"Cuatro esposos, cuatro muertes misteriosas, una viuda sospechosa. El detective Eduardo Rizzo se infiltra en la vida de Julieta Vera, la enamora y se casa con ella. Pero cuando la verdad sobre su investigación salga a la luz, ¿podrá su amor sobrevivir al peligro y la traición?"
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Capítulo 1
El primer esposo.
Julieta entró a la suite en brazos de su flamante esposo, Reynel Lozano; quien era su jefe en la empresa de su propiedad, la Inmobiliaria Lozano y Constructores Asociados.
Ella, una chica de veinte años en su pasantía de la universidad, deslumbró con su belleza al cincuentón divorciado, y seis meses después se casaban en una notaría en Buenos Aires, con la sola compañía de sus guardaespaldas. Dijeron el sí ante un juez y, como celebración, solo hicieron una reservación para dos en el más lujoso restaurante de la ciudad.
Y esa noche iban a consumar su matrimonio, por fin Reynel iba a profanar el cuerpo de la dulce Julieta.
Julieta, a pesar de los galanteos de su jefe, los costosos regalos que recibía de él y los apasionados besos que se daban dentro de la oficina, jamás llegó más lejos, y le entregó su tesoro.
Siempre le decía que sin un anillo en el dedo y sin ser la señora Lozano no le daría su virginidad. El hombre, totalmente enamorado, tomó la decisión de casarse con la jovencita; lo traía loco y, si el precio de tenerla en cuerpo y alma era casarse con ella, así lo haría.
Al llegar a la suite, él deposita a Julieta en la cama con delicadeza, mientras retira poco a poco su sencillo vestido de novia. Jamás la había visto desnuda y cuando quitó el sostén y vio sus apetecibles senos, rápidamente se prendió de ellos como un bebé hambriento. Julieta se retorció llena de placer; jamás había sentido algo parecido, ni cuando se tocaba en su nuevo apartamento pensando en él.
Luego, con premura, Reynel retiró la última prenda que tenía Julieta para quedar totalmente desnuda.
―Julieta, mi Julieta. Eres hermosa, no sabes cuánto desee tenerte así, solo para mí y saborear cada rincón de tu cuerpo. Ya pronto serás mi mujer con todas las de la ley. ―Reynel rápidamente se quitó su ropa, con movimientos torpes, víctima del desespero que tenía por estar dentro de la mujer que amaba.
Se calzó un preservativo, pues no quería más hijos; ya tenía cinco con diferentes esposas, y siempre fue la maternidad la responsable de sus rupturas; a su Julieta la quería tener siempre para él. Abrió las piernas de Julieta y, sin más preparación, lo introdujo de un golpe.
―¡Ayyy, Rey, bruto! Eso dolió. ―Julieta gritó del dolor y a Reynel poco le importó; por fin iba a calmar las ganas de comerse a su sexy secretaria que ya era su esposa. Empezó a moverse rápidamente dentro de Julieta; estaba como loco, el deseo lo desbordaba, sudaba frío, iba a correrse con solo sentir que traspasó su barrera, pero debía aguantar.
La pastilla que se tomó hizo efecto muy rápido; la idea era disfrutar su noche de bodas. Así que, sin táctica amatoria, lo entraba y sacaba sin darse cuenta de que Julieta estaba llorando. Ella no se imaginaba que hacer el amor era así; se lo imaginaba distinto.
Escuchar hablar a sus amigas le hizo desear sentir el placer que ellas describían, pero no era nada parecido a lo que estaba experimentando en este momento. Quería que Reynel terminara pronto; el ardor que sentía en su zona intima no la dejaba disfrutar. Deseó tanto que acabara que Reynel emitió un grito ahogado cuando descargó su simiente en el preservativo y cayó inmediatamente desmayado encima de Julieta.
Ella, inocente, pensó que era así el clímax, aunque ella no alcanzó ni a calentarse, pero la respiración errática de Reynel la alarmó, y más aún el peso inerte de su cuerpo encima del de ella. El hombre hizo una especie de convulsión y dejó de respirar.
―¡Rey, rey! ¿Qué te pasa? ¡Levántate, me pesas! ―Julieta trató de quitarse al hombre de encima, pero era imposible.
Asustada, se arrastró con dificultad debajo de él hasta que se liberó de su peso, tomó su pulso y no lo encontró. Rápidamente, se puso de nuevo su vestido de novia y corrió a llamar a la recepción.
―¡Auxilio! ¡A mi esposo le pasó algo, creo que se murió! ―Fue lo único que alcanzó a decir antes de colgar la llamada ahogada en llanto.
Volvió a la cama para tratar de voltear a Reynel y bajarlo al piso para reanimarlo o hacer algo; pero fue imposible. En menos de dos minutos, el personal paramédico del hotel ingresó a la habitación, seguido de los escoltas de Reynel, que no entendían lo que había pasado; revisaron el cuerpo y constataron que había fallecido.
El levantamiento del cadáver fue bajo el mayor rigor y discreción; una muy compungida Julieta fue llevada a la comisaria a declarar. Los hijos de Reynel llegaron a reconocer en la morgue a su papá y se llevaron la sorpresa de que él se había casado con su secretaria y se había muerto en la consumación del matrimonio.
―Esa mujer es culpable. Algo le debió de haber dado a mi papá para que se muriera. Mi abogado se encargará de refundirla en la cárcel. ―Decía el hijo mayor al agente que había tomado la investigación del caso.
Como medida cautelar, Julieta fue llevada a la celda de la comisaría, mientras se esclarecía la muerte de Reynel Lozano. La pobre mujer, a pesar de que decía que ella no había matado a su esposo, no fue escuchada y se le asignó un abogado de oficio para que la representara.
Dos días después de estar en una fría celda, salió el informe de la necropsia realizada a su difunto esposo, donde se esclareció que Reynaldo Lozano era hipertenso, y tomó antes de su noche de bodas una dosis de sildenafilo, lo cual le ocasionó una arritmia cardiaca que desencadenó un paro cardiorrespiratorio y su posterior muerte.
Aclarado cómo murió su esposo, fue liberada casi de manera inmediata y el abogado que la defendió la asesoró para su propia conveniencia sobre la herencia que debe obtener al ser la viuda del dueño de las inmobiliarias Lozano y constructores asociados. Al inicio, Julieta estaba reacia a recibir su parte del legado de su difunto esposo, pero luego, al recordar cómo fue tratada por sus hijos y en un arrebato de dignidad, aceptó la demanda y, después de un corto litigio, Julieta recibió lo que legalmente merecía de la herencia como la esposa legal y ahora viuda del millonario empresario Reynel Lozano.
Así fue como Julieta Vera pasó a ser dueña de la mitad de la empresa, muy al pesar de los herederos que recibieron la otra mitad para ser dividida entre los cinco. Y la viuda pasó de ser una simple secretaria a ser la CEO que preside la empresa, muy a sus cortos veinte años y una carrera profesional por terminar.
Al ser una mente brillante y gracias a la capacitación que recibió de su difunto esposo, pudo llevar la empresa de manera impecable, al mismo tiempo que terminaba sus estudios universitarios. Firmo grandes contratos con empresas y multinacionales que significaba mayor liquidez para la inmobiliaria, fue allí donde conoció a Dante Rinaldi, un magnate que utilizaba de fachada su empresa exportadora de frigoríficos, para enviar droga y armamento a Europa. El hombre inmediatamente la vio decidió que esa millonaria mujer debía ser suya y se dedicó a conquistarla. La hermosa y rica mujer Julieta Vera pronto cayó en sus encantos.