Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 7
Capítulo 7
Adentro, mi papá lavaba trastes.
Lo abracé por la espalda.
—Papá, últimamente estoy cansada. Quisiera ser niña toda la vida. No quiero ser adulta.
Él se detuvo, se limpió las manos y se giró.
—Mientras yo esté, puedes ser niña todo lo que quieras. ¿Es el trabajo?
No me atreví a mencionar a Alejandro. Inventé una versión de la crisis laboral.
Mi papá me escuchó y me llevó al sillón.
—El cuerpo es tuyo. La empresa es del dueño. Si no estás bien, renuncia. Yo todavía puedo mantenerte.
Me recargué en su hombro.
—Qué bueno que te tengo.
Él me acarició el cabello.
—Santiago me cayó bien. Puedes invitarlo cuando quieras. Si solo son amigos, bien. Si después pasa algo más, también te respeto.
Levanté la cabeza.
—Papá, él es mi amigo. Ahora solo quiero estar contigo, trabajar y devolverle a la familia Alcázar el dinero de mis estudios.
Y del tratamiento, aunque eso no se lo dije.
Mi papá guardó silencio. Luego fue a su cuarto y volvió con una tarjeta.
—Aquí tengo doscientos mil pesos. No es mucho, pero es lo que he juntado. Yo también quería devolver ese dinero. Comer de la mano ajena siempre cobra factura.
Se la regresé.
—No. Ese es tu dinero de toda la vida. Yo ya trabajo. Lo voy a pagar yo.
No insistió.
A la mañana siguiente, Santiago me llamó antes de que terminara de arreglarme.
—Hoy descanso. Voy contigo a ver a Regina. Ponte bonita.
Me puse camisa blanca, pantalón azul claro y gabardina beige. También llevé el reloj en su caja.
Santiago me esperaba junto al coche, traje gris, cara de príncipe malhumorado.
Le entregué la caja.
—No puedo aceptar algo tan caro.
Su rostro se apagó.
—¿Quieres marcar distancia?
—Quiero ser justa.
—Yo no recojo regalos. Si no lo quieres, tíralo.
Como no cedí, aventó la caja a la cajuela y subió al coche.
El camino fue puro silencio.
Regina Montes vivía en una casa enorme, entre árboles y bugambilias. Al ver a Santiago, lo abrazó como familia.
—Tú debes ser Valeria.
La reunión salió mejor de lo que esperaba. Regina escuchó la propuesta, revisó la parte de donación y su equipo leyó el contrato. La reputación de Grupo Fuentes, la causa social y la insistencia de Santiago hicieron el resto.
Firmó.
En el regreso, Santiago siguió frío.
Me dejó en la entrada de mi calle y se fue sin despedirse.
El festival de ventas empezó. Trabajé como si el cansancio fuera lujo. La campaña con Regina triplicó los números de años anteriores y la empresa donó la mitad de las ganancias.
Leonardo me dio tres días libres y consiguió un bono de cien mil pesos.
Quise invitar a Santiago a comer.
No respondió.
Llegó la fecha de la cena familiar de Emiliano.
Compré un vestido negro de noche, zapatos sobrios y una bufanda Gucci para Santiago. Era lo único de marca que podía comprar sin quedarme temblando.
Pasé al hospital. La enfermera me dijo que él descansaba. Dejé la bufanda para que se la entregaran.
Después fui a la mansión de los Fuentes.
El personal revisó mi invitación y me llevó al jardín trasero. El camino era largo, con grava y fuentes. Yo, que casi nunca usaba tacones, sentía los pies ardiendo.
Al entrar en una sala vi a Emiliano hablando con una mujer mayor.
—Señor Fuentes, ya llegué.
La mujer se giró.
—¡Valeria!
—¿Doña Teresa?
Teresa Fuentes, la señora a la que ayudé en Estados Unidos cuando sufrió un infarto.
Me abrazó con fuerza.
—Emiliano es mi hijo. Yo le pedí que te invitara.
Me tomó de las manos y me examinó como si fuera de la familia.
—Estás más llenita. Antes estabas demasiado flaca. México te está devolviendo la cara.
—¿Cómo sigue de salud?
—Bien. Me aburrí allá. Mis hijos trabajan demasiado, así que me regresé.
Luego miró a Emiliano.
—El regalo.
Él subió y volvió con una caja.
Adentro había un brazalete de esmeraldas, verde profundo, carísimo.
—No puedo aceptarla.
—Si no la aceptas, me lastimas. Tú sabes que mi corazón no está para sustos.
Me la puso.
—Te queda preciosa. ¿Verdad, Emiliano?
Él solo dijo:
—Sí.
Doña Teresa sonrió con demasiada intención.
—Valeria, quiero presentarte a alguien.
—Ahora no busco pareja.
Ella miró a su hijo.
—¿Ves? Por tu culpa hasta tus empleadas creen que no pueden enamorarse.
—No es culpa del señor Fuentes. De hecho fue muy justo conmigo.
Emiliano recibió una llamada y salió.
Doña Teresa se inclinó.
—Entonces te parece buen hombre.
—Sí.
—¿Y si lo intentas con él?
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero