Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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16
### David
Los días pasaron lentos para mí, pero me reconfortaba saber que ella estaba esperando mi regreso. La emoción que sentí al leer su mensaje fue tan intensa que por un instante quise bajar del avión y correr a su lado, pero ya estábamos en pleno vuelo. Mi padre me sonreía con una alegría genuina, mientras yo me perdía fantaseando con el momento de volver a verla.
Las tierras de mi madre eran inmensas, pero la sorpresa fue mayúscula al llegar: el campo estaba cubierto por un manto infinito de tulipanes de todos los colores posibles. Papá y yo nos quedamos sin palabras, estupefactos, hasta que el encargado se acercó con un sobre en la mano.
—Ella me dejó a cargo de estas tierras y prohibió terminantemente su venta —explicó el hombre, entregándome el documento—. Dijo que, si la familia enfrentaba alguna crisis económica, debían utilizarse los fondos de la empresa que su madre tenía en el extranjero.
—Con esto basta y sobra para rescatar la empresa e invertir en los nuevos proyectos —le dije a mi padre, con los ojos brillando mientras contemplaba el paisaje.
—Creo que tu madre sabía que terminaríamos aquí —comentó papá con un dejo de culpa en la voz—. Ella siempre iba un paso adelante de nosotros.
—Sí, así era ella —respondí, con una sonrisa nostálgica mientras pensaba en cómo a Elena le habría encantado estar ahí.
Saqué el teléfono, tomé una foto panorámica del lugar y se la envié acompañada de un simple "buenas noches". Allá ya era tarde, probablemente estuviera dormida.
Guardé el aparato, pero al instante repicó el tono: era una llamada suya.
Todo en mi interior se aceleró. Contesté con las manos temblorosas, apartándome un poco mientras veía a papá dar unos pasos hacia atrás para darme privacidad.
—¿Sí? —dije, conteniendo la respiración.
—Es un lugar muy hermoso —dijo ella al otro lado de la línea, con una alegría que me contagió de inmediato—. ¿Dónde es?
—Es el campo de mamá —respondí, con el pecho lleno de una calidez extraña.
—No sabía que se podía cultivar así... se ve precioso. Y el atardecer se ve increíble, seguro que a Dani le habría encantado estar ahí para tomar fotos.
Aunque suene estúpido, sonreí solo de escuchar lo dulce que sonaba su voz.
—Sí, aquí es maravilloso. Algún día te traeré, tienes que verlo con tus propios ojos. Hay un lago justo detrás, no te imaginas lo hermoso que se ve —le prometí, escuchándola soltar una risita suave.
Hacía tanto tiempo que no la escuchaba reír así que no pude evitar sentir un nudo en la garganta.
—Toma muchas fotos, quiero ver más de ese paisaje.
—De acuerdo.
No sabía qué más decir, o tal vez tenía miedo de arruinar el momento con silencios pesados.
—Te dejo, las chicas acaban de llegar —avisó, y a través del auricular alcancé a escuchar las voces de sus amigas al fondo.
—Está bien, disfruta tu noche.
—Adiós.
—Adiós.
La llamada se colgó. Me quedé un momento de pie, mirando cómo los últimos destellos del atardecer teñían el cielo. Cerré los ojos, dejándome envolver por estas emociones que ya no necesitaba reprimir.
*La extraño tanto*, pensé.
Mientras caminaba de regreso, el teléfono vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de ella:
*«No olvides incluirte en las fotos, necesito tener un recuerdo para amortiguar la espera»*.
Solté una carcajada al leerlo; dudaba mucho que hubiera sido idea suya escribir eso, pero aun así, di media vuelta y regresé al campo de tulipanes. Aunque el sol ya se ocultaba, ajusté la cámara y saqué varias fotos donde se apreciara mi rostro. Se las envié junto con un único emoji de corazón y un texto:
*«Extráñame mucho»*.
Sonreí como un tonto al bloquear el teléfono. Caminé hacia mi habitación sintiendo que, por fin, este viaje estaba valiendo la pena.
### Elena
Mientras comía un trozo de pizza, Kim me arrebató el teléfono de las manos antes de que pudiera reaccionar y le envió un mensaje a David. Al ver lo que había hecho, sentí que la vergüenza me quemaba hasta las orejas.
—¿Por qué hiciste eso? —le reclamé, abriendo los ojos con desmesura.
—No tiene sentido tener un esposo tan guapo y no presumir de él. Lo justo es que te mande una foto suya —se defendió Kim con total desparpajo.
