Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.
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Capítulo 11: La Cumbre de las Dinastías y el Secreto de la Corona de Seda
El amanecer sobre la Finca Las Encinas tiñó de un rojo púrpura los campos de olivares maduros que se extendían hasta perderse en el horizonte madrileño. La niebla matutina flotaba como un velo ligero sobre los jardines de estilo neoclásico, mientras el trino de las aves silvestres comenzaba a despertar la propiedad ancestral.
En la suite principal del palacio de piedra, la penumbra apenas era interrumpida por las hilachas de luz que se filtraban a través de los ventanales abovedados. Elena descansaba sobre el amplio lecho de madera tallada, envuelta en las sábanas de lino egipcio. Su cuerpo voluptuoso, esculpido con una rotundidad majestuosa que el paso del tiempo y la maternidad solo habían refinado, permanecía moldeado contra la anatomía de su esposo.
Dante velaba su sueño. Apoyado sobre un codo, el magnate contemplaba a su esposa con una fijación casi religiosa. La luz del alba perfilaba la musculatura monumental de su torso de Adonis: los pectorales anchos y definidos, la línea marcante de sus abdominales y la envergadura de unos hombros que sostenían el peso de imperios financieros sin flaquear. Sin embargo, en la intimidad de esa habitación, la frialdad implacable que congelaba a sus competidores se disipaba por completo, sustituida por una devoción feroz.
Deslizó su mano ancha por la curva prominente de la cadera de Elena, demorándose en la suavidad de su piel dorada. El roce, aunque sutil, provocó un estremecimiento en la joven. Elena abrió los ojos lentamente, encontrándose con la mirada gris y profunda de Dante, tan intensa que le aceleró el pulso al instante.
—Buenos días, mi soberana —murmuró Dante con su voz matutina, un barítono bajo y cavernoso que vibró directamente en el pecho de Elena.
Elena sonrió, estirando sus brazos para enredarlos alrededor del cuello rígido de su esposo. Se alzó levemente, pegando su pecho generoso contra el torso desnudo de él, sintiendo el calor abrasador que emanaba de su piel.
—Buenos días, Señor Valenti —respondió ella con tono dulce y provocador, rozando sus labios contra la barba de dos días que marcaba la mandíbula firme del magnate—. Veo que te gusta despertar temprano para vigilar tus dominios.
—Solo me interesa vigilar lo que me pertenece por completo —corregió él, apretando el agarre en su cintura para pegarla aún más a la dureza inconfundible de su anatomía—. Y no hay hectárea en este continente que me importe más que cada centímetro de este cuerpo.
Dante no esperó más y capturó sus labios en un beso lento, profundo y cargado de una posesividad ardiente. Su lengua exploró la boca de Elena con una maestría que le arrebató el aliento, mientras sus dedos se hundían en la carne firme de sus nalgas, elevándola levemente sobre el colchón. El deseo entre ambos, lejos de aplacarse tras la victoria legal de la tarde anterior, parecía renacer con una fuerza más salvaje en la tranquilidad de la finca.
Un golpe firme pero discreto en la puerta doble de la suite interrumpió el encuentro.
—Señor Valenti, Señora Valenti —resonó la voz de Roberto desde el pasillo—. Lamento interrumpir, pero los analistas de inteligencia corporativa de la sede de Milán han enviado un informe clasificado de máxima prioridad. Es sobre la red europea del consorcio Sola-Vane.
Dante dejó escapar un suspiro pesado contra la garganta de Elena, dejando un último beso mordaz sobre su piel antes de incorporarse. Elena se sentó en la cama, dejando que la sábana de lino cubriera a medias la plenitud de sus senos y la marcada curvatura de su cintura de avispa.
—Adelante, Roberto —ordenó Dante, poniéndose una bata de seda negra que acentuaba su figura colosal.
Roberto entró sosteniendo una tableta encriptada. Su rostro mantenía la seriedad impecable de un exmilitar de élite.
—La rendición de Lord Vane de ayer no fue voluntaria, Señor. Nuestras fuentes confirman que el consorcio intentaba usar el Almonte Trust como fachada para lavar los activos que la corte penal internacional congeló a los aliados del clan Moretti en Suiza. Al cortarles el acceso a la herencia de la Sra. Elena, hemos provocado un efecto dominó: la junta de acreedores del consorcio se reúne hoy en Ginebra y pretenden subastar ilegalmente los planos arquitectónicos originales de la red de refugios históricos de la casa de Almonte.
