Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 14 EL COCHE
*Jueves. 10:18 AM. Garaje. Piso -3. Volkov Industries.*
El garaje olía a cemento húmedo y a nafta.
Silencio. Solo el eco de sus pasos rebotando en las paredes.
Dmitri caminaba rápido. Corbata en la mano, arrugada. Camisa desajustada en el cuello. Furia contenida. O miedo. O las dos cosas.
Ana iba dos pasos detrás. Tablet contra el pecho. Como un escudo. Como si los papeles la pudieran proteger de él.
Él abrió la puerta del auto negro sin mirar al chofer.
—Fuera —ordenó. Una palabra.
El chofer se bajó sin preguntar. Dmitri se puso al volante.
—Sube —dijo. Mirando al frente.
Ana dudó. Un segundo. Muy largo.
Si subía, cruzaba una línea. Si no subía, volvía al piso 48 a fingir que nada pasó.
Subió.
Portazo. Cinturón.
Arrancó. Fuerte. Las ruedas chillaron un poco contra el cemento.
Nadie habló hasta salir del edificio. Hasta que el sol les pegó en la cara.
*10:32 AM. En movimiento. Ruta 76.*
—Estás enojado conmigo —dijo ella. Bajito. Sin mirarlo.
—No —dijo él, ojos en la ruta—. Estoy enojado conmigo. Por exponerte. Por dejar que Orlov te mirara así. Por no haberlo sacado antes.
Ana lo miró de reojo. Perfil tenso. Mandíbula marcada. Las manos apretando el volante hasta que se le pusieron blancos los nudillos.
—Me defendiste —dijo ella—. Delante de todos. Nadie me defendió nunca así. Ni mi padre. Ni nadie.
Dmitri frenó en un semáforo. Giró. La miró de frente.
—Porque nadie más tiene derecho —dijo. Voz baja, peligrosa—. Solo yo. A cuidarte. A enojarme por ti. A decidir.
El semáforo cambió a verde. Siguió.
Ana se quedó callada. Porque no supo qué decir a eso.
—¿A dónde vamos? —preguntó al final.
—Lejos —dijo él—. Donde no nos conozcan. Donde no seas Asistente B. Donde yo no sea el señor Volkov.
—Dmitri, tenemos trabajo —dijo ella—. Irina. La reunión de las tres.
—Que la haga Irina —dijo él—. Hoy no trabajo. Hoy respiro.
*11:15 AM. Una cabaña. Afuera de Tornquist. Camino de tierra.*
Chica. Madera vieja. Ventanas grandes que daban al bosque. Sin vecinos en un radio de dos kilómetros.
Él sacó una llave de su bolsillo. No era la llave del edificio. Era una llave simple, gastada.
—Es mía —dijo—. La compré hace cinco años. Nadie de la empresa sabe de este lugar. Ni Irina. Ni mi padre cuando vivía.
Entraron.
Frío. Olor a leña vieja y a tierra mojada. Silencio. De esos que pesan.
Ana dejó la tablet en una mesa de madera. Se sacó el saco gris. Lo colgó en una silla.
Se quedó en camisa blanca y pantalón gris. Lentes puestos. Armadura completa, pero fuera del piso 48 se veía distinta. Más chica. Más real.
Dmitri se quitó el saco. La corbata. Abrió dos botones de la camisa.
Se quedaron parados. Lejos. A tres metros. Como en la oficina.
—Dijiste que no me escondías más —dijo él—. Pero aquí no hay piso 48. Aquí no hay jefe y asistente. Aquí no hay reglas.
Ana asintió. Se quitó los lentes. Lentamente. Los dejó en la mesa junto a la tablet.
Parpadeó. Sin ellos el mundo estaba borroso. Pero él se veía más nítido.
—Entonces dime quién soy aquí —dijo. Voz casi un susurro.
Dmitri caminó hasta ella. Lento. Le dio tiempo de irse. Ella no se movió.
—Eres Ana —dijo—. La que me tiene loco desde el sábado en la Gala. La que me mira por encima de esos lentes y se me olvida mi apellido. La que me hace querer romper todas mis reglas.
Le quitó un mechón del rodete. El pelo se le cayó a un lado. Medio rodete, medio suelta.
—Eres la mujer que elegí delante de Orlov —dijo—. Aunque me cueste Moscú. Aunque me cueste todo.
Ana levantó la vista. Sin lentes. Vulnerable. Sin la máscara de “invisible”.
