Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 11. SENDEROS DE INVIERNO
El sonido de los coches apagándose en la entrada principal de la casa familiar ya no era el aviso de ninguna huida para evitar encontrarse, sino la señal de que el domingo a las ocho de la noche había llegado. Las luces de la fachada iluminaban el camino de piedra del jardín, guiando los pasos de una gran familia que se abría paso entre risas, carreras infantiles y el alboroto de un hogar lleno de vida. Mercedes esperaba en el umbral con una sonrisa desbordante, abriendo los brazos de par en par para recibir a la marea de nietos que devoraba el pasillo de la entrada con total alegría.
La mesa del comedor de los Ibáñez se había tenido que ampliar dos veces en los últimos años para que cupieran todos alrededor del mantel de gala de los domingos. Las cenas ya no respiraban el silencio incómodo de las antiguas peleas; ahora eran un monumento a la felicidad ruidosa, un espacio compartido donde las voces de los adultos se mezclaban con las travesuras de la nueva generación.
Al fondo del comedor, Laura y Enrique tomaban asiento rodeados por su numerosa y alegre familia. A su lado se acomodaba Tim, que a sus diez años ya mostraba una madurez despierta idéntica a la de su madre y que se pasaba el rato intentando mantener el orden entre sus hermanos menores. Justo enfrente estaba su hermana Sharon, apenas quince meses menor que Tim, una jovencita de nueve años con una mirada atenta que a Estela siempre le recordaba a sus propios años de instituto en el pueblo. Completando el precioso y movido panorama familiar, se encontraban los mellizos de tres años, Lucas y Sofía, que correteaban alrededor de las sillas intentando quitarle los juguetes a su prima.
Nuestros protagonistas, José y Estela, observaban la escena sentados codo con codo en su lugar de siempre, manteniendo un cariño maduro que los años no habían hecho más que afianzar. En el regazo de José descansaba su propia hija de tres años, una pequeña de rizos castaños y ojos oscuros que llevaba el nombre de su madre y que compartía juegos en la alfombra con los mellizos de Laura.
Estela apoyó la cabeza sutilmente en el hombro de su esposo, rozando de forma natural su anillo de casada mientras le servía un poco de agua a la niña. El aroma a fresas de su perfume seguía inundando el espacio, pero ya no era un motivo de distracción molesto para José, sino el aire cotidiano de su propia felicidad.
—Bueno, parece que por fin estamos todos juntos y la mesa de los Ibáñez está completa —comentó Enrique desde su extremo, levantando su copa de vino hacia José con una mirada llena de respeto y afecto fraternal—. Nos pasamos la vida entera de un lado para otro con nuestras obligaciones, pero pasar estas noches en familia es el verdadero premio a tanto esfuerzo.
—Totalmente de acuerdo, Enrique —respondió José con una sonrisa limpia, estrechando la mano de su cuñado por encima del mantel—. El trabajo y los proyectos marchan muy bien, pero la mayor alegría de mi vida es ver a todos mis seres queridos reunidos en estas sillas.
La cena transcurrió entre risas, historias del día a día y las reprimendas cariñosas de Mercedes hacia los mellizos, que insistían en tirar servilletas al suelo "sin querer", repitiendo de forma inconsciente las mismas travesuras con las que Estela solía llamar la atención de José en la adolescencia. Al terminar los postres, mientras los niños se marchaban al salón a jugar bajo el cuidado de Tim y Sharon, José se levantó a paso lento de su silla y salió al porche trasero, apoyándose contra la barandilla de piedra para respirar la brisa fresca de la noche.
Estela no tardó ni dos minutos en salir de la casa a través de la puerta de cristal y colocarse a su lado, rodeándole la cintura con sus brazos y pegando su rostro a su espalda. José se giró despacio en la penumbra, atrayéndola hacia su pecho con una ternura infinita y clavando sus ojos oscuros en el horizonte que se abría sobre el gran manzano del jardín.
Miré a la mujer que tenía entre mi pecho, escuchando el eco lejano de las risas de mis sobrinos y el alboroto tierno de los niños en mitad del salón, y una profunda emoción me inundó el cuerpo entero. Durante diez largos años de mi juventud, me había pasado la vida escondiendo lo que sentía como si el corazón pudiera controlarse con la mente, camuflándome detrás de una farsa ridícula de hombre mujeriego y frío que nunca fui. Me creía seguro de mí mismo, un hombre duro que podía con todo, pero la verdad es que había estado completamente ciego ante lo único que de verdad importaba en este mundo.
Habíamos tenido que rompernos en la distancia, sufrir por personas equivocadas que pasaron por nuestras vidas sin dejarnos nada y tragarme hasta el último gramo de mi maldito orgullo para entender que el amor real no se puede planificar ni forzar. Estela siempre había sido mi norte, mi verdadera mitad, la dueña de cada uno de mis pensamientos desde que tenía coletas y calcetines blancos caídos en la puerta del colegio. Ver a nuestra hija compartir la alfombra con los hijos de Laura, ver a mi hermana menor convertida en una madre valiente y feliz al lado de Enrique, y sentir el calor de los dedos de mi esposa entrelazados con los míos bajo la luz de la luna me dio la certeza definitiva de que todo estaba en su lugar. El juego de perro y gato de la infancia había terminado para siempre, las peleas del porche se habían convertido en un refugio seguro y, mientras le daba un beso largo y apasionado en los labios a la única mujer que he amado, comprendí con el alma aliviada que nuestra historia de amor por fin había encontrado su final feliz, blindando a nuestra gran familia para siempre contra cualquier tormenta del pasado.