Lisa es una joven invisible y recatada con una meta clara: completar su pasantía para asegurar el futuro de su hermana. Sin embargo, su camino se cruza con el de Maximilian Sterling, un magnate tan brillante como despiadado. Como su asistente temporal, Lisa no solo gestiona agendas millonarias, sino también el desfile de mujeres que entran y salen de la cama de su jefe.
En la intimidad del penthouse, Max la provoca con una arrogancia desmedida y una desnudez que ella intenta ignorar. Pero la tensión erótica estalla en una noche de alcohol y confesiones que termina en una entrega total. Al amanecer, el despertar es cruel: "No recuerdo nada, prepárame un café".
Mientras Max se refugia en su fachada de playboy sin escrúpulos para ocultar su vulnerabilidad, descubre que Lisa no es una empleada más, sino el único caos que no puede dominar. En este peligroso juego de poder y deseo, él es el dueño de la ciudad, pero ella posee sus secretos. Al final, solo uno quedará de rodillas.
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Emergencia familiar II
Se hizo un silencio incómodo, Lisa sintió que su corazón se le iba a salir
En este momento hay una patrulla aquí. La situación es grave y requerimos la presencia de su tutor legal ahora mismo para tomar una decisión —explicó la mujer con frialdad antes de cortar la comunicación sin dar más detalles.
Lisa se quedó inmóvil, con el teléfono aún pegado a la oreja mientras el sonido de la línea cortada le taladraba la mente. El aparato casi se le resbaló de los dedos. La noticia la dejó completamente sin palabras, paralizada por el shock. Su hermana Mía era una chica tranquila, una adolescente que pasaba la mayor parte del tiempo lidiando con sus dolores y sus tratamientos médicos, una niña que jamás se metía en problemas con nadie y que evitaba los conflictos a toda costa. La sola mención de la policía y de una pelea escolar encendió todas las alarmas de peligro en su mente.
Se levantó de la silla con un movimiento tan brusco que la silla rodante golpeó la pared trasera. Su falda gris se enganchó con la esquina afilada de la mesa de madera, pero no le importó el tirón ni el daño a la prenda. Tomó su bolso de cuero con manos desesperadas y guardó el celular a toda prisa, olvidando por completo apagar la computadora o guardar las facturas que estaba revisando.
—¿A dónde cree que va, Miller? —La voz de Maximilian sonó firme, autoritaria y sumamente alta en el espacio de la oficina. El hombre dio tres pasos rápidos al frente, abandonó los informes sobre una mesa auxiliar y bloqueó el camino directo hacia la salida del pasillo con su imponente figura.
—Tengo una emergencia familiar grave, señor Sterling. Debo irme ahora mismo, mi hermana me necesita —dijo Lisa, con la voz rota por la urgencia. Intentó rodearlo por la izquierda, pero la altura de Maximilian y su postura rígida, como una pared de piedra, se lo impidieron. El magnate no se movió un solo centímetro.
—Usted firmó un acuerdo conmigo hace menos de una hora, Miller. Recibió el dinero que tanto le urgía y tiene trabajo pendiente que debe quedar listo hoy —replicó Maximilian. Su rostro no mostraba ninguna emoción, era una máscara de hierro. Tenía la mirada fija en ella, fría y demandante—. No puede abandonar su puesto de trabajo por un simple drama adolescente. Los problemas de su hermana pueden esperar a que termine la jornada laboral a las ocho. Sea profesional.
La rabia, una oleada de calor ardiente y furioso, venció por completo a la timidez habitual de Lisa. Las palabras de Max le parecieron de una crueldad extrema, una muestra de la falta de empatía de un hombre que lo tenía todo y no entendía el valor de los seres queridos. Se plantó con firmeza frente al magnate, se quitó las gafas con un movimiento rápido que delató su furia y lo miró directo a los ojos, sosteniendo la mirada oscura de su jefe por primera vez sin un ápice de sumisión. El miedo a perder su empleo, el respeto reverencial hacia el apellido Sterling y el pánico a las consecuencias desaparecieron ante la urgencia de proteger a su familia.
—Mi hermana no puede esperar dos horas, señor Sterling —afirmó Lisa, y cada palabra salió de su boca con una intensidad que Max nunca antes había escuchado en ella. Su voz no tembló; fue un golpe directo—. Usted tendrá millones de dólares en el banco, podrá ser el dueño de este edificio y podrá comprar toda la ciudad si se le da la gana, pero no tiene el derecho de decidir sobre la vida ni sobre la seguridad de mi familia. Mía está sola en una oficina con la policía y yo soy lo único que tiene. No me importa su dinero en este momento, ni me importa este contrato, ni me importan sus auditorías. Si me quiere despedir por esto, hágalo, no me interesa. Pero yo me voy de aquí ahora mismo.
Maximilian se quedó callado, completamente petrificado en su posición. Una genuina sorpresa se dibujó en sus ojos oscuros ante el reclamo airado y lleno de dignidad de la joven, una reacción que jamás esperó de la sumisa y asustadiza asistente que acostumbra a pedir disculpas por existir.
Lisa no esperó a ver si él le daba permiso o si continuaba con sus amenazas. Avanzó un paso, lo empujó con fuerza por el hombro con la poca energía que tenía en sus brazos tensos y logró apartarlo de su camino. Corrió con paso apresurado sobre sus zapatos de tacón bajo hacia el vestíbulo, llegó a la zona de los ascensores del piso cincuenta y cuatro y apretó el botón de descenso con una desesperación ciega. Las puertas de metal pulido se abrieron, ella entró sin mirar atrás y, al cerrarse, dejó a Maximilian Sterling completamente solo, parado en medio de la oficina vacía, respirando el eco de la furia que Lisa había dejado detrás de sí.