Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀
NovelToon tiene autorización de DARLIN VELASQUEZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
INAGOTABLES
“Somos capaces de ser más, aunque muchas veces nos detenemos en el punto intermedio”.
Una fuerza invisible me arrastró hacia afuera sin darme oportunidad de aferrarme a ella. Volví a estar sola. Con el corazón hecho trizas y los ojos rojos por la tristeza. Salí del cubo sin querer hacerlo. La melancolía era tan profunda que me temblaban las manos. Caminé un largo trecho por la habitación infinita hasta que mis pasos me llevaron hacia un cubo distinto, uno más alejado, uno que, de alguna forma, parecía mirarme. Sin pensarlo más, atravesé la superficie azulada.
Esta vez la plataforma no tenía nada. Estaba vacía, completamente desnuda ante mí. Toqué la superficie varias veces, tratando de encontrar algo invisible, algún indicio, algún objeto que me guiara como antes. Nada. Intenté salir del cubo, pero fue imposible. La superficie no cedía. El pánico se apoderó de mí tan rápido que mis manos comenzaron a golpear la estructura sin descanso, sin fuerza real, solo con la desesperación de quien teme quedarse atrapada para siempre. Nada funcionaba. Me rendí. Me dejé caer al suelo, exhausta, con la respiración entrecortada. El silencio era tan grande que hasta mis propios latidos parecían rebotar en las paredes. Observé la plataforma con ira, sintiendo cómo mis ojos ardían, ese ardor azul que ya comenzaba a reconocer.
Entonces, alguien cruzó. Vi sus piernas primero, luego su sombra, y finalmente una mano extendida hacia mí.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Keiren.
Levanté la mirada y tomé su mano. La acepté como quien acepta una línea de vida lanzada al abismo. Me incorporé, quedando justo frente a él.
—No podía salir —confesé, aliviada de no tener que quedarme encerrada ahí para siempre.
—Tus ojos están azules otra vez —murmuró mientras rozaba mi mejilla con una delicadeza que jamás habría esperado de él, borrando alguna marca húmeda que mis lágrimas habían dejado.
—¿Cómo supiste que estaba aquí adentro? —pregunté sorprendida, frotándome los ojos en un intento inútil por apagar aquel fuego ?
—No lo supe —respondió con un suspiro—. Solo sentí que debía atravesar este cubo. —Hizo una pausa breve, bajando la mirada—. ¿Qué lograste ver?
Se apartó un poco, dándome la espalda como si eso lo protegiera de mis respuestas. Así que le conté todo. Cada detalle. Cada fragmento de mi abuela, de su voz, de su toque imposible. Le hablé de su muerte, de su ausencia, de lo que significaba verla otra vez. No sé cuánto tiempo pasó, solo sé que él se sentó sobre la plataforma y me escuchó con una atención que nunca antes me había dedicado. No interrumpía. No criticaba. Solo escuchaba.
—¿Y tú qué viste? —pregunté cuando terminé.
Keiren giró apenas el rostro, evitando que nuestras miradas chocaran. —Vi nuevamente a la mujer de la visión anterior. También pude hablar con ella —su voz se quebró, y ver eso en él me estremeció. Era como verlo otra vez en el sofá marrón: vulnerable, sin sus muros habituales—. Ella… era mi madre.
Sus ojos rojos trataban de contener lágrimas que no quería mostrar. —Me dijo que parte de ella vive en mí, y que ese vacío que sentí desde siempre se debe a que la historia me persigue —tragó saliva con dificultad.
Me acerqué a él despacio, queriendo que sintiera que estaba ahí, que lo escuchaba, que no tenía que cargar con todo eso solo. —No logro entender cómo era tu madre… si eso fue hace muchos años —murmuré con dudas.
—Yo tampoco lo entiendo —respondió, frustrado—. Tengo a mi madre viva aquí. Vivo con ella. Estuve en su vientre. Así que no entiendo cómo esa mujer… también es mi madre. —Su voz tembló en un lamento ahogado.
Si yo estaba confundida, él estaba destruido. Desde el inicio todo había sido difícil para él, pero ahora… esto era demasiado. Comprender que su madre murió hace años y, al mismo tiempo, que su otra madre vivía con él… era una contradicción imposible. Nos quedamos en silencio. No podíamos lamentarnos más; no mientras estuviéramos atrapados en aquel cubo sin salida.
