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EL SECRETO DE LA CEO. DOS HEREDEROS PARA EL MAGNATE

EL SECRETO DE LA CEO. DOS HEREDEROS PARA EL MAGNATE

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Madre soltera
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Samanta Ruiz es la fría CEO de un imperio de papelería Kawaii. Conduce un Lamborghini y tiene todo bajo control, excepto su amor. Por su cumpleaños, sus amigas le regalan un viaje VIP al Caribe, pero un error de reserva la obliga a compartir apartamento con Samuel Vargas, un imponente y jovial magnate de la logística internacional. Tras quince días de piques y tensión, la última noche estalla en una pasión inolvidable. Se despiden en el aeropuerto como adultos realistas: la distancia hace imposible su amor.
Pero un virus estomacal anula la píldora de Samanta. El diagnóstico es brutal: embarazada de mellizos. Orgullosa, decide criarlos sola y en secreto.
Tres años después, Samuel irrumpe en su sala de juntas para negociar una alianza millonaria. Él no la ha olvidado, pero ignora que tiene una parejita de herederos. Con la ayuda de Carlos, su metódico hermano y abogado, Samanta intentará blindar su nido. Pero Samuel es un tiburón implacable que no parará hasta recuperar a su mujer.

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 11. LOS ECOS DEL PASADO

El primer mes tras el regreso de las islas pasó volando en un torbellino de actividad. Samanta se volcó en el trabajo en cuerpo y alma, utilizándolo como una pantalla de humo para mantener su mente ocupada. Kawaii World estaba en su momento álgido del año: la producción de las colecciones de papelería cuqui para la campaña escolar requería toda su atención. Pasaba los días entre el almacén logístico, controlando que los archivadores de colores pastel salieran a tiempo, y su despacho de diseño, revisando los prototipos de peluches y bolígrafos con formas de animales que tanto éxito tenían.

Su vida profesional era impecable, pero el recuerdo de Samuel se negaba a desaparecer por completo, por mucho que ella intentara enterrarlo bajo un mar de balances financieros y facturas.

Aparecía en los momentos más inesperados. Una mañana, al entrar en la cocina de su ático para prepararse el desayuno, se quedó mirando la cafetera italiana y recordó, con un pinchazo de nostalgia, la soltura con la que Samuel se movía por la cocina del apartamento 204, ofreciéndole una taza con esa sonrisa alegre y jovial que tanto la había desquiciado al principio. En otra ocasión, mientras conducía su Lamborghini lila por el centro de la ciudad, sonó en la radio una canción de ritmo tropical y, de inmediato, su mente la transportó a la terraza del hotel, sintiendo el calor del cuerpo de Samuel contra el suyo durante aquel baile de despedida.

Incluso sus amigas se encargaban de refrescarle la memoria de vez en cuando. Durante sus habituales llamadas de los domingos, Rosa o Vanesa le soltaban alguna pullita entre risas:

—¿Seguro que el guapo de las islas no te ha mandado ni un mísero mensaje por Instagram, Sam? Mira que es raro que un tío así se rinda tan fácilmente —le había dicho Rosa el fin de semana anterior.

—Hicimos un pacto de adultos, Rosa —había respondido Samanta con firmeza, aunque por dentro sintiera un pequeño vuelco—. Sus oficinas están lejísimos, las mías aquí, y ninguno de los dos tiene tiempo para un romance de larga distancia. Se quedó en una aventura preciosa y ahí debe morir. Es lo más lógico.

Y era verdad. Samanta se consolaba pensando que Samuel estaría exactamente igual que ella: sumergido en sus propios negocios, dirigiendo su corporación con mano de hierro y guardando el secreto de sus vacaciones en un rincón de su mente, sin interferir en la vida de la otra persona. El pacto seguía intacto y el control de su vida, supuestamente, también.

Sin embargo, a mediados de la quinta semana, el cuerpo de Samanta empezó a enviarle señales extrañas que su mente analítica no pudo ignorar por más tiempo.

Todo comenzó una mañana de martes. Samanta se despertó con el despertador a las siete, dispuesta a vestirse para una junta de proveedores importantísima. Al sentarse en la cama, el mundo le dio una vuelta violenta. Un mareo repentino la obligó a quedarse quieta, cerrando los ojos hasta que la habitación dejó de girar.

—Tengo las cervicales fatal de estar tanto tiempo sentada frente al ordenador —se quejó en voz alta, restándole importancia.

Pero al día siguiente, la situación empeoró. Llegó a las oficinas de la empresa a primera hora y, nada más cruzar el umbral del departamento de diseño, el intenso olor a pegamento, tintas y plásticos nuevos de las muestras de papelería le revolvió el estómago de una manera brutal. Tuvo que taparse la boca con la mano y salir corriendo hacia el baño privado de su despacho, donde sufrió una arcada espantosa apoyada en el lavabo.

Su secretaria, una mujer eficiente que llevaba años con ella, llamó a la puerta con suavidad unos minutos después, entregándole un vaso de agua templada.

—¿Se encuentra bien, jefa? Tiene muy mala cara. Si quiere, puedo posponer la reunión de las diez.

—No, no es necesario, de verdad —respondió Samanta, limpiándose los labios con un pañuelo y forzando una sonrisa profesional—. Debe de ser un virus estomacal o que algo de la cena de anoche me sentó mal. No te preocupes, en cinco minutos estoy lista en la sala de juntas.

A pesar de sus esfuerzos por autoconvencerse de que era un simple malestar pasajero o el reflejo del estrés acumulado por el trabajo, una duda incómoda empezó a instalarse en su pecho. Al llegar la noche y regresar a la soledad de su lujoso ático, Samanta se desvistió para darse una ducha caliente. Al mirarse en el espejo del vestidor, notó algo más. Sus pechos se veían ligeramente más hinchados y los sentía inusualmente sensibles al menor roce de la ropa.

Con el pulso empezando a acelerarse, caminó hacia la cama, cogió su tablet y abrió la aplicación donde llevaba el control riguroso de su ciclo menstrual. Ella era una persona cuadriculada, que lo planificaba todo al milímetro y cuyo cuerpo funcionaba como un reloj suizo gracias a la rigurosidad con la que se tomaba su tratamiento anticonceptivo diario.

Deslizó el dedo por la pantalla y revisó las fechas del último mes. La última cuadrícula verde, que indicaba el día exacto en que debía haberle bajado el periodo, había pasado hacía exactamente doce días.

Un frío glacial le recorrió la espina dorsal, dejándola completamente paralizada en mitad del dormitorio. Doce días de retraso. Para una mujer de treinta años, madura, controladora y responsable, aquello era una anomalía matemática imposible. Su mente se bloqueó por completo, intentando buscar una explicación lógica que no implicara la palabra que acababa de cruzar por su cabeza como un relámpago.

"No puede ser", pensó Samanta, sintiendo cómo el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas mientras recordaba la última noche de intensa pasión en el apartamento 204. "He tomado mis precauciones de siempre. Soy una persona adulta. Todo está bajo control... Tiene que haber un error". Pero en el fondo de su ser, una pequeña voz le decía que el orden que tanto se había esmerado en recuperar desde que bajó del avión estaba a punto de desmoronarse por completo.

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Nayeli Lozano
me atrapó desde el primer capítulo, pero no me fijé que estaba empezando a escribirla.
te felicito autora, está hermosa,no tardes tanto en actualizar por fis👏
San Aguirre: Me pasó lo mismo, no me di cuenta que no estaba terminada 😒
total 1 replies
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