Elena se levantó de la cama con una gracia majestuosa, envolviéndose en una túnica de seda en tono perla que acentuaba la rotundidad de sus formas. Caminó hacia Roberto con la mirada ardiendo en una determinación fría.
—Esos planos incluyen el diseño estructural de las galerías subterráneas que conectan este palacio con las fortificaciones del sur —explicó Elena, mirando a Dante—. Si esa documentación cae en manos de traficantes de arte o de los residuos del clan Moretti, la seguridad de nuestra familia en Europa estará comprometida para siempre.
Dante caminó hacia ella, colocándose a su espalda. Sus manos masivas se posaron sobre los hombros de Elena, impartiéndole una fuerza serena y absoluta.
—Nadie tocará el patrimonio de tu familia, Elena —sentenció Dante en un susurro cargado de peligro—. Roberto, prepara el helicóptero para el helipuerto de la finca. Viajaremos a Ginebra esta misma tarde. Es hora de cerrar este capítulo de raíz y demostrarle a la élite suiza lo que ocurre cuando se intenta comerciar con lo que le pertenece a la Casa Valenti-Rossi.
A las cuatro de la tarde, el ambiente en el Grand Hôtel des Alpes en Ginebra era el reflejo del poder económico global. En el gran salón de actos privado, iluminado por arañas de cristal de Bohemia, se celebraba la subasta a puerta cerrada de activos patrimoniales en litigo. Hombres de negocios con trajes a medida, magnates del petróleo y representantes de fondos de inversión privados conversaban en voz baja mientras revisaban los catálogos digitales.
En la mesa principal, presidiendo el comité de subasta, se encontraba el Conde Henri de Saint-Germain, un hombre de edad avanzada, cabello cano y reputación intachable en la alta sociedad europea, pero cuya firma bancaria estaba secretamente vinculada a los intereses del consorcio Sola-Vane.
De pronto, las pesadas puertas de caoba del salón se abrieron.
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Los asistentes giraron la cabeza para presenciar la llegada de la pareja que dominaba los titulares económicos del mundo.
Dante Valenti avanzaba con la prestancia de un emperador. Su traje cruzado en tono carbón, cortado a la perfección sobre su físico monumental, le otorgaba una presencia aplastante. A su lado, Elena era la encarnación viva de la majestad, el poder y la belleza madura. Vestía un vestido de corte sirena en tono azul noche con incrustaciones de zafiros en el escote. El tejido de terciopelo abrazaba cada curva de su figura voluptuosa: la amplitud prominente de sus caderas, la pequeñez de su cintura y la firmeza de su pecho. Cada paso de sus tacones resonaba con una autoridad inquebrantable.
Acompañándolos, cuatro escoltas de élite se posicionaron discretamente en los accesos del salón.
El Conde de Saint-Germain palideció al reconocerlos, ajustándose el monóculo con mano temblorosa.
—Señor Valenti... Señora Rossi —saludó el Conde, alzándose de su asiento e intentando mantener la compostura—. Esta subasta es una sesión privada para miembros acreditados del fideicomiso.
Dante caminó directamente hacia el estrado, deteniéndose a solo un metro del Conde. Su estatura colosal y el fuego helado de sus ojos grises hicieron que el anciano aristócrata se sintiera diminuto.
—La acreditación de este fideicomiso es nula desde hace dos horas, Conde —declaró Dante con un barítono tan autoritario que congeló los murmullos de los asistentes—. Valenti Holding ha adquirido el ochenta por ciento de las acciones preferentes del banco emisor de este evento. Esta subasta queda cancelada de inmediato.
Un murmullo de asombro recorrió la sala. Los inversores comenzaron a revisar nerviosos sus teléfonos.
Elena dio un paso al frente, erguida, deslumbrante e intocable. Sacó de su cartera un documento con el sello oficial del Ministerio de Justicia español y lo depositó sobre la mesa de subastas.
