollada y una pequeña flor grabada en uno de los lados.
Intentó abrirla.
No pudo.
—Perfecto.
Volvió a intentarlo.
Nada.
La golpeó suavemente contra la palma de su mano.
Nada.
—¿Qué escondes?
Se sentó sobre un tronco cercano y examinó la lata.
Entonces vio algo escrito en la parte inferior.
Una fecha.
2015.
Rubí dejó de sonreír.
El último verano que había pasado allí.
Antes de marcharse.
Pasó el pulgar por encima de los números, intentando quitar la tierra acumulada.
—Esto es de cuando todavía estaba aquí…
La curiosidad pudo más que ella.
Se levantó y regresó rápidamente a la casa.
—¡Abuela!
Su abuela apareció desde la cocina.
—¿Qué pasó?
Rubí levantó la lata.
—Encontré esto en el gallinero.
Su abuelo se acercó desde la sala.
—¿Dónde?
—Detrás de unas tablas.
La abuela tomó la lata y la observó.
Durante unos segundos, no dijo nada.
—¿La reconoces?
—No estoy segura.
Rubí la miró con atención.
—¿Era nuestra?
—Puede ser.
—¿Qué significa eso?
Su abuela sonrió con nostalgia.
—Hace muchos años, tú y Logan escondían cosas por todas partes.
Rubí abrió los ojos.
—¿Otra vez nosotros?
—Ustedes dos tenían la costumbre de guardar pequeños tesoros.
—¿Qué tipo de tesoros?
—Piedras, botones, monedas, plumas…
El abuelo agregó:
—Una vez escondieron mi reloj.
Rubí se rio.
—¿Por qué?
—Porque dijeron que querían comprobar cuánto tardaría en encontrarlo.
—¿Y cuánto tardaste?
—Tres días.
Rubí se tapó la boca para no reír demasiado.
—Lo siento.
—No parece que lo sientas.
La abuela volvió a mirar la lata.
—Quizás esto sea de ustedes.
—Pero no puedo abrirla.
El abuelo la tomó.
La examinó por todos lados.
—Está trabada.
—¿Puedes abrirla?
—Probablemente.
Sacó una pequeña herramienta de uno de los cajones y comenzó a trabajar con cuidado.
Después de unos segundos, la tapa cedió.
Clac.
Rubí se inclinó inmediatamente.
Dentro había varias cosas pequeñas.
Una canica azul.
Una moneda antigua.
Un botón rojo.
Dos piedritas.
Y una fotografía diminuta, doblada por la mitad.
Rubí la tomó.
La abrió.
Y soltó una pequeña risa.
Era ella.
Mucho más pequeña.
Estaba sentada en el suelo junto a Logan, ambos cubiertos de barro y con una expresión de absoluta satisfacción.
Detrás de ellos aparecía Wyatt.
Mucho más joven.
Tenía los brazos cruzados y una expresión de evidente cansancio.
Rubí soltó una carcajada.
—¡Mírenlo!
Su abuelo se acercó.
—Ese día habían escapado de la casa.
—No me sorprende.
Rubí siguió observando la fotografía.
Entonces se dio cuenta de algo.
En la esquina inferior había una pequeña escritura.
“No tocar. Propiedad de Rubí.”
Rubí sonrió.
—Era mío.
Su abuela asintió.
—Parece que sí.
Rubí volvió a mirar dentro de la lata.
Había algo más.
Un pequeño papel doblado.
Lo abrió.
Solo había una frase escrita con una letra infantil e irregular:
“Abrir cuando volvamos.”
Rubí se quedó quieta.
Miró a sus abuelos.
—¿“Volvamos”?
—Parece que sí —dijo su abuelo.
Rubí volvió a mirar la fotografía.
Por primera vez entendió que aquella lata no era una de las cosas que había dejado atrás sin importancia.
Era una pequeña promesa hecha por una niña que nunca imaginó que tardaría diez años en regresar.
—Yo realmente pensaba volver el verano siguiente —murmuró.
Su abuela le acarició suavemente el cabello.
—Lo sé.
Rubí sonrió con cierta tristeza.
—La vida se complicó.
—Y ahora estás aquí.
Rubí asintió.
Guardó cuidadosamente todas las cosas dentro de la lata.
Pero antes de cerrarla, volvió a mirar la fotografía.
Tres niños.
Un verano.
Una promesa.
Y un recuerdo que había sobrevivido escondido entre unas tablas del viejo gallinero.
Rubí no sabía por qué, pero sintió que encontrar aquella lata era diferente a las otras cosas que había descubierto desde su regreso.
No parecía una pista.
No parecía que alguien quisiera decirle algo.
Simplemente era una parte de su infancia que había estado esperando, olvidada, hasta que ella regresara.
Y eso le gustó.
—Creo que voy a guardar esto —dijo.
Su abuelo sonrió.
—Esta vez intenta no perderlo.
Rubí levantó la lata.
—Esta vez pienso quedarme el tiempo suficiente para recordar dónde lo puse.
Su abuela sonrió.
—Eso espero.