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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 10

​La tercera noche del castigo del silencio era la más fría de la semana. La niebla de Asque había ascendido por el acantilado, pegándose a los ventanales de la mansión como un sudario gris y húmedo. Evelyn se encontraba tumbada en la cama con dosel, despierta, con los ojos fijos en las sombras del techo. El aislamiento la había dejado exhausta pero incapaz de conciliar el sueño; la falta de estímulos externos hacía que sus propios pensamientos fueran demasiado ruidosos.

​De pronto, un sonido rompió la quietud de la madrugada.

​No era el viento ni el crujido habitual de la madera. Era un grito. Un sonido ahogado, ronco y cargado de una agonía tan pura que a Evelyn se le erizó la piel de los brazos. Venía de la habitación contigua, el dormitorio privado de William, separado del suyo por una pesada pared de piedra y una puerta de intercomunicación que siempre permanecía cerrada bajo llave.

​—¡No! —la voz de William resonó de nuevo, esta vez más clara, perdiendo toda su modulación militar y convirtiéndose en el lamento de un niño aterrorizado—. ¡Sácala de ahí! ¡El fuego... está en todas partes! ¡Evie!

​Evelyn se incorporó de un salto en la cama, con el corazón desbocado. Esa voz no pertenecía al Comandante de Asque; pertenecía a Will. Los recuerdos del incendio que había destruido el orfanato y la aldea de su infancia, el evento que los había separado diez años atrás, estaban desgarrando la mente del hombre en su delirio nocturno.

​—¡Will! —gritó Evelyn, olvidando por completo el castigo, la prisión y el odio.

​Corrió descalza hacia la puerta de intercomunicación de madera y bronce que conectaba ambas habitaciones. Comenzó a golpear la madera con ambos puños, el sonido de sus golpes resonando en el pasillo exterior.

​—¡Déjenme salir! —gritó hacia la puerta principal de su habitación, sabiendo que los guardias la escuchaban—. ¡Está teniendo un ataque! ¡Déjenme pasar!

​Al otro lado de la pared, los gritos de William se transformaron en jadeos erráticos y violentos, el sonido de muebles siendo arrastrados y cristales rompiéndose contra el suelo. Los guardias del pasillo, tras unos segundos de vacilación y temiendo por la vida de su Comandante ante un colapso que ellos no sabían cómo manejar, giraron la llave de la puerta de Evelyn.

​En cuanto la puerta se abrió una rendija, Evelyn empujó al soldado con una fuerza nacida de la urgencia y corrió por el pasillo exterior directo a la suite presidencial de William, cuya entrada estaba custodiada por otros dos guardias desconcertados.

​—¡Abran la puerta o morirá de un colapso cardíaco! —mintió Evelyn con autoridad médica, sus ojos brillando con una determinación que no admitía réplica.

​Los guardias, asustados por el estado de su superior, abrieron la cerradura. Evelyn entró como una exhalación, cerrando la puerta tras de sí para evitar que los soldados presenciaran la debilidad de su líder.

​La suite presidencial de William era un caos de sombras y destrucción. Las sábanas de su inmensa cama estaban desgarradas en el suelo, una lámpara de mesa de cristal yacía hecha añicos y, en el rincón más oscuro, junto al gran ventanal que daba al abismo, William se encontraba de rodillas.

​El Comandante estaba empapado en sudor, su camisa negra de seda abierta, revelando su pecho que subía y bajaba en espasmos violentos. Tenía las manos apoyadas en el suelo, con los dedos crispados como si intentara aferrarse a una tierra que se abría bajo él. Sus ojos azules estaban abiertos de par en par, pero no veían la habitación; veían las llamas rojas y amarillas de su pasado, el humo asfixiante que le había arrebatado todo lo que amaba.

​Evelyn no lo dudó. Cruzó la habitación destrozada y se arrodilló frente a él sobre el suelo frío.

​—William... Will, mírame —dijo, su voz de boticaria adquiriendo un tono de extrema suavidad, el mismo que usaba para calmar a los pacientes delirantes en la botica.

​Él no pareció escucharla. Sus respiraciones eran silbidos cortos que no lograban llenar sus pulmones. El pánico lo estaba asfixiando.

​Evelyn extendió sus manos y, con una delicadeza infinita, tomó el rostro de William entre sus palmas. El contacto directo de su piel cálida contra las mejillas frías y sudorosas del Comandante fue como un ancla en medio de la tempestad. William se tensó al sentir el tacto, y sus ojos azules finalmente enfocaron la figura que tenía enfrente.

​—Evie... —susurró él, su voz quebrándose, perdiendo toda la autoridad que lo caracterizaba—. Estás ardiendo... el fuego...

​—No hay fuego, Will —respondió ella, una lágrima de pura compasión resbalando por su mejilla al ver al niño herido detrás de los ojos del monstruo—. Estoy aquí. Es agua de lluvia, es el sauce. Estás a salvo. Respira conmigo.

