Un año después de haber arrestado a Erik Cahill, el gran amor de su vida y un virtuoso falsificador de arte, la agente del FBI Jessica Fletcher vive consumida por la culpa y entregada al trabajo. Sin embargo, un audaz robo en un prestigioso banco de Washington D.C. deja como única pista billetes falsos marcados con la marca imperceptible de un dragón. Esta firma revela el peligroso regreso de la "Hermandad de los Dragones", el imperio criminal liderado por Isaac Cahill, el despiadado padre de Erik.
Para desmantelar la organización desde adentro, el FBI otorga a Erik la libertad condicional como consultor encubierto. Jessica es asignada a custodiarlo bajo una identidad falsa. Juntos viajan a San Petersburgo para adentrarse en la guarida del enemigo. Entre el peligro inminente, mentiras calculadas y un tenso reencuentro que revive viejas heridas, ambos deberán enfrentar el pasado para sobrevivir a una misión donde la justicia, la lealtad y el amor están en juego.
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CAPÍTULO XIX.
CAPÍTULO XIX.
San Petersburgo, Rusia.
Una casa privada en la costa del Golfo de Finlandia.
10:12 p.m.
Jessica llevaba más de una hora esperando. Erik debía responder al llamado de su padre, quién esperaba cierta información sobre los avances de la investigación.
Habían quedado de reunirse con el resto del equipo en la madrugada, pero el hecho de que Erik tardara tanto, hacía que Jessica se sienta ansiosa.
Había pasado casi media hora, cuando finalmente entró por la puerta.
Jessica, al verlo se puso de pie de golpe y se acercó inconscientemente a recibirlo.
—Por fin llegas. —Dijo.
—¿Me extrañaste? —preguntó con arrogancia.
Ella suspiró.
Estaba preocupada, pero no quería admitirlo.
—¿Qué dijo tu padre? —preguntó ella.
—Quería que le reporte los avances de la investigación —murmuró Erik mientras se quitaba el abrigo. —Le dije que tenía una pista. Que la joya estuvo aquí, en San Petersburgo.
—¿Ahora que sigue? —preguntó ella.
Erik negó apenas.
—Algo se me ocurrirá.
Ambos quedaron en silencio.
—Algo te inquieta. —Comentó Jessica observándolo.
Erik no respondió enseguida.
Se acercó a la barra de tragos y se sirvió de una botella de whisky.
Le dio un sorbo al vaso y finalmente habló.
—Estoy intranquilo —murmuró. —Todo esto… Son demasiadas casualidades y siento que hay algo que se me escapa.
Jessica se acercó a él.
Paso su mano por su rostro, intentando calmar un poco el torbellino que sabía que pasaba por la mente de Erik. Él se lo permitió. Incluso cerró los ojos y se dejó llevar.
—Aún tenemos unas horas antes de ver a los chicos, ¿por qué no repasamos lo que ya sabemos e intentamos unir las piezas.
Erik asintió.
Los dos tomaron asiento en el largo sofá de la cama, mientras Jessica repasaba los hechos.
—Hasta ahora sabemos que buscamos un collar que perteneció a alguien de la corte de Versalles, que la última vez que se vió fue en San Petersburgo y que, casualmente, fue Dmitry Volkov quien lo consiguió.
Erik asintió.
Hizo un breve silencio y luego se puso de pie.
—El huevo Fabergé. —Murmuró, como encontrando al fin la conexión.
—¿De qué hablas? —preguntó ella.
—¿Recuerdas la misión por la que vine aquí la primera vez? —preguntó él. —Padre quería que robara un Fabergé que contenía las iniciales de la familia Romanov. Él creía que el huevo tenía la llave para una bóveda llena de tesoros, riquezas, arte invaluable… Pero estaba equivocado. Y fue por eso que asesinó a Dmitry.
Jessica abrió los ojos.
—¿Quieres decir que todo este tiempo la verdad estuvo frente a nuestros ojos?
Erik hizo un gesto de hombros, no tenia idea.
—Solo digo que tal vez, la llave no era el huevo, sino este collar… Padre quiere el collar, sabe que es una llave hacia el poder. Tal vez sea el único peldaño que lo separa de eso ahora.
—¿Qué tiene que ver el collar? —preguntó ella.
—«Toda llave guarda un secreto, pero solo algunas puertas conducen a la verdad».
—La carta de Dmitry —murmuró Jessica.
—Al principio creí que solo hablaba de la casa, pero ahora creo que hay algo más.
—¿Y dónde estará ubicado el tesoro? —preguntó Jessica.
Erik sonrió apenas.
—Mi padre no lo sabe.
Ella suspiró.
—Entonces estamos de nuevo como al principio.
—Mi padre no lo sabe—insistió Erik —pero yo sí.
Erik tomó su teléfono satelital para hacer una llamada.
—Llama a los chicos, yo llamaré a Stefan. Necesitaremos una coartada cuanto antes.
—Erik, no entiendo nada. —Dijo Jessica.
—Te pido que confíes en mí una vez más Jess. —Pidió él. —Te prometo que tengo un plan.
Erik se colocó el abrigo y le entregó el suyo a Jessica.
—¿A donde vamos? —preguntó ella.
—A establecer una coartada.