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UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

Status: En proceso
Genre:Familia mágica
Popularitas:425
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: El cambio

La casa de los Rojas seguía siendo la misma.

Al menos eso parecía.

Las paredes continuaban llenas de fotografías.

El jardín seguía teniendo huellas de patas por todas partes.

La cocina seguía siendo el lugar donde ocurrían la mayoría de los desastres.

Y Pelé seguía creyendo que cada rincón de la casa le pertenecía.

Pero aunque todo parecía igual, algo había cambiado.

Un cambio pequeño.

Uno que no podía verse desde afuera.

Pero que Emma sentía dentro de ella.

Por primera vez desde que su mamá había fallecido, la niña comenzaba a entender que la vida no era una puerta que se cerraba para siempre.

Era más como un camino.

Un camino donde algunas personas tenían que irse.

Pero otras podían llegar.

Y eso no significaba olvidar.

Después de entregar la carta a Valeria, Emma sintió una tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo.

No porque todos sus problemas hubieran desaparecido.

Todavía había preguntas.

Todavía había momentos donde extrañaba a Mariana tanto que quería correr a buscarla.

Todavía había noches donde abrazaba la almohada pensando en los recuerdos que nunca volverían.

Pero ahora había algo diferente.

Ya no guardaba todo dentro.

Había aprendido que hablar no hacía que el dolor creciera.

A veces hablar hacía que pesara menos.

La mañana del lunes comenzó como siempre.

Con un desastre.

Porque la tranquilidad nunca duraba demasiado en la casa de los Rojas.

Tomás bajó las escaleras y encontró a Max sentado frente a la puerta principal.

El perro tenía una mirada seria.

Demasiado seria.

—¿Qué pasa contigo?

Max movió la cola.

Tomás miró alrededor.

Todo parecía normal.

Hasta que escuchó un ruido detrás de él.

Un sonido extraño.

Como algo arrastrándose.

Se dio vuelta.

Y ahí estaba Pelé.

El gallo caminaba lentamente por el pasillo.

Llevaba una pequeña bufanda.

Tomás cerró los ojos.

—No.

Silencio.

—No quiero saber.

Emma apareció detrás.

Al ver a Pelé comenzó a reír.

—¿De dónde sacaste eso?

Pelé levantó la cabeza orgulloso.

Mateo, que había llegado temprano, respondió:

—Creo que está preparado para el invierno.

Tomás miró al gallo.

—Estamos en verano.

Mateo pensó unos segundos.

—Entonces está preparado con anticipación.

Emma soltó una carcajada.

Esa era una de las cosas que habían cambiado.

Antes, Emma habría intentado detener el desastre.

Ahora muchas veces simplemente se reía.

Porque había descubierto algo:

No todo problema necesitaba convertirse en una batalla.

A veces un poco de caos también podía ser parte de la felicidad.

Durante el desayuno, Tomás recibió una llamada.

Emma observó cómo su expresión cambiaba.

No era una mala expresión.

Era una expresión de sorpresa.

Cuando terminó, dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Qué pasó? —preguntó Emma.

Tomás sonrió.

—Nada malo.

—Entonces, ¿por qué esa cara?

Él miró a Valeria, que estaba sentada junto a ellos.

—Me ofrecieron un trabajo nuevo en el taller.

Todos lo miraron.

—¿Eso es bueno? —preguntó Mateo.

Tomás asintió.

—Sí.

Lucía sonrió.

—Te lo mereces.

Pero Emma notó algo.

Su papá parecía emocionado.

Y aunque ella estaba feliz por él, una pequeña preocupación apareció.

Un trabajo nuevo significaba más cambios.

Y Emma ya sabía que los cambios podían doler.

Esa tarde, mientras hacía tarea, no podía concentrarse.

Lucía se dio cuenta.

—Estás pensando demasiado.

Emma levantó la mirada.

—¿Cómo sabes?

Lucía sonrió.

—Porque cuando piensas demasiado haces la misma cara que Tomás.

Emma hizo una mueca.

—No hago esa cara.

—Sí la haces.

La niña intentó evitar una sonrisa.

—¿Qué piensas?

Emma miró su cuaderno.

—Todo está cambiando.

Lucía se sentó junto a ella.

—Sí.

—Papá tiene un trabajo nuevo.

—Sí.

—Valeria está cada vez más cerca.

Lucía esperó.

—Mateo viene más seguido.

Otra pausa.

—Y siento que mi vida está cambiando demasiado rápido.

Lucía entendía esa sensación.

Porque aunque Emma era una niña, había tenido que adaptarse a cosas demasiado grandes.

Primero perdió a su mamá.

Después tuvo que acostumbrarse a una casa diferente.

A un papá cansado.

A niñeras que iban y venían.

A una nueva persona entrando en su vida.

Era normal que una parte de ella quisiera detener todo.

—Emma.

—¿Sí?

—¿Sabes qué significa cambiar?

La niña negó.

—Significa que algo termina.

Lucía sonrió.

—No siempre.

Emma la miró.

—Entonces, ¿qué significa?

—A veces significa que algo está creciendo.

