Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 2 Te ves mejor
Su rostro era un estudio en contrapuntos. Los rasgos, heredados de algún ancestro eslavo olvidado, eran fríos y definidos como un paisaje invernal: pómulos altos, mandíbula cuadrada que parecía tallada en granito. Pero sobre ese mármol, la vida, una vida entre la penumbra de los callejones y el brillo frío de los rascacielos, había escrito su propio guion.
Los tatuajes de su juventud salvaje asomaban como fantasmas en el cuello, justo bajo la línea del cabello corto y entrecano, y en sus muñecas cuando se remangaba la camisa: símbolos oscuros, nombres borrosos, lealtades que habían muerto hace mucho. Eran las cicatrices de color de un pasado que nunca lo soltaría del todo.
Pero el verdadero abismo estaba en sus ojos. De un color tan oscuro que en la sombra parecían pozos sin fondo, eran ojos que veían más allá de lo que la gente quería mostrar.
Analizaban, diseccionaban, pesaban el miedo y la ambición en la mirada de los demás. Podían ser de una cortesía glacial durante una junta directiva o de una atención mortalmente quieta al escuchar una confesión. Nadie salía ileso de ser observado por esos ojos.
Su elegancia era legendaria, pero estaba sazonada con un toque de pereza deliberada: la corbata un tanto suelta, el primer botón de la camisa siempre desabrochado, como si el peso de la etiqueta le resultara, a la vez, familiar y aburrido.
Era ese desdén, esa casi-arrogancia de quien sabe que las reglas no aplican para él, lo que lo hacía peligrosamente irresistible. No era el imán bruto de la juventud, sino la atracción gravitacional de un hombre que ha conocido todos los abismos, ha tomado todo el poder, y aún conserva la fuerza para patear el tablero solo por ver las piezas caer. En Drago Krutoy, cada año no era una línea en la frente, era un arma añadida a su arsenal.
Cuando Drago entró en la suite donde la tenía recuperándose, Aleska no vio a un salvador, sino a una fuerza de la naturaleza contenida en traje de Brioni.
Sus ojos oscuros, esos ojos que parecían ver el dolor escrito en sus huesos, la escudriñaron sin piedad. Sintió el instinto animal de encogerse, pero también una extraña calma: este hombre no la veía como una víctima. Lo veía como… una posibilidad.
Él no se acercó. Se quedó junto a la puerta, como si evaluara el espacio que ocupaba su presencia. El aire se llenó del silencio de su observación.
—Te ves mejor —dijo al fin, su voz un bajo arrastrado que parecía venir del subsuelo. No era un cumplido. Era un informe.
Aleska se obligó a mantener su mirada. El moretón en su mejilla palpitaba.
—¿Mejor que cuando me sacaron de ese almacén? Cualquier cosa es mejor.
—No. Mejor que ayer. La rabia te sienta. Le da color a la palidez.
Ella apretó los dedos sobre la seda de las sábanas. Él lo notó.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó, desafiante, aprovechando ese fogonazo de furia que él mismo había identificado.
Drago caminó hacia la ventana, con esa lentitud de depredador seguro.
—Porque eres la prueba viviente de un error de cálculo. El error de ellos.
—"Ellos". Mi ex y su… nueva rica —escupió las palabras.
Drago se volvió, y por primera vez, algo parecido a una verdad cruda cruzó su mirada.
—Mi hija. Clarissa. Su nueva rica es mi hija. Y el joven ambicioso que crees que te traicionó por dinero… lo hizo por una posición en mi empresa. Una posición que ella le prometió a cambio de deshacerse de ti.
El golpe fue más seco, más certero que cualquier puñetazo. Aleska parpadeó, tratando de procesar. La mujer por la que la habían vendido era… la hija de este hombre. El círculo se cerraba con una lógica perversa.
—Entonces… ¿esto es qué? ¿Una disculpa en nombre de su familia? —preguntó, con sarcasmo amargo.
Una sonrisa fugaz, sin humor, tocó los labios de Drago.
—No. Las disculpas son para los débiles. Esto es una oferta.
—No tengo nada que ofrecerte.
—Tienes todo —la interrumpió, su voz ahora un filo.
—Tienes el desprecio que ellos sintieron por ti. Tienes el derecho moral que te dio su crueldad. Y tienes, si aprendes a usarla, la capacidad de ser el espejo en el que ellos no querrán mirarse jamás.
Se acercó, y Aleska no retrocedió. El espacio entre ellos vibraba con una electricidad nueva, ya no de miedo, sino de potencial.
—Te voy a dar una elección, Aleska. La primera y última que te haré como víctima.
—¿Cuál? —susurró ella, cautivada a su pesar por la oscura promesa en sus ojos.
—Opción uno: Te curo, te doy dinero suficiente para empezar lejos de aquí, y desapareces. Vivirás, quizá incluso serás feliz con el tiempo. Pero ellos… seguirán ganando. Él tendrá su puesto, su vida de lujo. Ella, mi hija, habrá salido impune. Y tú serás solo un mal recuerdo que se borra con champán.
Aleska sintió el sabor a sangre y polvo en la boca, el recuerdo del almacén.
—¿Y la opción dos?
La sonrisa de Drago se ensanchó, mostrando los dientes. Era la visión más aterradora y emocionante que había visto.
—Opción dos: te quedas. Y te conviertes en mi obra maestra. Aprendes. Te fortaleces. Te transformas en todo lo que ellos creyeron que nunca podrías ser: elegante, poderosa, imparable. Y cuando estés lista… los enfrentamos. No con golpes en un almacén, sino en su propio terreno, con sus propias reglas. Les quitamos todo. Les mostramos al mundo lo que son.
—¿Y tú? ¿Qué ganas con esto? —preguntó Aleska, buscando la trampa.