Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 24
Capítulo 24
La cena
La cena del sábado fue un ejercicio de actuación para todos.
Doña Carmen se sentó en la cabecera con su vestido de seda verde y sus aretes de perlas. Alejandro a su derecha, con traje oscuro y la mandíbula tensa. Mariana a su izquierda, con el pelo suelto y la sonrisa correcta. Elena junto a Mariana, con la copa de vino tinto entre los dedos como barrera. Valentina —Lucero— permanecía de pie junto al aparador, en el extremo opuesto del comedor, con el mandil gris y media mejilla cubierta por la prótesis oscura. A distancia, el uniforme y la explicación de que era una pariente lejana de Arturo convertían el parecido en una curiosidad familiar, no en una alarma.
Nana Carmela sirvió crema de elote, filete en salsa de chipotle, y ensalada de nopales con queso fresco. Valentina llenó las copas de agua y de vino, esquivando las miradas con la eficiencia mecánica de alguien que ha servido mesas toda su vida. Que las había servido. Antes de ser la señora Quirós durante seis semanas. Antes de que Alejandro le preguntara qué quería desayunar.
—Mariana, hija, ¿ya empezaron con los estudios? —preguntó Doña Carmen, cortando un trozo de filete con manos firmes que desmentían sus setenta y ocho años.
La pregunta flotó sobre la mesa. Mariana la atrapó con gracia.
—Sí, abuelita. Fui al ginecólogo la semana pasada. Todo está bien. Los resultados salieron normales.
Valentina, que estaba sirviendo agua en la copa de Elena, apretó la jarra. Los resultados eran normales porque Valentina había ido al ginecólogo con el nombre de Mariana, se había abierto de piernas en una silla de vinil bajo luces fluorescentes, y ahora la mujer sentada frente a Doña Carmen recibía el crédito por unos ovarios que no eran suyos.
—Me da gusto —dijo Doña Carmen—. No hay nada que me haría más feliz que un bisnieto. ¿Verdad, Alejandro?
—Verdad —dijo Alejandro, sin levantar la vista del plato.
—¿Y ya dejaste de tomar, como me dijeron?
—Sí, abuela.
—¿Y las vitaminas?
—También.
Doña Carmen sonrió con la satisfacción de quien ve sus instrucciones ejecutadas. Elena levantó la copa de vino.
—Brindo por el futuro heredero de la familia Quirós.
Mariana chocó su copa con la de Elena. Alejandro tomó un trago de agua. Valentina permaneció junto al aparador con la jarra en las manos y una presión en el pecho que le dificultaba respirar. Futuro heredero. Como si el hijo ya existiera. Como si fuera una transacción: óvulo de Valentina, nombre de Mariana, apellido de Quirós. Un negocio cerrado en la mesa de un comedor mientras la madre real servía el agua.
A mitad de la cena, Mariana puso la mano sobre la de Alejandro. El gesto fue natural, ensayado, el tipo de contacto que una esposa haría frente a la abuela de su marido para demostrar que el matrimonio funciona. Alejandro no retiró la mano, pero tampoco la volteó para entrelazar los dedos. La dejó ahí, debajo de la de Mariana, como un objeto que alguien le había puesto encima y que no valía la pena mover.
Valentina observó desde el aparador. Le ardió la garganta con algo que reconoció como celos y que le avergonzó reconocer. No tenía derecho a sentir celos de Mariana tocando a su propio esposo. Mariana era la esposa. Valentina era la suplente, la herramienta, la que servía el agua.
Pero Alejandro no había dejado la mano inerte cuando Valentina le rozó los dedos sobre la pasta del libro en el estudio. Eso sí lo recordaba.
Después de la cena, Doña Carmen se retiró a su habitación con Nana Carmela. Elena subió a hacer una llamada. Alejandro se encerró en el estudio. Y Mariana, en cuanto la sala se vació, le hizo una seña a Valentina.
—Sígueme.
La habitación principal olía al perfume de Mariana: algo floral con fondo de ámbar que Valentina asociaba con órdenes y humillaciones. Mariana se sentó en la cama —la misma cama donde Valentina había dormido seis semanas— y se quitó los tacones con dos movimientos secos.