Keiren recuperó su expresión seria, la misma máscara de siempre. Yo, en cambio, solo lo observaba, intentando descifrar ese torbellino interno que él se empeñaba en esconder. Tal vez no había tenido una infancia feliz. Lo que dijo antes lo confirmaba: siempre sintió que algo le faltaba, un vacío profundo que nunca supo nombrar. Un hueco que absorbía todo lo bueno de él: su alegría, su paz, su vida, y yo… yo sentía que no pertenecía del todo a este mundo. Pero tenía a mi familia, tenía amor, tenía algo que me anclaba.
Él no.
Él cargaba con un dolor que lo consumía desde adentro.
No éramos iguales, aunque hubiéramos sido creados para lo mismo.
Para salvar a la humanidad.
Y mientras lo miraba, entendí que Keiren siempre había estado luchando en la oscuridad… completamente solo. De repente, sin previo aviso. Una luz brotó de la columna donde estaba sentado Keiren, ese mismo azul al que, poco a poco, comenzaba a acostumbrarme. Él se apartó apenas la notó y, en cuestión de un parpadeo, ambos quedamos envueltos en ella. Supe de inmediato que seríamos transportados a otro momento, a otro fragmento de aquella historia rota que debíamos armar. Sintiendo el vacío abrirse bajo mis pies, me aferré con fuerza al brazo de Keiren. Él no me apartó; al contrario, puso su mano en mi cintura. El estremecimiento que me atravesó fue tan real que mi corazón pareció detenerse por un segundo.
Entre tantas cosas que había experimentado en mi vida, existían sensaciones que guardaba como pequeños tesoros, como si coleccionara instantes que pudiera revivir: la mano de mi abuela guiando la mía cuando aprendí a escribir, el sonido de mi nombre cuando lo leí por primera vez… momentos que me definían. Y ahora agregaba uno más: el roce de su mano, el calor que me atravesó la piel, esa pequeña chispa que se grabó en mi memoria para quedarse.
Cuando la luz se desvaneció, nos encontramos en un lugar distinto a los vistos hasta ahora. Parecía una biblioteca o quizá una sala especial. Había libros por todas partes, un escritorio amplio con una computadora, algunas hojas y la misma agenda que había visto en la primera visión. El científico entró, acompañado de una mujer. Ella llevaba a un bebé en brazos y su tristeza era palpable, como si su espíritu estuviera a punto de quebrarse. Sus ojos reflejaban un dolor profundo. Caminé por la habitación tocando todo: los libros, el escritorio, las superficies llenas de texturas y colores. Nada era gris aquí. Nada.
Keiren, en cambio, observaba detenidamente a la mujer. Su mirada era tan fija, tan intensa, que me acerqué para descubrir qué lo había detenido. —¿Qué pasa con ella? —pregunté suavemente—. Te quedaste mirándola.
—Ella es mi madre —respondió sin apartar los ojos de la mujer. Yo guarde silencio, comprendí lo que podría estar sintiendo.
El científico se acercó a ella con un papel en la mano. —Aquí está —le dijo—. Este documento lo confirma. Es el momento.
—¿Cuándo lo haremos? —preguntó ella con la voz quebrada.
—Hoy mismo. No podemos perder más tiempo.
Ambos se miraron con una mezcla de complicidad y miedo. Luego todo cambió. La habitación se desmoronó como un sueño que muta sin previo aviso y volvimos al laboratorio que VR15 nos había mostrado, pero diferente: más iluminado, lleno de máquinas que jamás había visto. Había fotos colgadas en las paredes. Las mismas que vi el primer día que entré al laboratorio, pero ahora cada rostro tenía un nombre, una historia. El científico, su hija, la madre de Keiren. Todos llevaban batas y sostenían un premio en sus manos, orgullosos. Comprendí que estaban a punto de mostrarnos no solo el origen, sino el porqué de nuestra existencia. Tropecé con unos cables en el piso y Keiren soltó una pequeña risa. A pesar de la situación, verla nacer en él me desconcertó.
Los científicos comenzaron a encender máquinas y pantallas. En los monitores se repetían códigos interminables, cadenas de números que parecían respirar. La mujer —ahora con una bata y una placa que decía Ámbar Huntrer— preparaba un objeto parecido a un casco. El nombre hizo que mi piel se erizara por completo. El científico, cuya placa decía Erkan Bokly, encendió la maquinaria.
—Ponle esto a tu hijo —ordenó él.
Ella lo hizo, con manos temblorosas. —¿Le dolerá? —preguntó angustiada.
—No. A mi hija no le dolió.
Mi corazón se encogió. La carga comenzó a llenarse: 1%, 5%, 13%… hasta que llegó al 100. Entonces el cuerpo del niño se desplomó. Se me escapó un grito ahogado. Keiren me observaba desde el otro lado, expectante y nervioso. Una chispa azul emergió del cuerpo del bebé.