​William la miró, y en esa fracción de segundo, la máscara del Comandante se desintegró por completo. La vulnerabilidad que tanto había ocultado se mostró sin defensas. Con un gemido ahogado que pareció nacer desde lo más profundo de su ser, William se abalanzó hacia delante, rodeando la cintura de Evelyn con sus brazos poderosos y enterrando su rostro en el hueco de su cuello.

​La abrazó con una fuerza desesperada, casi dolorosa, como si ella fuera el único trozo de madera flotando en un océano de cenizas. Evelyn sintió el temblor violento de su cuerpo contra el de ella, y el calor de su aliento húmedo contra su piel.

​—No me dejes... —susurró William en su cuello, su voz sonando infantil y desprovista de orgullo—. No me dejes otra vez en la oscuridad, Evie. Te busqué... te busqué en las cenizas y no estabas.

​Evelyn sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. Sus manos, que habían estado suspendidas en el aire, bajaron lentamente hasta apoyarse en la espalda de él, acariciando los músculos tensos a través de la seda de la camisa. Lo abrazó de vuelta, permitiéndose por unos minutos olvidar que él era el tirano de Asque, permitiéndose consolar al niño que había recibido una mordida de perro por ella y que le había prometido un castillo donde nunca pasaría hambre.

​Permanecieron así durante varios minutos, en el suelo frío de la suite destrozada, mientras la respiración de William comenzaba a estabilizarse bajo el influjo del tacto de Evelyn. La tormenta en su mente comenzó a amainar, disipada por el aroma terroso de las hierbas de ella y la calidez de su cuerpo.

​Sin embargo, a medida que el aire volvía a sus pulmones, la conciencia del presente comenzó a retornar a los ojos de William.

​Sintió los brazos de Evelyn alrededor de su espalda, sintió su propia cabeza apoyada en su hombro y comprendió de inmediato la magnitud de lo que acababa de ocurrir. Había mostrado debilidad. Se había quebrado frente a la única prisionera que desafiaba su imperio de miedo. Había rogado por compasión a la mujer que le había escupido a las botas.

​La humillación y el orgullo militar regresaron con la fuerza de un golpe de ariete.

​William se tensó. Con un movimiento brusco y frío, empujó a Evelyn hacia atrás, obligándola a sueltarle el agarre y a retroceder sobre el suelo de madera. Su rostro se transformó de inmediato, la vulnerabilidad siendo reemplazada por una expresión de pura hostilidad y desprecio hacia sí mismo que proyectó directamente sobre ella.

​Se puso en pie de un salto, dándole la espalda mientras se abotonaba la camisa con manos que aún temblaban levemente.

​—¿Quién te dio permiso para entrar aquí? —preguntó William, su voz recuperando el barítono gélido y autoritario, aunque un leve temblor delataba el esfuerzo que le costaba mantenerla firme.

​Evelyn, aún arrodillada en el suelo, lo miró con una mezcla de tristeza y decepción. La barrera de acero había vuelto a levantarse, más alta y más fría que antes.

​—Estabas gritando, William. Solo intentaba...

​—No necesito tu ayuda. No necesito la compasión de una traidora del sector sur —escupió él, girándose a medias para mirarla con unos ojos azules que ahora destilaban un odio defensivo—. Lo que viste... fue solo un efecto del cansancio. Un delirio sin importancia.

​—No fue un delirio, Will —dijo ella, poniéndose en pie con dignidad—. Era el niño que solía proteger a la gente, el niño que prometió que nunca pasaría hambre bajo su techo. Ese niño sigue ahí dentro, aunque intentes ahogarlo con tu orden de hierro.

​—Ese niño murió en el incendio, Evelyn —sentenció William, su voz sonando definitiva como una lápida—. Y el hombre que está frente a ti es el único que mantiene esta ciudad con vida.

​Caminó hacia la puerta de la suite y la abrió de par en par, llamando a los guardias con un gesto imperioso.

​—Llévenla de regreso a su habitación —ordenó a los soldados, sin mirar a Evelyn—. Y asegúrense de que el castigo del silencio se cumpla de manera estricta durante las próximas veinticuatro horas. Si vuelve a salir de su cuarto, los guardias de servicio serán ejecutados por negligencia.

​Evelyn caminó hacia la salida entre los soldados, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y lo miró una última vez. William seguía de espaldas, con los puños cerrados a los lados de su cuerpo, luchando por ocultar el temblor que aún lo dominaba.

​—Puedes reconstruir tus muros todas las veces que quieras, Comandante —susurró ella—. Pero ambos sabemos que la oscuridad de tu castillo nunca podrá borrar la cicatriz de tu brazo.

​La puerta de su habitación de servicio se cerró de nuevo con llave, devolviendo a Evelyn al silencio del aislamiento. Sin embargo, esa noche, mientras se acurrucaba bajo la manta, el frío ya no era absoluto. Sabía que la jaula de oro no solo la contenía a ella; también contenía las grietas de un Comandante que comenzaba a perder la batalla contra sus propios fantasmas.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
👏👏👏👏💯
celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
👍👍👍💯
Celina Espinoza
👏👏👏👏
celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
💯💯👍👍
Celina Espinoza
💯💯👏👏👏👏🥰🤭
Fernanda
🤭💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
💯👍
Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
💯💯
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