VOLUMEN 3 Y FINAL
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VOLUMEN 3 — CAPÍTULO 13
Abrí lentamente los ojos.
Durante unos instantes permanecí inmóvil, parpadeando con lentitud mientras mi vista se acostumbraba a la claridad del lugar. Sentía todavía el peso agradable del sueño sobre los párpados y una extraña sensación de desconcierto se apoderó de mí.
¿En qué momento me quedé dormida?
Pensé, intentando reconstruir mis últimos recuerdos.
¿No estaba en el balcón?
Respiré profundamente.
Algo no estaba bien.
La cama bajo mi cuerpo era mucho más cómoda y suave de lo que recordaba. Las sábanas se deslizaban sobre mi piel con una delicadeza casi desconocida, y el colchón parecía hundirse ligeramente bajo mi peso.
Fruncí el ceño.
¿Por qué la cama es tan cómoda?
Me incorporé despacio, dejando que algunos mechones de mi cabello cayeran sobre mis hombros.
Miré alrededor.
No reconocía aquella habitación.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Dónde estoy...?
La pregunta escapó de mis labios en un murmullo.
Me levanté de la cama y apoyé los pies sobre el suelo. Todavía confundida, observé el lugar con detenimiento. No había nada familiar en aquella habitación. La decoración, los muebles, incluso la iluminación parecían pertenecer a un sitio completamente distinto.
De repente reparé en algo que me hizo fruncir el ceño: llevaba puesta una ropa extraña, completamente diferente a cualquier vestimenta que hubiera visto antes.
Entonces, casi por instinto, mis ojos encontraron un enorme espejo.
Me acerqué.
Y fue entonces cuando descubrí algo todavía más desconcertante.
—¿Qué...?
Me quedé contemplándome en silencio.
La mujer que aparecía frente a mí era yo, pero mi vestimenta no se parecía en absoluto a ninguna de las prendas que había usado antes.
Llevaba un vestido de una elegancia extraordinaria, confeccionado en tonos profundos de rojo y marfil. El corpiño se ajustaba delicadamente a mi figura, adornado con bordados dorados y pequeños detalles ornamentales. Las mangas, amplias y translúcidas, caían desde los hombros con una delicadeza casi etérea, mientras varias cadenas doradas descendían sobre la falda.
Toqué distraídamente uno de los adornos.
Era hermoso.
Demasiado hermoso.
Esto no se parece a nada que haya visto en el reino bestia o marino.
Me incliné un poco hacia el espejo, examinando los detalles con creciente curiosidad. La ropa parecía hecha para alguien de una posición extraordinariamente elevada. Cada bordado, cada piedra y cada hilo dorado habían sido colocados con una precisión exquisita.
Por un instante, mi desconcierto quedó relegado por la fascinación.
Hasta que sentí algo detrás de mí.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
Una presencia.
Antes de que pudiera reaccionar, unos brazos rodearon mi cintura desde atrás y me sujetaron con una firmeza que me dejó completamente inmóvil.
—¡...!
Intenté moverme, pero apenas conseguí tensar los músculos.
Aquello no era normal.
El desconocido era increíblemente fuerte.
Su otra mano ascendió lentamente hasta mi rostro y me tomó de la barbilla, obligándome a mantener la cabeza ligeramente elevada. Sentí entonces cómo su rostro se aproximaba a mi cuello.
Una respiración cálida rozó mi piel.
Después, percibí que me olía.
Mis ojos se abrieron con sorpresa.
¿Quién es este hombre?
Intenté activar mi teletransportación.
Nada.
Ni siquiera una chispa de energía respondió a mi voluntad.
Mi expresión cambió.
No...
Lo intenté nuevamente.
Nada.
Mi corazón comenzó a latir con mayor fuerza.
¿Por qué no puedo teletransportarme?
Entonces miré hacia el espejo.
Y lo vi.
Un hombre alto se encontraba detrás de mí.
Su cabello era de un intenso azul rey, largo y brillante, cayendo alrededor de sus hombros. Su cuerpo era alto y musculoso, con una presencia que imponía incluso sin necesidad de pronunciar una palabra.
Mi respiración se detuvo durante un instante.
¿Es mi esposo serpiente?
La semejanza era demasiado grande.
Pero entonces reparé en sus ojos.
Eran negros.
Fruncí ligeramente el ceño.
Espera... no.
