Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 14
Capítulo 14: La habitación de al lado
La casa de Las Lomas la recibió de día, y de día era todavía más grande y más silenciosa.
Una mujer de unos sesenta años, con delantal y el pelo recogido en un chongo apretado, la esperaba en la entrada con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Usted ha de ser la doctora! —Le tomó la maleta de las manos antes de que Renata pudiera impedirlo—. Soy Remedios, el ama de llaves. Aquí me dicen doña Remedios, para servirle. Bienvenida, mija, bienvenida. Qué gusto que por fin haya una mujer en esta casa, se lo digo de corazón, puros hombres y puro silencio.
—Mucho gusto, doña Remedios. No quiero darle molestias, yo me arreglo sola.
—Nada de eso. —La mujer ya la guiaba escaleras arriba—. El señor dio instrucciones de que se le atendiera como reina.
Y entonces doña Remedios se detuvo, ladeó la cabeza y la miró con los ojos entrecerrados, como quien busca una palabra que tiene en la punta de la lengua.
—Oiga… ¿nosotras no nos conocemos de antes? Su cara… juraría que la he visto. —Negó con la cabeza, riéndose de sí misma—. Ay, perdón, ya ve, una de vieja empieza a confundir todo. Pásele, le enseño su cuarto.
Renata sintió un escalofrío sin saber por qué.
—
El cuarto no estaba abajo, con los demás cuartos de huéspedes.
Estaba arriba. En el ala principal. Justo al lado de la recámara de Max, separados apenas por una pared y una puerta que comunicaba las dos habitaciones.
—Doña Remedios, creo que hay un error. Este cuarto está muy cerca del… del señor. Yo puedo quedarme abajo.
—No hay error, mija. El señor escogió este personalmente. Dijo que desde aquí oye usted mejor si al niño Emilio le pasa algo en la noche. —El ama de llaves le guiñó un ojo, inocente—. Muy considerado, mi señor. Póngase cómoda. La cena ya casi está.
Se fue, dejándola sola en una habitación más grande que todo su antiguo departamento, con vista al jardín y una cama con sábanas que olían a lavanda. Renata se sentó en el borde, abrumada, y trató de no mirar la puerta que comunicaba con el cuarto de él.
—
A la hora de la cena bajó, y desde la escalera el olor la detuvo en seco.
Arroz rojo. Plátano frito. Mole de olla con el punto exacto de chile que ella conocía de memoria. El mismo aroma que había llenado mil noches hacía seis años, en una cocina diminuta, cuando un muchacho que apenas veía aprendía a cocinar a tientas para darle de comer caliente.
En el comedor, Max ya estaba sentado, leyendo algo en el teléfono, fingiendo indiferencia. No había cocinera nueva. Doña Remedios servía, pero el sazón no era de doña Remedios.
—¿Tú cocinaste? —preguntó Renata, sin poder evitarlo.
—Doña Remedios. —Max no levantó la vista.
—Doña Remedios no sabe que a mí me gusta el mole con dos chiles de más.
Hubo un silencio brevísimo. Max pasó la página del teléfono.
—Come antes de que se enfríe, doctora.
Renata se sentó. Y comió. Y cada bocado le supo a una época en que eran pobres y felices, a una verdad que él se negaba a admitir y que, sin embargo, estaba ahí, servida en un plato, gritando más fuerte que cualquier "me das asco". Levantó la vista una sola vez y lo sorprendió mirándola comer, con una atención que él disimuló al instante volviendo al teléfono. Ninguno dijo nada. Pero los dos sabían que un hombre no aprende de memoria los dos chiles de más de una mujer a la que solo considera un negocio.
—
El primer desencuentro llegó a la mañana siguiente.
—El chofer te lleva al hospital —dijo Max en el desayuno, sin preguntar.
—Me voy en camión. —Renata se levantó—. No necesito chofer.
Orgullo. Puro orgullo. Lo pagó caro.
El camión venía repleto. La obligaron a viajar prensada entre cuerpos sudorosos durante cuarenta minutos, con la muñeca todavía sensible, aguantando el codazo de un señor y la mochila de un estudiante clavada en la espalda. Llegó al hospital con el peinado deshecho, una mancha de no-quería-saber-qué en la blusa y de un humor de perros. Y supo, con un suspiro de derrota, que el orgullo no le iba a pagar el taxi.
Al día siguiente, cuando el chofer la esperaba abajo, no dijo nada. Solo subió. Max, desde la ventana del estudio, la vio entrar al coche y permitió que una sonrisa pequeñísima se le escapara antes de borrarla.
—
Esa misma tarde, el teléfono de Renata vibró con un mensaje de un número que no tenía guardado.
Era Ariadna. Le mandaba fotos: las montañas nevadas de un viaje de esquí, ella entre los dos hermanos Montenegro, todos risueños. "Recuerdos de mejores tiempos, doctorcita. Aunque me tienen 'castigada' unos meses, no creas que estoy fuera de la jugada. Maxi y yo tenemos mucha historia. Disfruta tu cuartito de criada mientras dure."
Renata miró las fotos. Sabía —Max se lo había dicho— que entre ellos no había nada. Sabía que eran viejas, que Ariadna exageraba, que era veneno puro lanzado desde su encierro. Lo sabía con la cabeza.
Pero el cuerpo, otra vez, no entendió de razones, y una punzada absurda de celos le apretó el pecho al ver a otra mujer riendo al lado del hombre que dormía a un metro de ella, del otro lado de una pared.
Bloqueó el número. Y se quedó pensando en algo que no tenía nada que ver con Ariadna: en la cara de doña Remedios al verla, en esa frase que no la dejaba en paz.
"¿Nosotras no nos conocemos de antes?"
¿De dónde? Renata estaba segura de no haber visto nunca a esa mujer. Y, sin embargo, el ama de llaves la miraba como quien reconoce un fantasma.
Esa noche, mientras Renata dormía al otro lado de la pared, doña Remedios no podía pegar el ojo, dándole vueltas y vueltas a esa cara conocida, hasta que, ya de madrugada, se incorporó de golpe en la cama.
Ya sabía de dónde.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