—Esa es su alma —dijo el científico—. Su esencia. Ahora puede unirse a la de mi hija.
La mujer tomó el destello entre sus manos con una delicadeza infinita. Caminó hacia una caja y la abrió. Dentro había otra chispa: la de la hija del científico. Ambas luces se unieron. Entonces VR15 entró. Se veía imponente, su altura hacia que pareciéramos tan pequeños.
—Llévalos lejos —ordenó el científico—. Desde ahora, el hijo de Ámbar y mi hija serán la esperanza de la humanidad. Cuídalos como yo te cuide a ti. Protégelos sobre cualquier cosa.
—Que él lleve el nombre de Keiren —añadió la mujer — en honor a su abuelo.
—Y que ella se llame Ámbar, como mi compañera y gran amiga —dijo el científico, mirándola con cariño. VR15 tomó la caja con nuestras almas y salió. Nuestros padres —los verdaderos— se quedaron solos.
Nuestros hijos están a salvo —dijo él mientras la abrazaba—. Ellos le darán una segunda oportunidad a la humanidad. Nos miramos, Keiren y yo. El silencio fue absoluto.
Habíamos entendido todo.
Nuestro origen.
Nuestra concepción.
Nuestra razón de existir.
Ese hombre era mi padre, yo aquella niña que había visto siendo tan feliz y amada. Pero todo se quebró de golpe cuando dos hombres vestidos de negro irrumpieron en el lugar. No tenían rostro visible. Levantaron sus armas y dispararon. Los cuerpos de nuestros padres cayeron al suelo. El dolor fue inmediato, físico y violento. Caí de rodillas junto al cuerpo de mi padre. Sentí cómo su muerte atravesaba mi pecho como un hierro candente. Keiren se desplomó también. Su madre agonizaba, aferrada al amuleto que llevaba puesto. Tres segundos. Solo tres. Luego ella también murió y otra vez, esa fuerza oscura nos arrancó del lugar. Todo se volvió borroso, hasta convertirse en nada. Fuimos arrancados de ese fragmento de realidad del mismo modo en que, alguna vez, nuestros padres fueron arrancados de sus propias vidas.
Cuando abrí los ojos, me encontré de golpe con la mirada de VR15, quien nos observaba con una leve sonrisa en su rostro mecánico. Aún no podía enfocar bien la vista; todo parecía ligeramente borroso. Keiren estaba a mi lado, seguramente experimentando los mismos efectos que yo. Mi mentor se acercó y nos tendió una mano a cada uno. Nos incorporamos al mismo tiempo. El robot había cumplido parte de su tarea: protegernos y mantenernos a salvo. Ahora venía lo demás: mostrarnos qué debíamos hacer para devolverle a la humanidad la libertad que había perdido. En mi mente se repetía la imagen de mi padre y la madre de Keiren. Odié a las personas que acabaron con sus vidas, odié no haber podido hacer nada. Mi padre me había dado una segunda oportunidad, porque estoy segura de que habría muerto con él ese día. Así que ahora, más que nunca, quería enfrentar al Gran Jefe.
—¿Están bien? —cuestionó VR15 con preocupación—. ¿Fueron a ver cubos de memoria, ¿verdad? —añadió, mirando las esferas en el suelo.
—Sí, hemos visto todo —comentó Keiren a mi lado. Su voz ahora era firme, y pude notar que su rostro lucía menos serio. Aunque sus ojos, estaban rojos, al borde de llorar.
—No todo —suspiró el Bokly—. Aún hay cosas que deben ver —se acercó a nosotros con cautela—. Aún no han visto de lo que son capaces.
Aquello hizo que mi piel se erizara. Mis labios estaban resecos y pasé la lengua para aliviar la sensación. —Mi abuela me dijo que podía comunicarme con aquellos que ya no están. Yo pude hablar con ella —dije con una sonrisa.
—Sí, es cierto, pero no funciona tan fácil. Todas sus habilidades deben practicarse. Deben saber cómo usarlas y evitar que se conviertan en un peligro —esa última palabra quedó suspendida en el aire. No todo parecía ser sencillo para nosotros.
—Cuando sus padres crearon el artefacto capaz de extraer almas, se dieron cuenta de que no era necesario inmortalizarlas, porque lo que realmente envejece es el cuerpo —tomó aire para continuar—. Los escogieron a ustedes antes que a cualquier otra persona. No fueron injustos, solo querían protegerlos.
VR15 se dio la vuelta y se apoyó contra el escritorio. —Sus padres, como científicos brillantes, encontraron la forma de añadir a su ADN ciertas habilidades. Cuando recibí la caja con sus almas, debía iniciar aquel proceso.
