⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Calmarte bajo mi mano
El aislamiento en la mansión comenzó a teñirse de una desesperación diferente. Ya no era solo el dolor físico de la distancia o la humillación de la entrega carnal lo que atormentaba a Gus. Era el silencio forzado de su carrera. Para un perfeccionista clínico y obsesivo como él, pasar los días sin pulir una pista de audio, sin ensayar una coreografía o sin controlar cada mínimo detalle de su nuevo álbum era el equivalente a quedarse sin oxígeno.
Arlo Baxter conocía esa debilidad a la perfección. Por eso, al cuarto día del encierro posterior al tiroteo, mandó a habilitar una de las salas subterráneas de la fortaleza. El espacio fue transformado en un estudio de grabación privado con equipos de última generación, pantallas inmensas y aislamiento acústico absoluto. Sin embargo, no era un espacio de libertad; era otra extensión de su jaula de oro.
Gus se encontraba de pie frente a la consola de mezclas, con los auriculares puestos y los ojos fijos en las ondas de sonido que se reproducían en el monitor. Vestía una camiseta blanca holgada y unos pantalones oscuros. Su cuerpo se tensaba con cada golpe de la batería que salía por los altavoces.
—No, no, no. El ecualizador de la voz está saturado en los agudos —se dijo Gus a sí mismo, con la voz ruda por la frustración. Sus dedos se movían frenéticos sobre las perillas de la consola, ajustando las frecuencias una y otra vez—. Si la mezcla no queda limpia para la próxima semana, todo el lanzamiento del álbum será un fracaso absoluto.
Llevaba seis horas encerrado en el sótano, sin probar bocado y negándose a tomar un descanso. Su mente obsesiva había entrado en ese estado de trance peligroso donde el mundo exterior desaparecía y solo importaba la perfección del arte. El sudor le corría por la frente y las manos le temblaban levemente sobre los controles.
La pesada puerta del estudio subterráneo se abrió con un clic.
Ariadna, la mánager de Gus, entró a la habitación con el rostro pálido y los hombros encogidos. Detrás de ella, dos guardaespaldas de Arlo, Corpulentos y vestidos con trajes negros impecables, se apostaron junto a la entrada con las manos cruzadas al frente, manteniendo una vigilancia muda y amenazante.
Gus se quitó los auriculares de golpe, dejándolos caer sobre la consola. Sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y exigencia.
—¡Ariadna! ¡Por fin! —exclamó Gus, dando un paso hacia ella—. Dime qué está pasando afuera. ¿Por qué no me han devuelto mi teléfono? Necesito hablar con el director del video musical. Tenemos que reprogramar las grabaciones del próximo mes.
Ariadna miró de reojo a los guardias de la mafia y se tragó el nudo de la garganta con evidente dificultad. Sus manos temblaban mientras sostenía una carpeta con documentos.
—Gus... calma, por favor —dijo ella con la voz baja y nerviosa—. No hay grabaciones el próximo mes. El director de la agencia de talentos firmó la suspensión indefinida de todas tus actividades públicas. La versión oficial para los medios de comunicación es que sufriste un colapso severo por agotamiento y que estás bajo un estricto tratamiento médico en una clínica privada fuera de la ciudad.
—¡¿Qué?! —Gus golpeó la mesa de la consola con el puño, provocando un estruendo metálico en la sala insonorizada—. ¡¿Una suspensión indefinida?! ¡Eso va a destruir todo el impacto de mi regreso! ¡Ariadna, tú trabajas para mí! Tienes que cancelar esa orden ahora mismo. Vamos a mi departamento, recogemos mis cosas y buscamos otro productor si es necesario.
Ariadna soltó un suspiro trémulo, y sus ojos se llenaron de una profunda lástima mezclada con el temor absoluto que le inspiraba la organización Baxter.
—Gus, abre los ojos —susurró ella, dando un paso atrás para no acercarse demasiado—. Yo ya no puedo hacer nada. Nadie en la agencia puede hacer nada. El señor Baxter compró el cincuenta y un por ciento de las acciones de la compañía la noche del tiroteo. Él es el dueño mayoritario de tu contrato ahora. Tu carrera, tus canciones, tus horarios... todo pasa por su escritorio. No hay un lugar afuera al que puedas huir. Toda la industria sabe que le perteneces a la familia Baxter.
Las palabras de su mánager cayeron sobre Gus como un bloque de cemento. El cantante dio un paso atrás, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo sus pies. El control total de su vida, aquello por lo que había luchado con garras y dientes desde que se quedó huérfano, le había sido arrebatado por completo en un solo movimiento comercial.
—Él... él compró la agencia —murmuró Gus, con la respiración volviéndose corta y caótica. Un dolor punzante y agudo se instaló en el centro de su pecho, y no era por la distancia del lazo, sino por una crisis de ansiedad pura que comenzaba a cerrarle la garganta.
—Lo siento mucho, Gus. Solo... obedece lo que él te pida. Es la única forma de que estés a salvo —dijo Ariadna antes de que los guardias le indicaran con un gesto firme que el tiempo de la visita supervisada había terminado. La mánager salió de la sala a paso rápido, y la puerta se cerró de nuevo con ese chasquido sordo que devolvió el aislamiento total al sótano.
Gus se quedó solo en el centro del estudio. La pantalla inmensa seguía mostrando las ondas de audio fijas, mudas. El cantante se llevó las manos a la cabeza, tirándose del cabello con desesperación. El aire se negaba a entrar en sus pulmones. Empezó a hiperventilar, sintiendo que las paredes de la jaula de oro se estrechaban hasta aplastarlo. Sus ojos se abrieron con pánico mientras su cuerpo sufría pequeños espasmos de pura angustia psicológica. Su obsesión por la perfección y el control acababa de chocar contra una pared inamovible de hormigón.