Recordaba perfectamente aquellos ojos.
Aunque había sido de noche y apenas había podido verlo durante unos instantes, aquel recuerdo permanecía grabado en mi memoria.
Sus ojos eran rojos.
El hombre seguía junto a mí, con el rostro cerca de mi cuello.
Su respiración volvió a rozarme la piel.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo involuntariamente y de mis labios escapó un pequeño gemido de sorpresa.
Pero ¿por qué se parecen tanto?
La confusión se mezcló con una creciente inquietud.
¿Y quién es este hombre?
No tuve tiempo de encontrar una respuesta.
De repente, hizo que mi rostro se elevara.
Sus labios encontraron los míos.
El beso no fue suave.
Fue voraz.
Sus labios se abrieron sobre los míos con una presión exigente, succionando, mordiendo apenas el labio inferior hasta que un jadeo me arrancó de la garganta. El sonido solo pareció alimentarlo. Su lengua empujó dentro de mi boca sin pedir permiso, caliente, insistente, explorando cada rincón mientras su mano en mi cintura me apretaba con más fuerza, pegándome completamente a él.
Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la fina tela.
El sabor de él era oscuro, peligroso, adictivo. Cada vez que intentaba recuperar el aire, él volvía a atraparme, mordiendo, lamiendo, robándome el aliento otra vez.
Me dio la vuelta, quedamos frente a frente, demasiado cerca el uno del otro.
Mi mente quedó completamente en blanco.
Era un hombre jodidamente guapo.
Demasiado alto, demasiado imponente y con una fuerza que hacía evidente que no podría apartarlo fácilmente. Sin embargo, pese a la sorpresa y al desconcierto, durante aquellos primeros instantes me dejé llevar por la intensidad del beso.
Cuando por fin se separó, un hilo brillante de saliva aún unía nuestros labios.
Ambos respirábamos entrecortados.
Me llevé una mano al pecho mientras intentaba recuperar la compostura.
Mis mejillas estaban completamente rojas.
—Tú... ¿Quién eres?
Él inclinó la cabeza, sin soltarme la cintura. Su pulgar rozó mi labio inferior, todavía húmedo y hinchado por su boca.
Él permaneció en silencio durante unos segundos.
Desde aquella distancia pude apreciar todavía mejor su estatura. Era tan alto que tuve que levantar considerablemente la cabeza para mirarlo a los ojos.
Él me miraba desde arriba.
Entonces sonrió.
No fue una sonrisa amable.
Era una sonrisa peligrosa, lenta, depredadora.
Algo que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda sin que pudiera evitarlo.
Su mirada parecía ocultar demasiadas cosas, como si conociera una verdad que yo ignoraba por completo.
Finalmente habló.
—Soy tu esposo, Thal’Zerion, Dios del Espacio.
Mis ojos se abrieron ligeramente.
Mientras la observaba, Thal’Zerion guardó silencio unos instantes.
En lo profundo de su mente, un pensamiento cruzó por su conciencia.
Y tú, mi querida Diosa Lunar.
Retrocedí inmediatamente.
Di varios pasos hacia atrás hasta poner cierta distancia entre nosotros.
Mi desconcierto se transformó en desconfianza.
¿Thal’Zerion? ¿Dios del espacio?
Lo observé de arriba abajo.
¿Qué nombre tan raro... y además se autonombró un Dios?
Tragué saliva.
Debe estar loco.
A pesar de todo, mantuve la compostura.
No podía escapar mediante mi teletransportación.
Tampoco podía enfrentarme a él directamente. Su fuerza era demasiado grande y ni siquiera comprendía qué clase de poder estaba utilizando para impedirme emplear el mío.
Cerré discretamente una mano.
Necesito encontrar otra forma de salir de aquí.
Intenté entonces invocar a mis esposos.
Nada.
Una vez más, concentré mi energía.
Nada ocurrió.
La conexión parecía completamente bloqueada.
Mi corazón se aceleró.
Aun así, no permitiría que el miedo se apoderara de mí.
Levanté el rostro y lo miré directamente.
—Tú no eres mi esposo... No te conozco.
La sonrisa de Thal’Zerion no desapareció.
Por el contrario, pareció hacerse todavía más profunda.
Dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí instintivamente.
Entonces él respondió con absoluta tranquilidad:
—Pronto lo seré.
no soporto la esperaaaaa