—¿Qué habilidades tenemos? —preguntó Keiren.
—Yo mismo me encargué —respondió VR15—. Tras ciertas modificaciones en su ADN y usando algunos materiales, como piedras preciosas combinadas con los enlaces correctos, pude, con la guía de sus padres, lograr su eternidad.
—¿Eternidad? —pregunté confundida.
—Sí. Son infinitos, inagotables. Eso los hace resistentes a todo… al daño físico, por ejemplo.
—No entiendo… Yo he sentido dolor. Ha sido real, tanto que…
—Sí —me interrumpió VR15—, Tú sientes dolor en tu ser, pero nada puede lastimarte físicamente siempre ha sido una réplica del dolor de los demás. Cuando solías caerte, llorabas por miedo, no por dolor real. Tus células son fuertes, se regeneran tan rápido que nada puede causarte mayor problema.
—Pensé que no sentir nada me hacía alguien malo, me refiero a que intente hacerme daño —confesó Keiren—. Intenté sentir dolor muchas veces, que mi cuerpo se desvaneciera… y fracasé. — Descubrió su brazo, mostrando varias marcas de cortaduras¬ — Para que quedaran cicatrices tuve que enterrar muy adentro el cuchillo — Mis ojos se abrieron con horror; incluso el Bokly pareció sorprendido.
Aquella confesión me tomó completamente desprevenida. Nunca me di cuenta de lo que él cargaba. Tal vez mi abuela me mantuvo demasiado ocupada para que no descubriera mi propia condición. Repasé mentalmente los momentos en los que pude haberme lastimado… y era cierto: nunca había sentido absolutamente nada. Ella evitaba a toda costa que algo pudiera hacerme daño. Keiren, en cambio, había enfrentado su realidad sin guía ni protección. Y ahora, todo era diferente.
—¿Qué otra cosa sabemos hacer?
—Bueno… sus ojos. Son llamas de fuego azul —respondió el Bokly, dirigiéndose a Keiren—. Se ponen así cuando tienen mucha ira. El poder se concentra en sus ojos y, quienes los miren, sean humanos o no, caen rendidos a sus pies. Es como si pudieran dominar su mente; entran en su cabeza, provocan estragos y, finalmente, mueren. Sé que ya les ha pasado. Afortunadamente nadie los ha visto, así que deben aprender a controlar ese fuego.
—Esta mañana nos pasó en la hora del almuerzo, pero yo no sentía ira —confesé, confundida.
—Pero viste los ojos de Keiren. Como él no puede entrar en tu mente, respondiste contraatacando.
—No creo poder adaptarme a esto… todo el tiempo me siento molesto. ¿Cómo podría controlarlo? —dijo Keiren, preocupado.
En mi caso, la segunda vez que mis ojos se volvieron fuego fue cuando quedé atrapada en aquel bloque. Tal vez sería más fácil para mí aprender a controlar esto. Para Keiren, en cambio, podía ser más complicado; él siempre había sido malhumorado, con una actitud nefasta. Aunque ahora podía pensar en él de una manera diferente. Había visto parte de su humanidad, esos sentimientos que nos volvían frágiles. VR15 decía que nuestros poderes eran infinitos y numerosos, pero hasta el momento solo podía contar algunos. Así que debíamos descubrirlos por nuestra cuenta. El Bokly se marchó, se despidió de nosotros y nos dejó allí. Este camino de descubrimiento se volvía cada vez más estrecho, aunque podía decir que, poco a poco, todo empezaba a aclararse. Nos quedamos de pie, en silencio, con demasiadas cosas revoloteando en nuestra cabeza. Ese silencio me incomodaba.
—¿Qué otra cosa sabemos hacer? —pregunté, sin atreverme a imaginar la respuesta. El Bokly nos observó con gravedad. Sus ojos se entrecerraron, como si buscara las palabras exactas.
—Bueno… ustedes tienen habilidades muy particulares. Y peligrosas, si no se controlan —dijo finalmente, mirando primero a Keiren—. Empecemos por ti.
Keiren tensó los hombros, preparado para lo peor. —Lo que posees —continuó el Bokly— es manipulación emocional absoluta. Keiren frunció el ceño. Yo contuve el aliento.
—Puedes moldear cualquier emoción en otra persona —explicó—. Inducir miedo, apagar la ira, aumentar la valentía, sembrar tristeza o euforia. Todo. No es sugestión, no es telepatía. Es… dominación emocional directa.
Keiren bajó la mirada a sus manos, como si de repente las viera de otra forma. —¿Cómo… funciona exactamente? —murmuró.