—¡No! ¡No puede ser! —gritó Gus, fuera de sí. Con un arranque de ira ciega, comenzó a lanzar los papeles de la mesa al suelo, golpeando los monitores y tirando de los cables del sintetizador, buscando destruir el entorno que lo mantenía prisionero.
Justo en el momento en que iba a estrellar un costoso micrófono de estudio contra el suelo, una presencia inmensa bloqueó la luz de la entrada.
Arlo Baxter entró a la sala de grabación. Su silueta dominó el espacio desordenado en un segundo. Vestía un pantalón oscuro y una camisa negra con las mangas enrolladas, dejando al descubierto sus antebrazos robustos. El mafioso observó el caos del suelo con total parsimonia y luego fijó sus intensos ojos negros en el cantante, que temblaba y jadeaba en medio de la habitación, sosteniendo el micrófono como si fuera un arma.
—Destruir mis equipos no va a devolverte el control de tu agenda, Fletcher —dijo Arlo. Su voz pareció estabilizar la vibración histérica de la sala de inmediato.
—¡Tú... maldito criminal! —gritó Gus, con las lágrimas de la frustración asomando en sus ojos—. Compraste mi agencia. Suspendiste mi álbum. ¡Me quitaste lo único que me quedaba en este maldito mundo! ¡Prefiero que tus enemigos entren y me maten antes de seguir viviendo como tu maldito juguete!
Arlo no se inmutó ante el insulto. Caminó lentamente hacia él, esquivando los cables tirados en el suelo. Detrás de él, los dos hilos de energía carmesí que nacían de sus dedos brillaron con un tono rosa protector sumamente denso.
—No eres mi juguete, Gus —dijo Arlo, deteniéndose a escasos centímetros del cantante, obligándolo a levantar la barbilla por completo debido a la diferencia—. Eres mi posesión. Y un líder de la mafia cuida lo que es suyo. Tu mente obsesiva te está llevando al delirio otra vez. Mírate, no puedes ni respirar. Estás teniendo un ataque porque descubriste que ya no tienes que cargar con el peso de decidir.
—¡Yo quiero decidir! ¡Es mi vida! —jadeó Gus, sintiendo que el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza salvaje. La proximidad del cuerpo robusto y el aroma amaderado de Arlo estaban desatando de nuevo esa corriente ardiente en su bajo vientre, una tensión sexual que se mezclaba de forma caótica con su pánico.
—Ya no —sentenció Arlo.
El mafioso extendió la mano izquierda y, con un movimiento rápido y dominante, le arrebató el micrófono de los dedos a Gus, arrojándolo sobre la consola. Al mismo tiempo, Arlo cerró el puño de la mano derecha, tensando el doble lazo carmesí al máximo.
—¡Ah! —Gus soltó un gemido espeso, un espasmo violento.
Sus músculos perdieron toda la rigidez y sus brazos cayeron dóciles a los costados de su cuerpo. La fuerza de los hilos lo arrastró directamente hacia el torso masivo de Arlo. El pecho de Gus impactó contra la anatomía de piedra del empresario criminal, quedando completamente inmovilizado en un abrazo de hierro involuntario.
Arlo movió la mano izquierda y capturó la mandíbula de Gus entre sus dedos largos y callosos, forzándolo a sostenerle la mirada. El pulgar del mafioso se hundió en el labio inferior del artista, abriéndole la boca para dejar salir sus jadeos calientes.
—Respira —ordenó Arlo con su voz gruesa rozando los labios de Gus—. Adapta tu ritmo al mío. Escucha mi corazón y deja de pelear contra las paredes de esta jaula. El álbum se lanzará cuando yo lo decida, y tu voz sonará solo cuando tu mente esté en paz. Ahora mismo, tu única obligación es calmarte bajo mi mano.
Gus cerró los ojos, soltando un suspiro ahogado. El contacto físico directo de Arlo, la dureza de su pecho aplastando el suyo y la sutil vibración de los hilos carmesí liberando oleadas de calor sedante por su muñeca y tobillo comenzaron a obrar el milagro. Involuntariamente, el pulso desbocado de Gus empezó a disminuir, acoplándose al ritmo pesado y constante del corazón del mafioso. La crisis de ansiedad se disolvió, reemplazada por una vergonzosa y líquida ola de deseo que le recorrió la entrepierna, tensándole los pantalones oscuros. Su orgullo de hombre se hizo pedazos una vez más ante el alivio indescriptible que sentía al ser gobernado con tanta firmeza.
El sonido de sus respiraciones mezcladas y el chasquido húmedo de la saliva que Gus tragó al sentir el pulgar de Arlo frotarle la boca llenaron el silencio del estudio subterráneo.
—Eso es, dócil —susurró Arlo, observando los ojos del joven, que ahora estaban empañados por la sumisión total y la dependencia física—. Tu mente obsesiva quiere destruirte, Gus, pero mi cuerpo te va a mantener a salvo. Acepta el encierro. Acepta que tu jaula se ha estrechado y que ahora solo respondes a mi mando.
Gus no respondió con palabras, pero su cabeza cayó rendida sobre el hombro de Arlo, dejando salir un gemido trémulo de pura aceptación. El lazo rojo brilló con un tono rosa permanente, confirmando que la jaula subterránea se había convertido en su nuevo altar de sumisión.