Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 12: Mi novia
Narrado por Cristian
Después de dos meses saliendo con Mileidis y de que aceptara ser mi novia, sentí que ya era hora de hacer las cosas bien.
Mi familia ya la conocía. Había almorzado con nosotros varias veces y mi abuela Rosa siempre la recibía con mucho cariño. Pero una cosa era conocerla como una amiga... y otra muy diferente era presentarla oficialmente como mi novia.
Ese domingo la invité a almorzar nuevamente en mi casa.
—¿Estás nerviosa, sirenita? —le pregunté mientras caminábamos por la playa.
Ella sonrió.
—Un poquito. Aunque tu familia ya me conoce, ahora es diferente.
—No te preocupés. Todo va a salir bien.
Llegamos a la casa.
—¡Buenas! —grité desde la puerta.
Mi abuela Rosa salió de la cocina con una sonrisa.
—¡Llegaron ustedes dos!
Mi papá, Jeico Morales, estaba arreglando unas redes de pesca en el patio.
—Mijo, pasen.
Yurani apareció con las manos llenas de harina porque estaba preparando arepas.
—¡Ajá, Mileidis! Bienvenida otra vez.
Todos la saludaron con cariño.
Nos sentamos un momento en la sala.
Yo respiré profundo.
Sentía más nervios que cuando salía a vender pescado por primera vez.
Mi papá me miró.
—¿Y vos qué tenés? Estás muy callado.
Sonreí nervioso.
—Pa... quiero decirles algo.
Los tres me miraron al mismo tiempo.
Tomé la mano de Mileidis.
Ella me sonrió para darme ánimo.
—Bueno... ustedes ya conocen a Mileidis.
Mi abuela asintió.
—Claro que sí.
—Pero hoy no vino como una amiga.
Hice una pequeña pausa.
—Hoy quiero presentarles oficialmente a mi novia.
Durante unos segundos hubo silencio.
Después mi abuela fue la primera en sonreír.
—¡Ay, bendito Dios! Ya era hora.
Mi papá también sonrió.
—Me alegra mucho, hijo.
Mileidis bajó la mirada, un poco apenada.
En ese instante Yurani abrió los ojos y comenzó a reír tan fuerte que hasta tuvo que sostenerse de una silla.
—¡No puede ser!
Yo ya sabía que venía una de sus bromas.
—¿Y ahora qué?
Ella me señaló con el dedo.
—¡Al fin el vendedor de bocachicos consiguió novia!
Toda la casa estalló en carcajadas.
Yo me tapé la cara.
—Yurani...
Pero ella siguió.
—¡Lleve el bocachico! ¡Lleve la mojarra! ¡Lleve el róbalo! ¡Lleve el pargo! ¡Y de promoción, el pescador enamorado!
Hasta imitó mi voz de vendedor.
Mi papá soltó una carcajada.
Mi abuela también se reía.
Mileidis no pudo contenerse y empezó a reír junto con ellos.
—Ay, Cristian... tu hermana sí que molesta.
—Todos los días hace lo mismo.
Yurani caminó alrededor de nosotros con una sonrisa.
—La verdad pensé que te ibas a casar primero con los pescados que con una mujer.
Todos volvieron a reír.
Yo negué con la cabeza.
—Vos no cambiás.
Ella sonrió.
—Ni pienso cambiar.
De pronto dejó las bromas a un lado y abrazó a Mileidis.
—Ya hablando en serio, me alegra mucho que seas la novia de mi hermano. Él es un buen hombre, aunque sea bien terco.
Mileidis le devolvió el abrazo.
—Gracias, Yurani.
Mi papá se acercó y me dio una palmada en el hombro.
—Cuidala mucho, mijo.
—Lo haré, pa.
Mi abuela tomó las manos de los dos.
—Que Dios bendiga este noviazgo y que nunca les falte el respeto, la confianza y el amor.
Mileidis y yo sonreímos al mismo tiempo.
Después pasamos al comedor, donde nos esperaba un almuerzo con pescado frito, arroz con coco, patacones y ensalada.
Mientras compartíamos la comida, Yurani seguía lanzando una que otra broma, pero ya no me daba pena.
Al contrario.
Miré a Mileidis sonriendo junto a mi familia y sentí que ese era el lugar donde ella también podía sentirse en casa.