Esa frase se quedó con Emma.

Porque quizás eso era lo que estaba pasando.

No estaba perdiendo su antigua familia.

Estaba creciendo una nueva.

Pero mientras Emma aprendía a aceptar los cambios, había alguien que todavía tenía dificultades.

Tomás.

Aunque él parecía feliz, también tenía miedo.

Porque volver a construir una vida después de una pérdida no era sencillo.

Esa noche, Tomás y Valeria hablaron en el jardín.

Los dos miraban a los niños jugar.

Mateo y Emma corrían detrás de Max.

Pelé caminaba cerca vigilándolos.

—Ella está diferente —dijo Valeria.

Tomás sonrió.

—Sí.

—Me preocupa que haya tenido que madurar tan rápido.

Tomás bajó la mirada.

—A mí también.

Hubo silencio.

—A veces siento que fallé como padre.

Valeria lo miró.

—¿Por qué?

—Porque no pude evitar que sufriera.

Valeria negó.

—Tomás, ningún padre puede evitar todo el dolor de sus hijos.

Él la miró.

—Pero puedes enseñarles que no tienen que enfrentarlo solos.

Mientras ellos hablaban, Emma escuchó una parte desde la ventana.

No quería espiar.

Pero escuchó una frase.

"No tienen que enfrentarlo solos."

Y pensó en todo lo que había ocurrido.

En Lucía.

En Mateo.

En Valeria.

En su papá.

Quizás realmente no estaba sola.

Al día siguiente ocurrió algo inesperado.

Emma llegó de la escuela con una noticia.

—Papá.

Tomás estaba arreglando una herramienta.

—¿Qué pasó?

La niña dejó la mochila.

—La profesora pidió hacer un trabajo sobre la familia.

Tomás sonrió.

—Qué bonito.

Pero Emma no parecía feliz.

—No sé qué poner.

Él dejó la herramienta.

—¿Por qué?

Ella dudó.

—Porque mi familia es diferente.

Tomás entendió.

Para muchos niños, una familia era algo sencillo.

Papá.

Mamá.

Hijos.

Pero la familia de Emma era más complicada.

Tenía una mamá que ya no estaba.

Un papá que intentaba empezar de nuevo.

Una mujer que estaba entrando poco a poco.

Un niño que se estaba convirtiendo en un hermano.

Y una cantidad absurda de animales.

—Emma.

—¿Sí?

—Tu familia no tiene que parecerse a la de otros.

Ella lo miró.

—¿No?

—No.

Tomás sonrió.

—Las mejores familias no son las perfectas.

Son las que se quedan.

Esa frase le gustó.

Porque era exactamente lo que estaba aprendiendo.

Para el trabajo decidió hacer un dibujo.

No dibujó una familia perfecta.

Dibujó su casa.

Estaban todos.

Tomás.

Ella.

Valeria.

Mateo.

Lucía.

Max.

Luna.

Misha.

Copito.

Las gallinas.

Y por supuesto...

Pelé.

Cuando la profesora vio el dibujo, sonrió.

—Veo que tienes una familia grande.

Emma respondió:

—Sí.

—¿Y feliz?

La niña pensó.

Antes habría dudado.

Pero ahora respondió:

—Sí.

Esa tarde volvió a casa orgullosa.

Pero encontró un problema.

Uno enorme.

Pelé había decidido participar en su tarea.

Había picoteado una esquina del dibujo.

Tomás miró el papel.

—¿Lo hizo Pelé?

Emma suspiró.

—Sí.

Mateo miró el dibujo.

—Creo que quiso firmarlo.

Emma comenzó a reír.

—Claro.

—Porque él cree que es importante.

Pelé levantó la cabeza.

Como si confirmara la teoría.

Esa noche, Emma escribió:

"Hoy entendí que mi familia cambió."

"Pero cambiar no siempre significa perder."

"A veces significa ganar personas nuevas."

"Mamá sigue conmigo."

"Papá sigue conmigo."

"Y ahora tengo más personas que me cuidan."

Cerró el cuaderno.

Miró la fotografía de Mariana.

—Te extraño.

Susurró.

—Pero creo que estaría bien.

Y por primera vez dijo algo que meses atrás habría sido imposible:

—Creo que podrías querer a Valeria también.

Afuera, Pelé cantó.

Aunque era de noche.

Como siempre.

Emma abrió la ventana.

—¡Pelé!

El gallo respondió.

—Quiquiriquí.

Emma negó sonriendo.

—Nunca vas a cambiar.

Pero después pensó.

Quizás cambiar no significaba convertirse en otra persona.

Quizás cambiar significaba aprender.

Aprender a querer.

Aprender a perdonar.

Aprender a seguir adelante.

Sin embargo, mientras la familia comenzaba a encontrar un nuevo equilibrio, una nueva situación estaba por llegar.

Porque Tomás y Valeria estaban acercándose cada vez más.

Y pronto Emma tendría que enfrentar una pregunta que todavía no estaba lista para responder:

¿Qué pasaría si Valeria dejaba de ser una visita y comenzaba a formar parte de su hogar?

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