Unos minutos después, el teléfono comenzó a vibrar. Llegaron diez fotografías de él posando entre las flores y el paisaje. Sonreí como una tonta al ver las muecas que hacía; no pude evitar notar lo bien que le sentía la barba, dándole un aire mucho más maduro, y en sus ojos era evidente que algo en su interior había cambiado para siempre.
Pasada la medianoche, decidí responderle:
*«Están muy lindas»*.
No llegó respuesta inmediata, así que supuse que ya se había dormido. Aquí casi eran las dos de la madrugada y yo, embobada viendo sus fotos, no había pegado el ojo.
Sin embargo, a los pocos minutos, la pantalla se iluminó y un mensaje me hizo incorporarme de golpe en la cama, con el corazón galopando como el de una colegiala:
*«¿Qué haces despierta? Deberías estar durmiendo»*.
Sonreí, con las mejillas ardiendo, y tecleé a toda velocidad:
*«No tengo sueño»*.
En lugar de otro mensaje, su llamada entró de golpe. Con las manos heladas por los nervios, deslicé para contestar.
—¿Sí? —logré articular.
—No puedes pasar tantas horas despierta, no te hará bien —dijo con ese tono autoritario que tanto conocía, aunque esta vez venía cubierto de una ternura infinita.
—Es que... no podía dormir —admití, volviendo a recostarme boca arriba en la almohada—. ¿Y tú? ¿Qué haces despierto?
—Pensando en ti —soltó sin preámbulos, provocando que mi pobre corazón diera un vuelco brutal.
—Mmmm, yo...
Me quedé completamente en blanco, sin la menor idea de qué decir.
—Quiero verte —continuó, con un anhelo palpable en la voz—. Ya quiero que sea fin de semana.
—Solo faltan cuatro días —le recordé, intentando infundir algo de calma.
—Son demasiados días, no creo poder aguantar hasta entonces sin ti —susurró, y sentí un revoloteo de mariposas en el estómago que me dejó sin aliento.
—No digas esas cosas... —le pedí, sintiendo que la cara me quemaba de pura pena.
—¿Por qué no? —preguntó, escuchando una suave risa al otro lado de la línea. Era la primera vez en mucho tiempo que lo escuchaba reír así de verdad.
—Me da vergüenza —admití en un hilo de voz.
—Pero es la verdad. Quiero verte, pero ¿sabes qué es lo que más anhelo? —su pregunta me obligó a enderezarme de nuevo, con los ojos bien abiertos.
—¿Qué cosa? —pregunté con el aliento suspendido.
—Darte un beso.
Al escuchar eso, mi cerebro hizo cortocircuito; presa del pánico y de una vergüenza insoportable, colgué la llamada de inmediato. El teléfono volvió a vibrar al segundo. Atendí con las manos temblando.
—¿Qué pasó? —preguntó, y pude imaginar perfectamente la sonrisa traviesa que se dibujaba en su rostro.
—Yo... sentí que se me quería salir el corazón —confesé con total sinceridad.
—Entonces aguanta, porque cuando te vea pienso darte más de uno.
—¡Basta! —le exigí, cubriéndome el rostro caliente con ambas manos, como si él pudiera verme.
—Es mejor que descanses, ya es muy tarde —murmuró con suavidad.
Miré el reloj de reojo: eran las cuatro de la madrugada. Habíamos estado hablando durante dos horas enteras sin darnos cuenta.
—De acuerdo... hasta mañana —dije, sintiendo una pesadez dulce en los párpados.
—Hasta mañana.
Colgué y me quedé tendida en la cama, abrazada a la almohada con una sonrisa tan grande que me dolían las mejillas. Jamás imaginé que se pudiera sentir tanto por una persona.
Quisiera decir que me quedé dormida al instante, pero la verdad es que los ojos se me abrieron como platos hasta que los primeros rayos del sol comenzaron a colarse por la ventana. Cuando bajé a la sala, las chicas me miraron de inmediato, confundidas por mis enormes ojeras, pero sobre todo por la radiante y boba sonrisa que llevaba puesta.
—¿Te has ganado la lotería o qué? —preguntó Kim arqueando una ceja.
—Me he ganado a un esposo muy galán —respondí suspirando, mientras ellas soltaban una carcajada cómplice.
—¿Estuviste hablando con él hasta tardísimo, verdad? —preguntó Eli con una sonrisa genuina.
Asentí lentamente, incapaz de borrar la expresión de felicidad de mi rostro.
—Creo que... estoy más que enamorada —confesé en un susurro.
Ellas se acercaron para rodearme en un abrazo cálido y apretado. Por primera vez en meses, sentí que esta felicidad no era efímera; esperaba, con todo el alma, que esta vez fuera para siempre.