—Cierra la puerta. Dime todo.
Valentina se quedó de pie, con las manos cruzadas frente al mandil. Voz de Lucero. Postura de Lucero. La otra Valentina, la que tocaba el arpa y desayunaba chilaquiles que alguien le había preguntado si quería, estaba guardada en algún lugar detrás de sus costillas.
—El señor Quirós trabaja en el estudio de nueve a seis. Cena a las ocho. Se acuesta después de las once. Habla poco. Trata bien a Doña Carmen. Toma café negro.
—¿Negro?
—Negro —repitió Valentina, sin que le temblara la voz.
—¿Y contigo? ¿Cómo te trata?
—Profesional. Me da instrucciones de trabajo. No me busca fuera de eso.
Mariana la examinó con los ojos entrecerrados. Valentina le sostuvo la mirada con la expresión vacía de Lucero: atenta, sumisa, sin opinión.
—¿Y lo de la preparación?
—Sigue adelante. Dejé la pastilla. Los estudios salieron bien. Él dejó el alcohol y está tomando vitaminas.
La mentira le raspó la garganta. Alejandro se había negado a buscar un embarazo y ella seguía tomando el anticonceptivo, pero contarle eso a Mariana era perder el único margen de tiempo que había conseguido.
—Perfecto. —Mariana se recostó sobre las almohadas—. Necesito que esto pase rápido. En cuanto quedes embarazada, vienes a verme. Nadie más se entera antes que yo. ¿Entendiste?
—Sí, señora.
Mariana cerró los ojos. Valentina se quedó de pie, esperando la señal de que podía retirarse. Pasaron treinta segundos. Mariana los usó para ajustarse una almohada detrás del cuello.
—Una cosa más. ¿Has visto algo raro? ¿Algo que no cuadre?
—¿Cómo qué?
—No sé. Cualquier cosa. Que se comporte distinto, que haga algo fuera de lo normal.
Valentina pensó en la mesa auxiliar del estudio, las gotas para los ojos, el ibuprofeno preventivo, los chilaquiles verdes con crema. En "tócame una diferente cada noche" y "me acostumbré."
—No —dijo—. Nada fuera de lo normal.
Mariana abrió un ojo.
—¿Segura?
—Segura.
—Bien. Puedes irte.
Valentina salió de la habitación y caminó por el pasillo hacia la escalera. Al pasar frente al estudio de Alejandro, vio la línea de luz bajo la puerta. Estaba adentro, trabajando, o fingiendo que trabajaba. Del otro lado de esa puerta estaba la silla donde ella se sentaba cada mañana, la lámpara que él encendía antes de que ella llegara, el cajón que guardaba una carpeta con su nombre verdadero.
Bajó al cuarto de servicio. La cama era estrecha, el colchón duro, y la almohada olía a detergente barato. La cobija de cachemira de Alejandro estaba doblada a los pies, y Valentina se la subió hasta la barbilla como un escudo contra la noche.
Sacó la libreta. En la columna izquierda —la de Mariana— escribió un resumen puntual: "Mariana presente. Cena familiar. Doña Carmen preguntó por estudios. Mariana se adjudicó los resultados. Elena brindó por heredero."
En la columna derecha escribió: "Le mentí."
Dos palabras. La primera mentira deliberada que le decía a Mariana sobre Alejandro. Antes omitía, editaba, filtraba. Pero esta vez le había dicho "no" cuando la respuesta era "sí, todo ha cambiado, y la razón de que haya cambiado soy yo."
En la tercera columna —la que no tenía título— añadió un cuarto punto:
4. "Me acostumbré."
Cerró la libreta. La metió debajo de la almohada. Y se quedó mirando el techo del cuarto de servicio, que era más bajo y más oscuro que el de la habitación principal, pensando en la pregunta que Alejandro le había hecho sin hacerla: ¿por qué le ponía crema al café de alguien que lo tomaba negro?
La respuesta estaba en una carpeta de cuero negro, dentro de un cajón cerrado con llave, a dos pisos de distancia.
Y Valentina seguía sin saber que existía.