Elena busca el orden y la perfección; Julián vive bajo sus propias reglas. Cuando sus caminos se crucen en la academia, descubrirán que el destino tiene un plan completamente diferente para los dos. ¿Podrá el amor romper sus defensas?
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El callejón de las sombras
El eco sordo de las detonaciones retumbó a través del metal del ducto, golpeando la espalda de Julián y Elena como una dolorosa descarga eléctrica. Sabían exactamente lo que esos disparos significaban: el joven oficial estaba pagando con su vida el precio de su libertad. Elena reprimió un sollozo, apretando los dientes para que el llanto no saboteara su escape, mientras avanzaba a gatas por el estrecho y húmedo pasadizo. El olor a polvo viejo y óxido inundaba sus pulmones, haciendo que cada bocanada de aire fuera un suplicio, pero la adrenalina la obligaba a ignorar el dolor en sus rodillas y manos.
Julián la seguía de cerca, rozando las frías paredes de hierro en la absoluta penumbra. Su mente trabajaba a mil por hora. La traición dentro de la jefatura significaba que Arturo tenía tentáculos en todas partes; ya no había un solo lugar seguro en la ciudad. De repente, una tenue corriente de aire fresco golpeó el rostro de Elena. Unos metros más adelante, la densa oscuridad comenzó a ceder ante una rendija de luz plateada. Era la salida.
Con un último esfuerzo desesperado, Elena empujó la vieja rejilla metálica que cubría el final del túnel. La estructura cedió con un crujido seco, cayendo sobre el pavimento del callejón trasero. Julián saltó primero, amortiguando la caída, y de inmediato ayudó a Elena a salir del encierro. El frío de la noche los recibió de golpe, pero no había tiempo para respirar aliviados. El callejón era oscuro y angosto, flanqueado por altos muros de ladrillo y contenedores de basura que proyectaban sombras amenazantes.
A lo lejos, en la avenida secundaria, el motor de un vehículo rugió con fuerza, y el haz de luz de unos faros barrió la entrada del callejón.
—¡Escondete! —susurró Julián, jalando a Elena detrás de un gran contenedor metálico justo a tiempo.
Un auto negro pasó a baja velocidad por la avenida, patrullando la zona. Eran los hombres de Arturo, buscando cualquier rastro de la pareja. Elena temblaba incontrolablemente, no solo por el frío de la noche, sino por el terror absoluto de estar a tan solo unos metros de sus verdugos. Julián la abrazó con fuerza contra su pecho, cubriéndola, mientras mantenía la vista fija en la calle. El corazón de ambos latía con tanta fuerza que parecía que iba a salirse de sus pechos.
Cuando el sonido del motor finalmente se desvaneció en la distancia, Julián miró a Elena a los ojos, tomándole el rostro con suavidad para infundirle valor.
—Tenemos que movernos ya, Elena. No tardarán en derribar la puerta de hierro del almacén y descubrir por dónde salimos. El sacrificio de ese oficial no puede ser en vano —le dijo con voz firme pero cargada de emoción.
Elena asintió, secándose una lágrima rebelde. El dolor por la pérdida del policía se transformó en una chispa de pura determinación. Su vida y su destino volvían a pender de un hilo sumamente delgado, pero mientras estuvieran juntos, no se dejarían atrapar. Tomados de la mano, salieron de la protección de las sombras y corrieron hacia la incertidumbre de la avenida secundaria, listos para desaparecer en la noche de una ciudad que se había vuelto su peor enemiga.