Tras perder a su esposa durante el parto, Adrian se convirtió en un hombre frío, distante y emocionalmente inaccesible. A sus treinta años, es un CEO exitoso en Los Ángeles que mantiene su propio dolor bajo control, hasta que se da cuenta de que falla justo donde más importa: como padre.
Helena, brasileña de veinticinco años, se muda a Los Ángeles por la universidad. Lejos de casa y necesitando mantenerse por sí misma, acepta un trabajo como niñera para cubrir sus gastos mientras estudia. Lo que no espera es crear un vínculo inmediato con Lívia, una niña de cuatro años marcada por silencios que nadie supo escuchar.
La presencia de Helena transforma la rutina de la casa y obliga a Adrian a enfrentar sentimientos que intentó enterrar. Entre límites profesionales, duelo y decisiones difíciles, nace un lazo peligroso, porque cuando alguien entra en tu vida para quedarse, ya no hay forma de salir ileso.
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Capítulo 19
Elena
La rutina había vuelto a parecer normal. Al menos por fuera. Despertar temprano, preparar el café, ayudar a Lívia a vestirse, revisar mentalmente horarios de la facultad, organizar la casa, fingir que mi corazón no se aceleraba cada vez que Adrian aparecía en el mismo ambiente que yo. Después de aquel beso, algo había cambiado. No de forma explosiva. Nada de discusiones, declaraciones o clima extraño descarado. Era peor. Era silencioso. Él me miraba más que antes. Yo pensaba en él más de lo que debía. Y Lívia, bueno, Lívia se había vuelto oficialmente una conspiradora. Aquella mañana, yo ayudaba a Margareth a organizar algunas cosas en la cocina mientras Lívia tomaba café sentada a la mesa, balanceando las piernas.
"Elena," llamó de repente, con la boca sucia de chocolate.
"¿Qué pasa, mi amor?"
"Cuando te cases con mi papá, ¿vamos a vivir todos juntos en el mismo cuarto?"
Margareth se atragantó con el té y yo casi dejé caer la cuchara.
"¡Lívia!" hablé intentando mantener la compostura. "¿De dónde sacas esas cosas?"
"De mi cabeza," respondió naturalmente. "Y Margareth dijo que ustedes combinan."
Me giré lentamente hacia la señora que fingía, muy mal, que estaba demasiado ocupada revisando el armario.
"Margareth…"
Ella sonrió, sin ningún cargo de conciencia. "Solo dije que algunas personas entran en nuestra vida para quedarse."
"Y tú te vas a quedar," completó Lívia, convencida. "Lo prometiste."
Mi pecho se apretó, pero forcé una sonrisa. "Yo prometí quedarme ahora. Y ahora es lo que importa."
Ella pareció satisfecha con la respuesta, al menos por algunos minutos. Más tarde, mientras yo me preparaba para ir a la facultad, Lívia apareció sentada en mi cama, abrazando mi almohada.
"¿Vas a tardar?"
"Un poquito solo."
Ella me observó en silencio por algunos segundos. "¿Te gusta mi papá?"
La pregunta vino tan de la nada que yo casi reí de nervios.
"¿Por qué todo el mundo resolvió hablar de eso conmigo esta semana?" murmuré más para mí misma.
"Porque es importante," respondió seria demás para una niña de cuatro años.
Me senté al lado de ella. "Me gusta él como… como tu papá, como mi jefe, él es un buen jefe."
Ella frunció la frente. "Pero te pones roja cuando él se acerca."
Yo abrí los ojos. "¿Me estás observando?"
"Uhum," ella confirmó. "Y él también se pone extraño cerca de ti. Él no se pone así con las otras."
Suspiré. "Niños no deberían ser tan inteligentes."
"Yo soy especial," ella dijo sonriendo.
En la facultad, yo hasta intenté concentrarme, pero fallé miserablemente. Camila percibió en el primer minuto.
"Tienes cara de quien durmió, pero no descansó."
"Es una buena definición," digo dejando caer la cabeza en la mesa.
"Él te besó, ¿no fue?" ella pregunta directamente.
Yo casi me caí de la silla. "No tienes límites."
Ella rió. "Amiga, volviste diferente aquel día. Y ahora estás con esa cara de novela mexicana. Denuncia todo."
"Yo estoy intentando fingir que nada aconteció."
"¿Y está funcionando?"
Miré para la nada. "Ni un poco."
"Necesitas hacer algo con eso," ella habla lo que yo ya sabía.
"Lo sé..."
Las horas pasan y yo me quedo en mi silla leyendo la materia e intentando prestar atención en el profesor, algo que no estaba consiguiendo hacer. Cuando volví para casa ya eran casi once de la noche, yo encontré a Lívia esparcida en la alfombra de la sala, rodeada de muñecas, y Margareth sentada en el sofá observando todo con atención.
"¡Elena!" Lívia corrió hasta mí. "¡Llegaste! Margareth estaba ayudándome a elegir el vestido de nuestra boda."
Parpadeé algunas veces.
"¿Qué?"
"De las muñecas," Margareth corrigió rápido. "Claro."
"Uhum, sé..." murmuré, nada convencida mirando fijo para Margareth.
