Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.
En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.
En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.
Pero la tercera vez será diferente.
Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.
Sin dudarlo, Helena lo elige.
Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.
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La estatua que vino del sol
La mañana siguiente, Helena despertó con una sensación de ligereza que no conocía. Se vistió con su túnica de lino claro y salió al atardecer, como hacía siempre que quería respirar el aire fresco de la ciudad antes de que el sol subiera del todo. Caminó hacia la parte alta de la ciudad, hacia la gran plaza central, donde se alzaban los templos y donde el pueblo solía reunirse. Y entonces… se detuvo en seco.
Allí, en el centro de la plaza, justo frente al templo principal, donde antes solo había suelo de piedra y un viejo altar de piedra gris, se alzaba una estatua inmensa, perfecta, blanca como la nieve del monte Olimpo, que brillaba bajo los primeros rayos del sol como si fuera de luz sólida.
Nadie la había puesto. Nadie la había visto llegar. No había ruedas, ni huellas, ni ruidos de canteros trabajando. Simplemente, estaba ahí, de la nada, como si hubiera descendido del cielo durante la noche.
Era Apolo, el dios sol. De pie, alto, imponente, con su lira en una mano y un escudo en la otra, mirando hacia el mar, hacia el horizonte por donde siempre llegaban los barcos. Su rostro era hermoso, joven, sereno, y sin embargo había en él una fuerza inmensa, una promesa de protección. En la base, tallada con letras doradas que brillaban con luz propia, se leía:
APOLO, PROTECTOR DE TROYA, POR AMOR A HELENA
Helena se llevó una mano a la boca, conteniendo un grito de asombro. La gente empezaba a salir de sus casas, y al ver la estatua, todos se detuvieron, boquiabiertos, sin poder creer lo que tenían delante.
—¿De dónde salió? —susurró un anciano, cruzándose de brazos—. Ayer no estaba aquí. Lo juro, pasé por aquí al atardecer y no había nada.
—Es un milagro —dijo una mujer, con lágrimas en los ojos—. El dios nos ha elegido. Nos protege.
—¡Miren la inscripción! —gritó otro—. ¡Dice por amor a Helena! ¡La nueva princesa!
El murmullo creció, mezcla de asombro, temor y alegría. Todos miraban la estatua, y luego miraban a Helena, que permanecía inmóvil al borde de la multitud. No sabían la historia, no sabían de la curita en el brazo de un niño divino, no sabían de la promesa hecha siglos atrás. Solo sabían que la estatua había aparecido de la nada, con su nombre, y que eso significaba que su nueva princesa tenía el favor del dios más poderoso del Olimpo.
—¿Lo sabías? —Una voz suave sonó a su lado.
Helena se giró. Era Héctor, que había llegado corriendo, todavía con su túnica de descanso, el cabello revuelto, y la miraba con una mezcla de asombro y ternura.
—No… no lo sabía —respondió ella, con la voz temblorosa—. Pero me alegra. Me alegra tanto.
Héctor se acercó a la estatua, la miró largo rato, y luego la miró a ella.
—Dice que es por ti, Helena. El dios sol te protege. ¿Qué hiciste para merecer su favor?
Helena sonrió, pensando en aquella tarde lejana, en un pequeño dios niño que lloraba por un raspón en el brazo, y en una niña que le puso una curita sin saber que aquel gesto cambiaría el destino de una ciudad entera.
—Le hice una curita —dijo, suavemente—. Hace mucho tiempo. Él dijo que siempre me protegería. Y parece que lo cumplió.
Héctor soltó una risa, incrédula pero encantado, y la tomó de la mano, apretándola con fuerza.
—Mi esposa tiene al dios sol de su lado. Y yo tengo a mi esposa. Entonces, ¿quién podría hacernos daño?
Se acercaron juntos a la estatua, y Helena puso su mano sobre el pie de piedra fría. Sintió un calor suave subir por sus dedos, como una respuesta silenciosa, como un "estoy aquí" que solo ella podía escuchar.
—Gracias, Apolo —susurró para sí misma—. Gracias por cumplir tu promesa.
Ese día, Troya no solo despertó con una nueva estatua. Despertó con la certeza de que los dioses estaban de su lado. Y Helena, mirando a su esposo y luego al dios que los protegía, sintió que por primera vez en tres vidas, el destino no era algo que le pasaba a ella. Era algo que ella estaba construyendo, paso a paso, con ayuda de amigos divinos y el amor de un hombre que valía cada batalla.