—Los planos de la Casa de Almonte y los archivos históricos son propiedad exclusiva de mi patrimonio personal —declaró Elena con una voz serena que resonó en todo el salón—. El intento de subastarlos constituye un delito de apropiación indebida y espionaje corporativo. Si alguno de los presentes intenta realizar una sola puja por este lote, será incluido personalmente en la querella criminal que mis abogados han presentado esta mañana en los tribunales suizos.
El Conde de Saint-Germain miró el documento y luego a la pareja. Vio en los ojos de Elena la firmeza indomable de una mujer que había destruido a todos sus traidores, y en la postura de Dante la promesa de una ruina financiera inmediata si no obedecía.
—La... la subasta queda suspendida —anunció el Conde con voz temblorosa, dando un golpe con el mazo de madera.
Los asistentes comenzaron a abandonar la sala a toda prisa, temerosos de verse salpicados por la furia del imperio Valenti. En cuestión de minutos, la gran estancia quedó vacía, excepto por la pareja, sus escoltas y las carpetas de cuero que contenían los archivos históricos de la familia.
Elena se acercó a la mesa y tomó los planos originales. Trazó con sus dedos la caligrafía antigua de su antepasado. Un suspiro de alivio se escapó de sus labios.
Dante se colocó detrás de ella, envolviendo su cintura con sus brazos potentes y pegando su torso musculoso contra la espalda de Elena.
—Te lo dije, mi reina —murmuró Dante en su oído, besando la curva suave de su cuello—. Nadie puede tocar lo que por derecho te pertenece.
Elena se giró entre sus brazos, apoyando las manos en el pecho duro de su esposo y mirando su rostro esculpido.
—Lo sé, mi Adonis —susurró ella con una sonrisa enamorada—. Porque sé que mientras esté a tu lado, no hay enemigo en este mundo que pueda prevalecer.
Dos meses después.
El sol de verano resplandecía sobre la mansión Valenti en la costa italiana. La brisa marina mecía las cortinas de lino de la gran terraza que daba al Mediterráneo.
Elena se encontraba sentada en un cómodo sillón de teca, luciendo un vestido blanco de verano que resaltaba su piel dorada y la rotundidad sensual de su anatomía. En su regazo, la pequeña Victoria, que acababa de cumplir dos años, reía alegremente mientras jugaba con unas conchas marinas. Cerca de la piscina, el pequeño Leo, un niño alto y fuerte que heredaba la mirada firme de su padre, corría bajo la supervisión atenta de Marta.
Dante caminó hacia la terraza vistiendo pantalones de lino y una camisa clara desabrochada en el pecho, revelando la musculatura impecable de su tórax. Llevaba dos copas de cristal con jugo de frutas frescas.
Dejó las copas sobre la mesa y se inclinó para besar la mejilla de su hija antes de sentarse en el apoyabrazos del sillón de Elena. Pasó su brazo musculoso alrededor de los hombros de su esposa, atrayéndola hacia su costado.
Elena recostó la cabeza en el pecho firme de Dante, respirando su perfume característico a cedro, mar y masculinidad pura. Contempló el horizonte azul donde el cielo se unía con el agua, sintiendo un gozo profundo y absoluto.
—¿En qué piensas, mi amor? —preguntó Dante en voz baja, acariciando la masa de su cabello castaño.
—Pensaba en cómo la vida reescribió nuestro destino —confesó Elena con una sonrisa radiante—. El dolor del pasado, las traiciones de Julián y Valeria... todo parece ahora una sombra lejana. Renací para encontrar la justicia, pero en el camino encontré lo más valioso de mi existencia: tu amor, nuestros hijos y esta paz indestructible.
Dante la miró con una ternura infinita en sus ojos grises. Tomó su mentón con delicadeza, obligándola a alzar el rostro para mirarlo a los ojos.
—Tú no solo reescribiste tu destino, Elena —dijo Dante con su voz profunda y llena de una devoción eterna—. Tú salvaste mi alma. Eres la reina de mi imperio, la dueña de mi corazón y la luz que ilumina cada día de mi vida.
Dante se inclinó y unió sus labios a los de Elena en un beso dulce, profundo y eterno, mientras las olas del mar rompan suavemente contra las rocas, atestiguando el triunfo definitivo de una dinastía levantada sobre el amor, la pasión y la fuerza indomable de una mujer renacida.