Lívia jaló una muñeca con un vestido blanco exagerado. "Esa soy yo."
Tomó otra muñeca, de vestido simple. "Esa eres tú."
Y entonces tomó un muñeco cualquiera. "Y ese es el papá."
"Él no se parece mucho a tu papá," intenté argumentar.
"Pero él manda," ella respondió, como si eso explicase todo.
No conseguí aguantar la risa. "Está bien, eso fue convincente. Pero dime porque tú aún estás despierta a esta hora? Tu horario de dormir es a las ocho."
"Yo no conseguí dormir después que tú saliste, entonces Margareth me dejó jugar hasta que tú vuelvas y me pongas para dormir de nuevo."
"Todo bien, entonces, ¿qué te parece un baño caliente en la bañera y después yo cuento una historia nueva para ti?"
"¡Sí!" ella gritó animada ya levantándose de la alfombra.
Más tarde, preparé el baño de Lívia. Quedamos en la bañera jugando, ella haciendo espuma parecer nube y diciendo que iba a vivir en ellas cuando creciese. Después del baño, pijama, historia, abrazo apretado.
"¿Vas a quedarte conmigo para siempre?" ella preguntó, ya soñolienta.
"Yo estoy aquí ahora," respondí, sincera.
"Entonces está bien."
Salí del cuarto de ella usando apenas la bata, andando en la punta de los pies para no atraer atención de nadie ya que yo estaba solo de bata de baño, algo que no debería, ya que yo estaba en mi trabajo. La casa estaba silenciosa demás. Giré el corredor distraída y choqué con alguien.
"¡Disculpa!" hablé en el reflejo.
"Andas rápido demás," Adrian respondió.
Mi corazón erró una batida. "Yo estaba intentando no hacer barullo."
"Pero ya hiciste," él dijo, con una media sonrisa.
Quedamos parados, mirándonos.
"¿Ella durmió?" él preguntó.
"Durmió. Ella estaba cansada."
"Ella habló de ti el día entero."
"Ella habla demás," respondí riendo flaco.
"A ella le gustas."
"Yo sé, a mí también me gusta ella."
El corredor quedó en silencio. Uno de aquellos que dicen todo.
"A Margareth también le gustas," él comentó.
"Eso es preocupante."
Él rió bajo. "Ella piensa que haces bien para Lívia."
"¿Y a ti?"
Él me miró con atención. "Yo pienso que haces bien para mí."
Mi cuerpo entero respondió antes de mi mente. Cuando percibí, ya estábamos cerca demás. El beso vino de nuevo, lento, sin urgencia, pero cargado de algo nuevo. No era solo deseo. Era sentimiento tomando forma. Cuando nos alejamos, él sujetó mi mano.
"Ven."
No necesité preguntar para dónde. Entramos en el cuarto de él en silencio. La puerta se cerró detrás de nosotros, y por primera vez desde que llegué en aquella casa, yo no sentí miedo del futuro. Yo sabía que aquello no era correcto, pero yo quería tanto que solo acepté sin pensar en las consecuencias. El cuarto de él era amplio, con una cama king size dominando el centro, sábanas blancas impecables contrastando con la luz suave de la lámpara de cabecera. Él me jaló gentilmente para más cerca, los ojos fijos en los míos, como si quisiese memorizar cada trazo. Mi bata de algodón, el único que yo vestía después del baño, resbaló un poco del hombro, revelando la piel aún húmeda.
"Eres linda," murmuró él, la voz ronca, mientras sus manos subían por mis brazos, trazando un camino lento hasta el nudo de la bata.
Desató con delicadeza, dejando el tejido abrirse como una cortina. Mi corazón aceleró, pero no era solo nerviosismo era él, el hombre que yo admiraba en la oficina como jefe intocable, ahora vulnerable en mi frente, padre de la niñita que yo cuidaba con tanto cariño. Caímos en la cama juntos, cuerpos entrelazándose despacio. Sus besos descendieron por mi cuello, calientes y deliberados, mientras yo arqueaba la espalda, sintiendo el peso de él sobre mí.
Las manos de él exploraban mi piel desnuda, firmes, pero tiernas, como si temiese que yo desapareciese. Yo respondí con la misma hambre, jalando su camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis dedos. No había prisa; era como si el mundo allá fuera, la hija durmiendo en el cuarto al lado, los e-mails del trabajo mañana, las reglas que quebrábamos hubiesen parado. Él se movió sobre mí, nuestros cuerpos uniéndose en un ritmo que parecía inevitable.
Cada toque, cada suspiro, cargaba lo que no decíamos en voz alta: eso iba además del deseo. Era pasión transformándose en algo mayor, peligroso e irresistible. Cuando el placer nos consumió, vino en ondas suaves, dejándonos jadeantes y entrelazados, sudados y reales. Quedamos allí después, él trazando círculos perezosos en mis espaldas.
"Eso cambia todo," dijo él bajito, besando mi frente. Yo asentí, el pecho apretado de miedo y felicidad. Sabía que la hija de él despertaría en breve, que el sol traería la realidad de vuelta. Pero, por primera vez, yo no quería huir.