—Tengo miedo —susurró—. De que cuando se calme todo esto, cuando baje la adrenalina, te arrepientas. De que mires a una mujer como yo y pienses “¿qué hice?”.
Dmitri le tomó la cara con las dos manos. Pulgar en su mejilla. Pulgar en su labio inferior.
—Mírame —dijo. Y esperó a que ella lo hiciera—. ¿Crees que esto se va a calmar?
Ella negó con la cabeza. Los ojos le brillaban.
—Entonces deja de tener miedo —dijo él—. Y bésame. Porque si no lo haces tú, lo hago yo y no sé si voy a poder parar.
Ana dudó. Un segundo. Dos.
Y lo hizo.
Se alzó de puntas y lo besó ella primero.
No fue desesperado como en el archivo piso -2. No fue con culpa.
Fue ella eligiendo. Ella decidiendo.
Dmitri se quedó quieto un segundo, sorprendido. Y después la agarró de la cintura. La levantó un poco del piso. La pegó a él.
La besó de vuelta. Más profundo. Como si llevara tres días con sed y ella fuera agua.
Cuando se separaron, los dos respiraban mal. El pecho subía y bajaba.
—Archivo cerrado —dijo él contra sus labios. Recordando.
—Archivo quemado —dijo ella—. No hay más archivo.
Dmitri sonrió. Por primera vez de verdad. No la sonrisa de CEO. La de Dmitri.
La cargó. Sin esfuerzo.
—La oficina puede esperar —dijo—. Tú no.
Y la llevó al cuarto.
Puerta cerrada.
El mundo afuera dejó de existir.
*2:17 PM. Después.*
El silencio era distinto ahora.
No era el silencio incómodo de antes. Era un silencio lleno. Cálido.
Ana estaba sentada en el borde de la cama. Sacó tirado en una silla. Pelo suelto, enredado. Sin lentes.
Dmitri estaba frente a la ventana. Espalda ancha. Camisa abierta. Mirando el bosque como si no supiera qué hacer con las manos.
—Dmitri —dijo ella.
Él se giró.
—Aquí no hay “señor Volkov” —dijo él antes de que ella hablara—. Aquí solo hay yo.
Ana asintió. Se abrazó a sí misma.
—Tengo frío —mintió.
Dmitri agarró una manta. Se sentó a un metro. No pegado. Respetando.
Le puso la manta en los hombros. Sus dedos rozaron su cuello.
—No tienes frío —dijo él honesto—. Tienes miedo. Y está bien.
Ana soltó el aire.
—Pensé que iba a ser raro después —dijo—. O que te ibas a ir.
—Lo único raro —dijo él—. Es que tardé tanto en entender que te quería.
La frase la rompió. No lloró. Pero por dentro sí.
—Mi mamá trabajó en dos turnos para que yo estudie —dijo ella, de repente—. Mi papá se fue. Por eso soy gris. Porque cuando eres invisible, no te van a dejar.
Dmitri le tomó la mano.
—Yo no me voy —dijo—. Yo me quedo. Incluso cuando seas un desastre. Incluso cuando discutamos. Me quedo.
Se quedaron así. Manos tomadas. Sin hablar.
*4:30 PM.*
El sol se metía naranja por la ventana.
Ana se quedó dormida apoyada en su hombro.
Dmitri no se movió. Le pasó los dedos por el pelo. Despacio. Como si fuera de cristal.
Cuando ella abrió los ojos, él seguía ahí.
—Deberíamos volver —dijo ella.
—Que esperen —dijo él—. Hoy es nuestro.
Hizo café. De verdad. Se lo sirvió negro. Como le gustaba.
—Tres años sirviéndote café —dijo él—. Algo se aprende.
Hablaron. De verdad. Sin títulos.
Ella de Masha. Él de su padre.
*6:12 PM.*
Tuvieron que irse.
Ana se puso el saco. Pero el rodete lo dejó medio suelto. Los lentes se los guardó en el bolsillo.
—Déjalos —dijo Dmitri.
—En el trabajo los necesito —dijo ella.
—En el trabajo —dijo él—. Pero ahora no.
*7:45 PM. Tornquist. Su edificio.*
Frenó frente a la puerta.
—El lunes vuelves como Asistente B —dijo él.
—Lo sé —dijo ella.
—Y el lunes a las ocho —dijo él—. Eres Ana.
Ana se inclinó. Lo besó. Corto. En la boca.
—Gracias por no hacerme invisible hoy —dijo.
Subió.
Él se quedó hasta que se apagó la luz de su ventana.
*Fin del Capítulo 14.* 1.301 palabras.
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